Archive for 20 agosto 2009

La humanización de lo divino

agosto 20, 2009
La humanización de lo divino
Bernardo Barranco V.

Los actores religiosos, especialmente de las grandes iglesias, creen inmutable el contenido de su discurso y doctrinas religiosas. Cuando uno lee las fundamentadas críticas del papa Benedicto XVI, vertidas en su reciente encíclica Caritas in verite en torno a la realidad económica mundializada y globalizada, se tiene la sensación de algo ya visto; en cierta manera es una repetición de reproches y cuestionamiento a los fundamentos ontológicos de la modernidad.

En mi entrega anterior hice un recorrido histórico a partir de diferentes encíclicas sociales que de modo distinto, apegadas a los diferentes momentos, cuestionan el rumbo y el derrotero de la sociedad moderna desde el siglo XIX. Dichas objeciones pueden remontarse aún más lejos en la historia de la Iglesia católica y del papado para poder entender el rechazo que da origen en el campo católico a lo que historiadores y sociólogos italianos, como Ferrarotti o De la Rosa, llaman católicos instransigentes, integrismo premoderno o católicos antimodernos. Independientemente de esta relación ambigua y antagónica entre catolicismo y modernidad, surge una primera cuestión: ¿es válido pensar que una tradición religiosa puede mantenerse dentro de un ciclo de muy larga duración como un conjunto de creencias y prácticas, que en sí  mismas se prorrogan indefinidamente en el arco del tiempo?

Diversos estudios desafían inmediata y tajantemente tal interpretación que inscribiría a las religiones en un espacio como refugio de las tensiones, cambios  y conflictos culturales y políticos que conforman una circunstancia histórica.

En Crises, ruptures, mutations dans les traditions religieuses (Turnhout, Brepols, 2005) se plantea cómo las religiones también experimentan mutaciones y tensiones internas entre la adaptación y el rechazo frente a los cambios culturales. Seguramente, si se utiliza sin precaución el término de tradición, se podrían levantar conclusiones que contradicen la propia historia de las religiones, las cuales, aun cuando así lo desearan, no pueden encapsularse en el tiempo para protegerse de los embates de las prácticas sociales. Es preciso, por tanto, distinguir los procesos de transición y de travesía de pruebas, si se me permite el término, que todo sistema religioso experimenta en las diferentes conformaciones históricas.

En la obra mencionada se analiza como ejemplo la religión histórica del budismo, cuyo debate comprende la continuidad de las tradiciones védicas y brahmánicas, y cómo llega a rechazar y relativizar el concepto de lo divino, levantarse contra el sistema de castas hasta derribar y revolucionar el Upanishad; no obstante, al mismo tiempo desestabiliza y recrea su propio conjunto doctrinal.

Las religiones antiguas fueron en su momento debutantes. Tradiciones identitarias que sufrieron crisis, rupturas y convulsiones en su curso. El cristianismo nace y se desarrolla según idénticas tormentas. El examen de las crisis atravesadas por la tradición cristiana nos muestra una extraordinaria capacidad de adaptación y modulación paulatina de su propia identidad. El siglo XVI es el del humanismo militante, donde el hombre, centro del conocimiento, debe seguir siendo fiel en su humanidad que lo instituye como espejo del mundo y de Dios.

Actualmente, la modernidad se ha acompañado de la secularización en las diferentes latitudes de Occidente. En el mundo europeo mediterráneo siguen las agrias disputas entre la Iglesia católica y el vasto campo anticlerical y laicista, como muestra el caso español. México no escapa a ese debate. En el fondo subsiste una vieja aspiración de implantar una nueva cristiandad, por un lado, mientras la cultura contemporánea se abate con los riesgos de una sociedad plural.

Bajo la globalización, la industria cultural incide  con sus códigos y preceptos en la producción intelectual y en la construcción de pensamiento. Por una parte, la información y las preguntas tienden a uniformizarse, pero por otra, las respuestas y motivaciones son convergentemente heterogéneas. Precisamente, la polémica entre Luc Ferry, ex ministro francés de cultura, y el académico Marcel Gauchet a partir de su libro Lo religioso después de la religión (Ántropos, 2007) coincide en que una de las tendencias actuales en la cultura global es que tiende a humanizar lo divino y a divinizar lo humano.

Sin las reducciones o descalificaciones con que muchas veces se manipula el pasado, conviene recordar que en el principio de la modernidad se construye una revolución del sujeto como emergencia de la conciencia sin duda ya incubada bajo los principios de la escolástica cristiana. Con este principio se reafirma la autonomía del hombre y la exaltación de la consideración por lo privado. Esto nos conduce a otro postulado de la modernidad: la preservación de la libertad pública de la conciencia, más que la libertad de la conciencia. Éste es uno de los principales nudos por los que atraviesa la tensión entre el pensamiento católico, encabezado por el papa Ratzinger, y el mundo pluralista contemporáneo. ¿Están los cristianos dispuestos a admitir de la modernidad que la conciencia es soberana, autónoma y creadora, en última instancia, de una autoridad propia, capaz de producir y administrar leyes y la construcción de un orden social autónomo de Dios?

La más reciente encíclica tiene acertados e implacables cuestionamientos al desarrollo económico y cultural de la globalización que muchos altermundistas y posmodernos han aplaudido. Sin embargo, éstos en todo caso son alternocatólicos y poscristianos. Las religiones no son inmutables, por ello se antoja difícil que se llegue a consumar el sueño de la restauración desde la cristiandad.

La Jornada miércoles 19 de agosto de 2009

Caritas in veritate y las encíclicas sociales

agosto 12, 2009
Caritas in veritate y las encíclicas sociales
Bernardo Barranco V.

Una encíclica es un documento solemne, dentro de la vida de la Iglesia católica, firmada por el Papa, dirigida a toda la estructura eclesial y todos los fieles del mundo. Habitualmente estas cartas abordan algún aspecto de la doctrina católica y tienen su origen en las epístolas del Nuevo Testamento, constituyendo en la práctica uno de los documentos más importantes en que el Papa esgrime su posición y establece directrices al conjunto de la catolicidad. La encíclica Caritas in veritate (Caridad en la verdad) es la tercera del papa Benedicto XVI en sus cuatro años de pontificado, después de Deus caritas est, de 2006, y Spe salvi, de 2007. Caritas in veritate se inscribe en la tradición de las encíclicas sociales que datan desde el siglo XVII y responden a momentos históricos muy precisos en que la Iglesia, a través del pontífice, fija una posición y puede llegar a establecer líneas de acción. Así tenemos la emblemática encíclica Rerum novarum (1891) firmada por el papa León XIII (1878-1903), que aborda la cuestión obrera en plena revolución industrial, desde la perspectiva católica. Cuarenta años después, el papa Aquiles Ratti, Pío XI (1922-1939), redacta la encíclica Quadragesimo annus (1931), que cuestiona la expansión internacional del capital financiero y advierte riesgos de conflagración entre las naciones europeas, así como llama a fortalecer un dispositivo social cristiano, la llamada Acción Católica, estrategia que perseguía alcanzar vía la acción de los laicos organizados una mayor incidencia cultural, política y gremial.

En los años 60, Angello Roncalli, Juan XXIII (1958-1963), redacta su encíclica Mater et magistra (1961), registrando nuevos aspectos de cuestión social de una realidad internacional cada vez más interdependiente; advierte la creciente brecha entre los países pobres y ricos, el rezago alarmante de las sociedades y regiones agrarias (no olvidemos el origen humilde y campesino de la familia Roncalli en Bérgamo). Juan XXIII hace un llamado a las naciones ricas a cooperar con las pobres, invita a los cristianos a comprometerse temporalmente en nuevos campos, particularmente en actividades de desarrollo económico. De hecho, ésta es la primera encíclica de alcance mundial, abandona parcialmente la eurocentralidad de los discursos pontificios y se empieza a abordar cierta problemática de los países del sur. En ese sentido ubicamos la encíclica Pacem in Terris (1963), donde Juan XXIII hace un llamado a la paz, condenando la carrera armamentista del mundo bipolar de la posguerra, y advierte de la amenaza apocalíptica de la guerra nuclear. En esta tradición, con una mayor vocación internacional, situamos las aportaciones de Giovanni Batista Montini, Paulo VI (1963-1978), quien abordó por primera vez en la historia moderna del pontificado el problema del desarrollo y del atraso en el tercer mundo con su encíclica Populorum progressio (1967), en la que cuestiona la inequitativa distribución de la riqueza, la explotación, la violación de los derechos humanos, el racismo, etcétera. Siguiendo la obra del dominico francés L. J. Lebret (Economie et humanisme), el Papa plantea la urgencia de un desarrollo integral, del peligro de una confrontación Norte-Sur, haciendo célebre el eslogan: el desarrollo es el nuevo nombre de la paz.

Cada encíclica social es hija del momento histórico y de la manera en que la Iglesia encara esa realidad. Está aún pendiente una evaluación a fondo de las referencias sociales de Juan Pablo II (1978-2005), porque no sólo se cuentan diversas cartas encíclicas sino los numerosos mensajes, homilías y discursos sociales de uno de los pontífices más activos. Sólo retomamos una, la encíclica Centesimus annus (que conmemora los cien años de la Rerum novarum); es una reflexión desde la antropología católica de las implicaciones mundiales de la caída del Muro de Berlín en 1989 y la crisis del marxismo, demostrando el compromiso imposible entre marxismo y cristianismo, pero también toma distancia del capitalismo salvaje. La Caritas in veritate, el reciente texto de Benedicto XVI, se inscribe mucho más en continuidad con este texto de Karol Wojtyla. Su principal interlocutor es la globalización; realiza un diagnóstico antropológico de las consecuencias de la actual crisis internacional así como de las secuelas negativas en la civilización actual. Sin embargo, las lecturas en el laberinto católico suelen ser tan disímiles que parece se leen textos diferentes. Por una lado tenemos a Leonardo Boff, quien no oculta su decepción por un texto muy amplio en el que el Papa es el maestro, no el profeta; el maestro que busca correcciones y no cambios profundos. Boff sentencia: “Al leer el texto, largo y pesado, acabamos pensando: ¡qué bien le vendría al Papa actual un poco de marxismo!… Es un discurso reproductor del sistema imperante, que hace sufrir a todos, especialmente a los pobres. No es cuestión de que Benedicto XVI lo quiera o no lo quiera, sino de la lógica estructural de su discurso magisterial. Por renunciar a un análisis crítico serio, paga un alto precio en ineficacia teórica y práctica. No innova, repite”. Mientras, Manuel Gómez Granados, director del Imdosoc, desde otra óptica, exalta: Parece que estamos escuchando a un hombre de izquierda que critica directa y duramente las prácticas del capitalismo salvaje. Sin embargo, no es así… El Papa va más allá porque exige justicia, respeto a la dignidad de toda persona humana y sus derechos, entre los que está el desarrollo, respeto a la vida en todas sus etapas y formas. El documento es revolucionario, es una abierta crítica a un sistema económico carente de valores (Excélsior 11/06/09). Benedicto XVI ha abierto una enorme puerta para que los obispos mexicanos se inspiren en este texto y respondan en materia social, con un discurso más cuajado y con mayor lucidez a la actual circunstancia mexicana. Hay condiciones objetivas para una buena recepción.

La Jornada, 05 agosto 2009.