Archive for 18 febrero 2010

Nueva crisis en el Vaticano

febrero 18, 2010

Nueva crisis en el Vaticano

Bernardo Barranco V.

E l Papa no sólo está preocupado por recuperar la confianza y la credibilidad de la Iglesia en Irlanda. Benedicto XVI también está inquieto por el rumbo que ha tomado su desencuentro con Berlusconi. Para decirlo con una expresión: el Vaticano se ha covertido en un infierno. El martes 9 de febrero, la secretaría de Estado emitió un comunicado en el que afirma que existe “una campaña difamatoria contra el Vaticano que implica al mismo pontífice”. El texto desmiente las especulaciones en la prensa que sostienen que fue el director de L’Osservatore, Giovanni Maria Vian, y el secretario de Estado, Tarciso Bertone, quienes conspiraron contra Dino Boffo, ex director del periódico católico Avvenire, pretextando su homosexualidad. Este nuevo escándalo se viene gestando desde agosto pasado y ha crecido como una bola de nieve confusa: cartas anónimas, documentos y acusaciones falsas, rumores sobre presuntas guerras sin control entre los obispos, cardenales y miembros de alto rango de la jerarquía italiana enfrentados a la curia vaticana y provocaciones con el primer ministro italiano Silvio Berlusconi. Hay un entramado complejo que se ha desbordado hasta alcanzar una crisis de niveles internacionales que pone en evidencia que la autoridad del Papa y la gobernabilidad de la Iglesia están siendo vulneradas. El Vaticano parece transitar en una vertiginosa montaña rusa con escándalos y crisis cíclicas que ponen de manifiesto la disfuncionalidad de un modelo de conducción institucional demasiado centralizado. Aún están frescos los reproches y filtraciones en torno de la apertura de Benedicto XVI a los lefebristas en 2009, cuyo clímax de tensión giró en torno a Williamson, quien negó la existencia del Holocausto, dejando al pontífice en una posición muy delicada no sólo ante la comunidad judía, sino frente a poderosos episcopados como el alemán, austriaco y francés, que abiertamente desaprobaron dicha iniciativa. En marzo del año pasado, el Papa soportó doble metralla: por un lado le reprochaban que se alejara del espíritu del concilio y, por otro, los sectores más conservadores le apuraban para reincorporar a los retrógrados lefebristas. El episodio ameritó una carta personal particularmente fuerte e inusual de Joseph Ratzinger, quien evidenció tensiones y disputas dentro de la Iglesia, sin dejar de externar su pesar por sentirse incomprendido no nada más por la sociedad moderna, sino por sectores del propio clero; lamentó “el odio sin reservas de algunos católicos” y llegó a reconocer que “en la propia Iglesia se muerde y devora”. Esa carta reflejó su sufrimiento en el cargo, así como su pesar ante posturas autodestructivas dentro del cuerpo eclesial. El origen de este nuevo trance radica en la postura crítica del Vaticano y sectores del episcopado italiano ante los excesos y escándalos sexuales de Berlusconi. Dino Boffo, director del diario católico Avvenire –fundado en 1968 y administrado por la conferencia episcopal italiana– había sido especialmente severo con el primer ministro por la conducta inapropiada y éticamente reprobable desde el punto de vista católico. Il Giornale, diario de derecha fundado en 1974, propiedad de la familia Berlusconi, asesta un contundente golpe al director del Avvenire el 28 de agosto de 2009 al publicar un artículo de su director, Vittorio Feltri: “El supermoralista condenado por acoso”, se titula, y en él acusa a Boffo, director del periódico de los obispos, de haberse visto envuelto en 2004 en una pena por acoso telefónico a una mujer, cuyo novio de ésta era su amante. En septiembre Boffo renuncia negando las acusaciones que a la postre resultaron estar basadas en falsos documentos e inexistentes juicios. Il Giornale revira revelando en diciembre que “una alta personalidad de la Iglesia, de la que uno debe fiarse institucionalmente,” le había suministrado los documentos que avalaban la homosexualidad de Boffo. Un tercer periódico italiano, La Reppublica, entra a escena y apunta tanto al cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, como a Vian, el director del L’Osservatore Romano, quienes habrían conspirado contra Boffo. El supuesto objetivo de dicha confabulación consistía en que, al derribar al director del periódico de los obispos, Bertone ajustaba cuentas con un episcopado italiano considerado demasiado independiente con respecto al Vaticano. Ante el prolongado silencio, un tsunami de especulaciones ha caído, sin exagerar, sobre Roma. “El Papa está más allá de la gracia de Dios”, anuncia en primera plana el periódico de Berlusconi (Il Giornale 09/2/10). Que “Benedicto necesita un Ratzinger”; un papa ausente, encerrado en su biblioteca; Bertone es tasado como un secretario de Estado de toda la confianza del pontífice, pero sólo en la curia, que aísla aún más al Papa. El comunicado de la secretaría de Estado desmiente el complot y la conspiración contra Boffo y señala: “El Santo Padre, que siempre estuvo informado, deplora estos ataques injustos e injuriosos, renueva su plena confianza a sus colaboradores y reza para que quienes realmente quieren el bien de la Iglesia operen con cualquier medio para que se afirmen la verdad y la justicia”. Para el vaticanista Giancarlo Zízola, “se trata de una revuelta de Camillo Ruini, ex presidente de los obispos italianos, y los partidarios del concubinato político con Berlusconi (…) aunque ello suponga hacer la vista gorda ante el despliegue de libertinaje sexual o moral del primer ministro y pactar con el poder para obtener leyes favorables y ventajas económicas o personales” (El País, 10/2/10). Otro vaticanista, Sandro Magíster, opina que en la confrontación Bertone-Ruini, existe la tentación de Roma por subordinar grandes episcopados como el italiano, brasileño y estadunidense (L’Expresso, 11/2/ 10). La Iglesia de Benedicto XVI tiene fisuras que presagian riesgos de naufragios no frente al relativismo de la cultura, sino por las fracturas del navío católico.

La Jornada, miércoles 18 de febrero de 2010

Desclericalizar el debate sobre laicidad

febrero 5, 2010
Desclericalizar el debate sobre laicidad

Bernardo Barranco V.

Estado laico expresa la esencia de la democracia moderna. Gran parte de la clase política y de manera especial el presidente Felipe Calderón tienen una concepción muy pobre y empequeñecida de lo que representa la laicidad actual del Estado, sobre todo su lugar frente a los desafíos de la reforma del Estado en este siglo XXI. Siguen enfrascados en las viejas disputas del siglo XIX e inicios del XX, en torno a la incidencia eclesiástica en las políticas públicas y las tensiones entre la moral católica y la ética laica. Es imperativo desclericalizar el debate y situarnos en un mundo complejo, mutante y mundializado; en pocas palabras: vivimos el tránsito hacia culturas poscristianas. Esta realidad multicultural demanda nuevas maneras de reconocimiento y respeto de las diversidades que emergen, ya que afirman nuevas identidades y reividican derechos hasta ahora inéditos. En otras palabras, debemos hacer una nueva recepción de la laicidad y del Estado laico en el siglo XXI. No basta conformarnos con un laicismo heredado; éste no es un ADN en nuestra cultura política. Esta noción debe ser retrabajada bajo la realidad actual, y esta generación de políticos tiene obligación de recrear asertivamente la laicidad del Estado, porque es parte esencial de la democracia que queremos construir. Sin laicidad no hay democracia; sin laicidad no hay reforma política ni del Estado, así de sencillo.

 La laicidad, más que un compendio de definiciones esmeradas, es un proceso histórico y como tal dinámico y comprensiblemente cambiante. Así, aunque Juárez y los liberales de la época probablemente nunca escucharon el concepto “laicismo”, porque apenas se estaba acuñando en Francia, lo intuyeron afirmando que para construir el Estado moderno mexicano era necesaria la separación de esferas entre la Iglesia y el Estado.

Los diversos liberalismos reivindicaban la soberanía popular como fuente sustancial de legitimidad de las nacientes instituciones republicanas de Hispanoamérica, secularizando los resortes del sustento del poder que ejercía, hasta entonces, el binomio entre el dominio de la corona y la potestad eclesiástica. En los últimos 10 años, en México hemos observado signos regresivos que ponen en peligro el carácter laico del Estado. En sexenio foxista se vivieron provocaciones, como el beso que dio el presidente Fox al anillo papal o los arrebatos verbales de Carlos Abascal Carranza; sin embargo, en el gobierno de Calderón se ha pasado a los hechos con cambios constitucionales en 18 entidades que vuelven a penalizar el aborto, así como en la acción de inconstitucionalidad que presentó la Procuraduría General de la República ante la Suprema Corte de Justicia contra las bodas gays, y esto nos obliga como mexicanos a volvernos a plantear el tema del carácter laico del Estado.

La laicidad de todo Estado moderno, más allá de ser una herramienta jurídica, es un instrumento político de convivencia armónica y civilizada entre diferentes y diversos grupos sociales para coexistir en paz en un espacio geográfico común. El Estado laico actual es aquel que garantiza la libertad de creencias en el sentido amplio, así como la libertad de no creer que tengan los individuos que integran la sociedad. Un Estado laico debe garantizar la equidad, es decir, la no discriminación, y garantizar los derechos, principalmente de las minorías, es decir, la libertad de conciencia. El Estado laico garantiza la autonomía de lo político frente a lo religioso.

Es evidente que el debate se ha centrado en este último apartado, recreando viejas rencillas entre “conservadores y liberales”, “laicistas y catolicistas”, etcétera. El mundo globalizado de hoy ha puesto sobre la mesa la enorme diversidad cultural, histórica, de creencias, tradiciones e identidades de los pueblos que demanda apertura, tolerancia y respeto de las diferencias. Por supuesto que esta multiculturalidad relativiza los discursos absolutos, totalizantes y teocráticos de pensamiento único; sin embargo, sería un gravísimo error enfrentar sólo el “relativismo contra el absolutismo” esbozado por el papa Benedicto XVI. Es una polémica reduccionista de una realidad que demanda la edificación de espacios públicos nuevos, cimentados en el diálogo y la construcción de consensos. Ésta es una de las tareas del Estado laico: garantizar la convivencia pacífica de estas diversidades sociales que han ido emergiendo en el país en años recientes. Siguiendo los trabajos del politólogo francés René Remond, el laicismo históricamente surge como reacción política a la excesiva injerencia del clero en el ejercicio del poder y en los asuntos de política pública, es decir, contra el clericalismo político. La laicidad moderna no se reduce a acallar, acotar ni reprimir la expresión, libertad y práctica política de ninguna iglesia; por el contrario, el Estado laico debe canalizar todas estas expresiones de manera institucional.

En México, más allá de las disputas conceptuales del término, la laicidad es fruto de un proceso histórico, muchas veces violento y desgarrador; por ello el debate de hoy es más que apasionado. Hay dos guerras fratricidas sumamente costosas que deben ser reconceptualizadas; por ello la laicidad del Estado no debe tratarse a la ligera ni dársela como un acto consumado. Por el contrario, la laicidad está inscrita en los procesos políticos y culturales, refleja los avances o retrocesos de la sociedad. La laicidad y el carácter laico del Estado requieren ser abordados con una mirada de largo aliento. Es una desgracia que últimadamente se imponga una lógica electoral en la cultura política de este país que determina a los actores ser cada vez más pragmáticos a costa de perder fundamentos e identidades. Esperemos que la iniciativa que hoy se coloca en la mesa de los poderes legislativos para transformar el artículo 40 de la Constitución, añadiendo el carácter laico del Estado, cuente con la sagacidad histórica y mayor altura política.

La Jornada, martes 2 de febrero de 2010