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La política debe recuperar la ética como sentido

julio 8, 2009
La política debe recuperar la ética como sentido

Bernardo Barranco V.

El saldo de las elecciones es, de acuerdo con muchos analistas, de regresión y castigo. ¿Añoranza por los tiempos pasados en que aparentemente reinan la certidumbre y las reglas claras? ¿Reprobación a un ejercicio gubernamental que desde 2000 levantó las más altas expectativas de que la alternancia llevaría a un mejor estadio de vida democrática y material? ¿Punición a las divisiones internas, escándalos de corrupción, constantes balconeos y guerras fratricidas desde la intimidad de las diferentes instituciones políticas? 

Sin duda las elecciones son un momento de verdad política, así como de reconfiguración de la correlación y equilibrios de fuerzas políticas. Los resultados electorales son, de algún modo, reflejo y expresión social del momento cultural y hasta anímico de una sociedad. Por ello, más que comentar los resultados, tendencias estadísticas e indagaciones sobre los numerales, es necesario ir más a fondo.

En este proceso electoral estuvo ausente la novedad. No hubo proyectos ni propuestas novedosos en los ámbitos económicos, sociales ni ambientales; las campañas, tanto de tierra, como principalmente las electrónicas, estuvieron dominadas por los atolondrantes espots, carentes de ingenio y peculiaridad. Tampoco hubo nuevos actores ni líderes de refresco que renovaran una clase política en constante reciclaje desde 1988. Da la impresión de que muchas configuraciones políticas han perdido tradición y hasta identidad, sometidas por el pragmatismo y el afán desmedido de acordar con tal de mantener y mantenerse en el poder; si el poder tiende por sí mismo a corromper, parafraseando a lord Acton, el poder absoluto corrompe absolutamente.

Llama la atención el artículo de Javier Corral, a propósito del pragmatismo en el PAN, cuando sostiene: “Esa lógica está liquidada, pero se nos fracturó a la vez la ética, porque hemos terminado asemejándonos a nuestros adversarios… La gente a veces ya no ve la línea que nos separa del PRI, de ahí que haya cundido, como acertó en la argumentación del voto nulo, la falacia de que todos somos iguales. No lo somos pero esa impresión es la que hemos dado” (“Hora de rectificar”, El Universal 07/7/09).

Sin recuperar el azoro, hemos llegado a conocer panistas, militantes de estructura, que no tienen las nociones elementales ni conocen el calado identitario de los valores democráticos sostenidos tradicionalmente por el panismo histórico. Igualmente, en la izquierda, sus fracturas y divisiones han opacado la trayectoria crítica de su análisis y la vocación por empujar importantes cambios sociales y políticos. Lejos están los testimonios de vida de aquellos compañeros y maestros que conocimos en la etapa universitaria que sostenían utopías de grandes transformaciones sociales.

Jacques Maritain, el viejo maestro francés católico, tenía razón al cuestionar el abuso y la manipulación que la ciencia política hacía de los usos de Nicolás Maquiavelo, quien concebía la política como una práctica que devoraba la moral y la ética.

En El final del maquiavelismo Maritain nos advierte contra la ilusión del éxito inmediato y el canto de las sirenas. Sustenta que cuando Maquiavelo afirma que el mal y la injusticia tienen éxito en política, se refiere al éxito inmediato, ilusorio, circunscrito a la duración de la actividad del príncipe. En el fondo, el filósofo democristiano juzga que la dialéctica eterna de los triunfos del mal los condena a no ser duraderos, si no se sustenta la política con valores supremos de la sociedad. ¿Sugerimos regresar a las nostalgias ideológicas? ¿Retornar al liberalismo libertario, al socialismo utópico o al cristianismo redentor? No, pero no perder las identidades.

Las configuraciones políticas tienen un sello, una tradición que va más allá de los resultados electorales del momento y de las alianzas coyunturales, ya que tienen ante sí la exigencia de procurar el bien público o el bien común.

México ha optado por un sistema de partidos, los cuales tienen el desafío de recuperar el sentido ético de la política y de acercarse más a la ciudadanía que demanda mayor capacidad de participación e interlocución. Recuperar los valores éticos de la política como ejercicio de servicio público y social no significa, necesariamente, regresar a viejos y anquilosados valores. Por ejemplo, en su lucha monotemática contra el narcotráfico el jefe del Ejecutivo Felipe Calderón reafirmó viejas y desgastadas argumentaciones en defensa de la familia monogámica patriarcal, propias de las disertaciones clericales tipo Provida o del cardenal Norberto Rivera. En el ejercicio de la política su fundamentación tiene que ir más lejos.

En síntesis, la sociedad política debe recrearse en los valores modernos laicos que le permitan recoger, para beneficio colectivo, los usos sociales, los comportamientos deseables y costumbres sociales que le acerque a la sociedad y a los ciudadanos interesados en participar. El país necesita de la conformación de nuevos liderazgos personales y colectivos; liderazgos reales y profundos alejados, hasta donde sea posible, de la tentación del marketing y de la construcción de productos mediáticos que sólo responden al incremento en las audiencias y en la elevación del rating. Ni regreso a un pasado idealizado ni castigo.

Estas elecciones intermedias son una oportunidad para todos los actores, ganadores y perdedores en la contienda, a retomar lo político desde la perspectiva de la construcción social que posibilite una mayor vida democrática que favorezca la justicia social, en especial la económica, que permita a los ciudadanos vivir en paz, en libertad y bienestar, que signifique cambios tangibles en la población.

 La Jornada, 8 de julio 2009