Archive for 21 enero 2010

El cardenal y Dios contra el orden social

enero 21, 2010
El cardenal y Dios contra el orden social
Bernardo Barranco V.

Principalmente por la actitud y forma, el cardenal Norberto Rivera aparece como un actor teocrático que intenta someter la racionalidad política y jurídica del país a los principios religiosos.

Cuando Rivera afirma la supremacía de la ley divina sobre el orden secular realmente existente se coloca como un ayatola de la intransigencia religiosa y de certezas absolutas, de tal suerte que la discusión sobre los matrimonios gays y las adopciones, punto central del debate, en momentos ha pasado a segundo plano. El acto comunicativo del cardenal cancela la discusión de un tema álgido para dar lugar a los reproches, las descalificaciones, las amenazas y los chantajes entre los diversos actores involucrados. Las declaraciones y los posicionamientos acostumbrados, a manera de ritual litúrgico, han mostrado la falta de conceptualización y la pobreza argumentativa de los diferentes protagonistas.

Ahora, lo que flota en el ánimo de la discusión es la búsqueda de fórmulas que permitan la convivencia entre la religión y la política. Dicho de otra manera: si los principios católicos y la política parecieran ser  irreconciliables, más bien lo importante a saber es si la democracia podrá ser compatible y coexistir con una religión que ambiciona dirigir la política y a la clase política, como en la Edad Media o en los actuales integrismos islámicos. O, por el contrario, concediendo la óptica del cardenal, cómo podrá prevalecer la cultura católica si la política y cultura modernas  intentan manipular o subordinar lo religioso, como sucedió en las experiencias comunistas o las dictaduras sudamericanas que demolían todo en nombre de una sociedad occidental y cristiana, es decir, se apropiaron de lo religioso para justificar la represión.

El Estado laico permite a cualquier iglesia defender y sostener hasta con pasión sus posturas; sin embargo, el Estado laico no puede resistir ni tolerar la amenaza ni la deconstrucción de sus fundamentos basados en el respeto a la pluralidad, en la tolerancia y la equidad, especialmente ante las minorías.

El Estado laico supone el respeto a los principios y fundamentos, que le permite regular la convivencia pacífica de las diversidades. En la antigüedad y en la Edad Media los ordenamientos religiosos eran el sustento básico de las normas de la sociedad; de ahí que los códigos éticos y las nociones cardinales de la moral eran claramente confesionales. La identidad societaria era esencialmente religiosa; el carácter divino de las leyes, además de hacerlas irrefutables, las volvía obligatorias tanto para el individuo como para la comunidad; su cumplimiento convierte al sujeto en virtuoso merecedor de premios o, por el contrario, de castigos. Con el advenimiento de la modernidad, la razón instrumental establece diferenciaciones, y una de las características notables de esta modernidad es que rechaza a Dios como jefe de Estado.

En cada sexenio, el cardenal ha desatado altercados y tormentas por sus posturas de rechazo al orden social establecido. Recordemos: en tiempos de Zedillo, con apenas un año en la arquidiócesis, Rivera reivindicó en una homilía inflamada, el 20 de octubre de 1996, la acción política de la Iglesia católica e incluso llamó a la desobediencia civil.

Oficiosamente fue apercibido tímidamente por la Subsecretaría de Asuntos Religiosos, encabezada por Rafael Rodríguez Barrera en ese entonces. El gobierno amagó a la arquidiócesis con retirarle su registro como asociación religiosa. Esa actitud hizo que el clero católico cerrara filas en torno del arzobispo, recibiendo el apoyo de diferentes voces democráticas y fuerzas políticas, entre ellas las del PRD con Cuauhtémoc Cárdenas, pidiendo al gobierno mayor tolerancia y mayor libertad de expresión para las iglesias.

El segundo caso de posicionamiento agresivo fue en octubre de 2005, en el gobierno de Vicente Fox, en torno a la eutanasia. El cardenal nuevamente propuso negar obediencia al gobierno y al orden legal constituido; aquí sorpresivamente recibió el apoyo del entonces secretario Carlos María Abascal, quien se detentó jusnaturalista frente al derecho positivo imperante en este país desde las leyes de Reforma, postura válida para un creyente, pero cuestionable con la más alta investidura de ser el único secretario de Gobernación que avala la supremacía del derecho natural sobre el positivo. Y bajo la figura de la objeción de conciencia –jurídicamente inexistente en México– condescendió al llamado a la desobediencia civil propuesta por el cardenal (La Jornada, 19/10/05).

Norberto Rivera tiene genes cristeros, heredados de uno de sus maestros, el ultraconservador y controvertido obispo de Durango, Antonio López Aviña (1915-2004), quien soñaba construir una república católica sustentada por movimientos socialcristianos tipo falanges franquistas. Ése es quizás el modelo que Rivera evoca imprudentemente atrayendo las posturas de las gestas cristeras que llegan a cimbrar peligrosamente el sistema político mexicano. Rivera Carrera obliga a muchos obispos, ya en el ojo de tormentas, a posicionarse a su lado probablemente sin estar del todo de acuerdo en las formas ni procedimientos de confrontación directa y ruda.

A diferencia del torbellino de 2007 en torno al aborto, en el que prácticamente el cardenal se quedó solo, ahora ha aprovechado que un sector significativo de la sociedad mexicana no está en favor de los matrimonios gays y rechaza fundamentalmente el tema de la adopción. El cardenal ha logrado movilizar y agrupar a los sectores más conservadores del PAN, encabezados por su presidente César Nava, señalado por Luis Paredes en su libro Los secretos del Yunque como uno de sus más prominentes activistas; igualmente el cardenal ha contado con el sustento de diversas agrupaciones evangélicas.

Más allá del desenlace para revertir la reforma aprobada por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal quedan preguntas entre los creyentes en un contexto secular: ¿el Estado laico puede tener una ética política sin un fundamento espiritual ni de trascendencia? O, dicho de otro modo, ¿el Estado puede ser legítimo al poseer una moral laica que prescinda de Dios?

La Jornada, 20 de enero de 2010

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La tentación teocrática del Clero

enero 21, 2010

La tentación teocrática del Clero

Bernardo Barranco V.

El debate en torno a los matrimonios gay se ha distinguido por su pobreza. Lamentablemente, el show mediático ha sido total. La caja de Pandora se abre y han abundado las descalificaciones, amenazas y polarización entre los protagonistas que muestran el bajísimo nivel republicano de los actores involucrados en la querella.

El cardenal Norberto Rivera Carrera, ha tomado la ruta de la confrontación rabiosa, atreviéndose, una vez más, a cuestionar el orden social subordinándolo a los mandatos divinos o a leyes de Dios.

Hugo Valdemar vocero del cardenal, leyó el texto cuyo nudo polémico, plantea lo siguiente: “Nosotros, pastores del pueblo de Dios, tampoco podemos obedecer primero a los hombres y sus leyes antes que a Dios; toda ley humana que se le contraponga será inmoral y perversa, pues al ir contra su voluntad termina por llevar a la sociedad a la degradación moral y a su ruina”.

El asunto es delicado pues en el fondo el cardenal rompe también con la noción del Estado laico que supone precisamente el diálogo desde respeto de la diferencia y de la pluralidad.

El Estado laico supone un pacto de sujetos, creyentes diversos y no creyentes, para poder convivir en libertad de conciencia e igualdad de derechos que garantice este marco de libertades; por ello el Estado laico, garantiza la igualdad de derechos y la incompatibilidad de la valoración que privilegie una religión sobre otra.

La laicidad del Estado mexicano es fruto histórico de un largo proceso de secularización unas veces traumático y otras violento, dicho proceso hoy se ha visto amenazado por los arrebatos ayatolezcos del cardenal Rivera y una ultraderecha que aspira posicionar un Estado confesional regido por añejas y rancias directrices del viejo catolicismo social decimonónico; es decir de un sueño revanchista de instaurar el reino de Dios desde las estructuras de poder.

Inexorablemente el cardenal ha ido consolidando una alianza con los sectores de la ultraderecha católica encabezada estructuralmente por el Yunque, con asociaciones religiosas evangélicas agrupadas en Cofraternice y con el arzobispo de la Iglesia Ortodoxa de México Antonio Chedraui.

Esta especie de “frente cristiano” contra la ley de los matrimonios gay puede convertirse en un grupo de presión que incida en las políticas públicas e incluso sea una plataforma política.

La estrategia de la ultraderecha es seguir posicionándose como alternativa orgánica de poder, incluso le favorece el debilitamiento del presidente y del calderonismo panista, y enfrentar una supuesta “asechanza” anticatólica gestada desde conjuras laicistas y anticlericales, que le permitiría cerrar filas con vastos sectores de la Iglesia en diferentes regiones del país.

Sin embargo, el cardenal Rivera no es toda la Iglesia ni toda la Iglesia aprueba los métodos frontales del cardenal a pesar de compartir la causa.
Prueba de ello es que la estructura de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) encabezada por Carlos Aguiar Retes, presidente de la misma y obispo de Tlalnepanta, ha decidido abrir el diálogo con el PRD, incluso con su ala más rijosa.

Es decir, la Iglesia con los mismos dogmas y doctrina, tiene maneras diferentes de relacionarse con la cultura secular imperante en la clase política. Por ello, es ahora más urgente reformar el artículo cuarenta de la constitución mexicana y establecer de una vez por todas, en nuestra carta magna, el carácter laico del Estado mexicano.

El laicismo, el anticlericalismo y el anticatolicismo son esferas diferentes que históricamente han interactuado. El punto de equilibrio se construye con simulación del viejo sistema político, donde la hipocresía política y la discrecionalidad de los regímenes posrevolucionarios dieron estabilidad y construyeron un sistema de contrapesos en que los actores, aun los religiosos, incidieran por sus intereses ante el supremo ordenador del poder que constituía la vieja presidencia imperial.

Ese laicismo se convierte en muchos casos en jacobinismo o una forma de anticlericalismo extremo. Ese laicismo que invoca la actual defensa católica ya no existe de manera imperante.
En cambio, se está formando una nueva laicidad que proviene de los grupos académicos y asociaciones que defienden los derechos de sectores excluidos y de minorías como grupos de mujeres, homosexuales, nuevas formas de parejas, etnias, etc., que perciben en la defensa del estado laico la libertad, no sólo religiosa sino también la libertad de conciencia y la posibilidad de defender la alteridad, la diversidad y la multiculturalidad.

En el actual debate, aún queda pendiente la postura del PRI que está pagando ya los costos políticos de haber abierto las puertas al clero politizado con la repenalización del aborto en 18 entidades del país.

Mientras Enrique Peña Nieto sigue con esta misma lógica, con su participación estelar en el agasajo al arzobispo Chedraui, Beatriz Paredes guarda silencio una vez más en este debate. La tentación religiosa por el poder está ahí apostada.

Milenio Estado de México, 21 de enero de 2010

2010 repensar el país

enero 10, 2010

2010 repensar el país

Posteando

Bernardo Barranco

Cuando en una familia las cosas marchan mal, los responsables lógicos son los padres. Igualmente en una empresa, el peso de la responsabilidad recae en los directivos que son los que a fin de cuentas toman las decisiones.

¿Quiénes son los responsables cuando un país se estanca y se retrocede en los indicadores básicos de bienestar y seguridad? La respuesta es obvia: la clase dirigente empezando por el presidente de la república.

Desgraciadamente para nuestro país, llevamos décadas gobernados por una clase política sin miras ambiciosas ni solidez, capaces de forjar un gran proyecto de largo alcance. Es un lugar común, escuchar que los esquemas políticos, económicos y sociales que experimentó el país en el siglo XX están agotados, que son caducos. Ya no responden a las exigencias de los tiempos actuales.

Estructuras construidas bajo el sello del centralismo político autoritario que manipuló la democracia y corrompió voluntades; un sistema que fomentó las prácticas económicas monopólicas que simularon una economía de libre competencia muy vulnerable hacia el exterior e incapaz de generar bienestar social entre la sociedad.

¿Qué se va a festejar en este año del Bicentenario?; ¿los mismos vicios que provocaron los levantamientos armados? ¿Seguimos celebrando la violencia, la guerra contra el narcotráfico y el salvajismo de la barbarie? Muy a pesar de los pesimismos, 2010 abre la oportunidad a repensar a fondo al país y corregir las premisas obsoletas sobre las que se construyó el Estado mexicano.

Llevamos diez años de una insatisfactoria alternancia del poder, con la derrota del Partido Revolucionario Institucional tras 70 años de gobierno ininterrumpido, si bien hubo esperanza en lograr la “transición hacia la democracia”, el balance del decenio es desalentador.

Felizmente, disminuido el presidencialismo, las disputas por el poder llevaron a México a la polarización que puso en duda a las instituciones democráticas e incluso colocó a los mexicanos, en 2006 al borde de la crispación social.

La transición hacia la democracia da la impresión de estar atorada o como sentencia Porfirio Muñoz Ledo: México vive una “transición regresiva” y el PAN ha fracasado como gobierno nacional. Por ello, en un discurso reciente el propio presidente Felipe Calderón aseguró que es momento de reconocer que las reformas políticas de los últimos años “no han creado condiciones que garanticen gobiernos más eficientes, que produzcan mejores resultados o que generen acuerdos capaces de proyectar reformas profundas”.

El panorama desalentador que deja el 2009 es preámbulo de lo que depara este año que inicia. Probablemente el efecto más devastador de la crisis ha sido la pérdida de confianza y credibilidad de todo aquello que sostenía la supuesta solidez del sistema.

Existe una sensación entre los ciudadanos de que el Presidente está rebasado con una clase política incapaz de tomar decisiones de fondo que vayan más allá de sus intereses mezquinos de corto plazo.

Repensar el Estado mexicano más allá de lo electoral, ir mucho más allá de la revisión de los poderes y de sus facultades; reconstruir los tejidos del espacio público para que la diversidad de los mexicanos se expresen, incluyendo por supuesto a las minorías, de manera plural y entusiasta.

Existe el enorme desafío para recuperar la confianza social que sólo pasa por asumir y ejecutar medidas eficaces que mejoren y solucionen problemas tangibles en la vida cotidiana de las personas.

También es deseable asumir medidas que transparenten las acciones, intenciones y palabras de la clase política para alentar un “fair play” que favorezca el desempeño leal y veraz en un proyecto de Estado y no un proyecto de camarilla.

Las iniciativas de reforma política presentadas por Felipe Calderón son insuficientes y hasta chatas. Pero son un punto de partida, no sólo falta en su propuesta el plebiscito y la revocación del mandato sino repensar el sistema de partidos, el federalismo y el régimen parlamentario.

Delinear con mayor nitidez el ascenso de lo ciudadano a mayores y más eficaces formas de toma de decisión; ¿lo permitirán los partidos que se dicen ser los instrumentos de la expresión ciudadana?, ¿lo son?
Y especialmente resulta urgente repensar el papel social de los medios de comunicación, en particular los electrónicos, cada vez más convertidos en actores políticos capaces de inclinar la balanza del electorado de aquellos candidatos subordinados a sus intereses económicos y políticos. Estos son parte de los sueños de un México joven que apenas transita por su 200 aniversario.

Milenio Estado de México, jueves 8 de enero de 2010

Fin del fuero eclesiástico

enero 7, 2010
Fin del fuero eclesiástico
Bernardo Barranco V.

A unos días de que finalizara 2009, la justicia argentina condenó al ex arzobispo de Santa Fe, monseñor Edgardo Gabriel Storni, a ocho años de prisión por abuso sexual agravado por su condición de sacerdote contra un joven seminarista en los años 90. La sentencia fue emitida por la juez María Amalia Mascheroni; el caso Storni comenzó desde 1994 cuando, por orden del Vaticano, monseñor José María Arancibia investigó denuncias de jóvenes seminaristas sobre supuestos abusos sexuales del entonces obispo de Santa Fe.

El resultado de estas pesquisas fue dado a conocer al público en el año 2000 en un libro publicado por la periodista Olga Wornat, titulado Nuestra Santa Madre, que provocó conmoción en la sociedad argentina. En septiembre de 2002, monseñor Storni renunció a su cargo y envió una carta al papa Juan Pablo II en la que no reconocía culpas ni acusaciones. Meses después, Storni se declaró inocente ante la justicia penal, negando los cargos. Pese a la lentitud, finalmente se hizo justicia, aunque la sentencia es atenuada, por motivos de edad y salud, a una forzosa reclusión domiciliaria. Para el columnista uruguayo Washington Uranga, del diario argentino Página 12, ha sido un paso muy importante desde el punto de vista institucional para la justicia y la vida de la sociedad argentinas, porque generalmente la Iglesia y en especial la jerarquía habían sido intocables. Uranga nos plantea: Se trata, ni más ni menos, de la aplicación de un principio elemental del derecho: todos somos iguales ante la ley. También los curas y los obispos. No siempre fue así. Tal igualdad, que es sana para las instituciones y para toda la sociedad, lo es, sin duda y en primer lugar, para la misma institución católica (Página 12, 31/12/09).

La pregunta clave es: ¿se está resquebrajando el llamando fuero eclesiástico?; es decir, el trato privilegiado y preferencial, especialmente en aquellos países de mayoría católica, que hasta ahora han gozado miembros del clero, teniendo un trato ventajoso por la justicia civil a lo largo de todo el siglo XX. ¿Se está desmoronando lentamente la impunidad secular, la complicidad y el encubrimiento del Estado para beneficio del alto clero? En Argentina existe otro caso que falta sustanciar: se trata del sacerdote pedófilo Julio César Grassi. En Panamá también se desató un gran escándalo en torno a un albergue juvenil en Colón, que está a punto de ser cerrado no sólo por la Iglesia, sino por la presión de la sociedad panameña. Encontramos igualmente las visitas de los visores apostólicos del Vaticano a los Legionarios de Cristo, y una de las grandes interrogantes es el grado o los alcances de abusos sexuales que existen en la orden. Y qué decir de la aguda crisis de la Iglesia en Irlanda, en la que diversos y bien documentados informes han demostrado que desde los años 50 miles de niños y jóvenes han sido sometidos a abuso sexual por diferentes generaciones del clero católico de aquel país. El informe judicial de Dermot Ahern relata crueldad y complicidad entre las autoridades religiosas, civiles y mediáticas para acallar y disimular los hechos que estuvieron impunes durante décadas; la crisis ha llegado a tal nivel que hasta el momento han dimitido cuatro obispos irlandeses y ha ocasionado cuantiosas derramas económicas.

El año pasado fue funesto para el papa Benedicto XVI: la bomba lefebvrista, la crisis mediática en la que personajes le reprocharon alejarse del Concilio y en especial sus detonadoras declaraciones sobre el condón durante su visita a África, en marzo de 2009, que provocaron una verdadera crisis diplomática, especialmente en los países europeos. Pese a todo, Joseph Ratzinger se ha mantenido firme en el rechazo de complicidades y encubrimientos, condena tajante dichas prácticas. El papa Benedicto XVI ha desaprobado reiteradamente estos métodos, subrayando que sacerdocio y pederastia son incompatibles. Frente a los casos de abuso sexual a menores, al menos la Iglesia, en su más alto nivel, manifiesta tolerancia cero; es decir, rechaza el fuero interno y todas al argucias para proteger al clero depredador. En particular las diferentes formas en que las víctimas son presionadas y silenciadas por conducto de constricciones morales, sicológicas e incluso amenazas y, sobre todo, el silencio cómplice que guardaron por años miembros de la Iglesia. Hoy ya no existe la disyuntiva entre pecado y delito: si antes el pecado era sancionado ad intra por las reglas católicas, hoy se llama encubrimiento, pues constituye el ocultamiento y la complicidad de un delito criminal.

¿En México estamos preparados para poner fin al fuero eclesiástico? Lamentablemente aún somos dados a la prerrogativa, la gracia y el privilegio del religioso ante la justicia. Esta prebenda debería erradicarse desde los propios actores eclesiásticos. Expresiones como la ropa sucia se lava en casa, en torno a la pederastia clerical, formulada por el progresista obispo, entonces de Jalapa, Sergio Obeso, en 2002, refleja la preponderancia de las leyes religiosas sobre las normas de la sociedad. Otro ejemplo lo encontramos en las diferentes acciones y declaraciones del cardenal Norberto Rivera para defender y encubrir a su mentor Marcial Maciel a finales de los años 90; este mismo cardenal ha pasado, recientemente, por un proceso legal internacional que aún no concluye, en el que se le imputa la protección de un sacerdote violador. Son ejemplos visibles de una cultura institucional viciada que requiere profundas transformaciones.

Los medios de comunicación han jugado un papel central. Más allá de algunos sensacionalismos, su presencia inquisitiva ha ayudado a la transparencia; sin embargo, también algunos medios se caracterizan por sus silencios cómplices. Aún queda presente el boicot de empresarios afines a Maciel, en 1997, contra el canal 40, o la salida de Círculo Rojo, conducido por Carmen Aristegui y Javier Solórzano. Aún falta mucho, pero ya hay signos que pondrán fin a los mantos sagrados, a los rostros de la vergüenza y la impunidad.

La Jornada, miércoles 6 de enero de 2010