Archive for 18 enero 2012

Benedicto XVI: entre México y el concilio Bernardo Barranco V.

enero 18, 2012

Benedicto XVI: entre México y el concilio

Bernardo Barranco V.
En memoria de Alexis Rovzar, un amigo querido.

Probablemente el viaje de Benedicto XVI a México sea el primero y único. Próximo a cumplir 85 años, justo la edad en que Juan Pablo II falleció, el Papa llega debilitado físicamente, cargando en sus espaldas el peso de una doble crisis: la secular que niega a Dios, culturalmente, como protagonista societal, y la crisis propia de la Iglesia católica, tan sacudida no sólo por escándalos, sino por divisiones internas.

Sin duda el viaje a México y Cuba en marzo próximo será un acontecimiento que guarda mucha expectativa, pues habrá de calibrarse el verdadero interés del pontífice por América Latina, hasta ahora parcialmente abandonada de las grandes prioridades de un Ratzinger empecinado en revangelizar la actual Europa, que bosteza ante la Iglesia. El Papa carga desde hace más veinticinco años un profundo desencuentro no sólo con los cristianos latinoamericanos, sino con una represión doctrinal e institucional hacia un gran sector progresista de la Iglesia en nuestro continente. El cardenal Ratzinger, antes de su elección papal, al frente como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se caracterizó por su hostilidad a la teología de la liberación. De entrada, no es un Papa que goce de todas las simpatías en un continente católico cuyo ministerio ha sido profundamente marcado por su inflexibilidad. En Brasil, en 2007, mostró apertura para la reconciliación, pero puso en evidencia su perspectiva eurocéntrica al afirmar el 13 de mayo que la evangelización en América no supuso en ningún momento una alienación de las culturas precolombinas ni fue una imposición de una cultura extraña. Ante la indignación y protestas de grupos, pueblos indígenas e incluso mandatarios, el Papa en Roma días después se corrige y habla de las luces y sombras de la primera evangelización en nuestro continente.

El otro gran evento de Benedicto XVI en este 2012 será la celebración de los 50 años de la primera sesión solemne con la que se inaugura el Concilio Vaticano II, el 22 de octubre de 1962. En dicha celebración se podrá examinar la verdadera gravitación de las aperturas conciliares que el pontífice ha venido matizando e imponiendo una lectura conservadora.

Vamos por partes. Primero, existen signos preocupantes por la frágil salud del Papa; en los pasillos romanos se ventilan diferentes versiones sobre un decaimiento físico. Desde fines de 2011 hay signos visibles de un pontífice agotado y mermado en su salud. Como cuando regresó de su viaje de Estados Unidos en 2008, hasta Le Figaro, el conservador periódico francés, especuló con una inminente dimisión. Si bien no existen reportes médicos y a lo largo de su casi ocho años de reinado Ratzinger no ha ingresado en ningún hospital, su estado se guarda como secreto de Estado; los vaticanistas italianos han venido especulando sobre el progresivo deterioro de un anciano que lleva a cuestas el peso de una Iglesia sacudida y un pontificado que ha transitado de crisis en crisis, mermando su autoridad moral a nivel internacional. El papa Ratzinger, entronizado a los 78 años, es el de más edad, tras Clemente XII, en 1730, que fue elegido a los 80 años. Sus palabras, recogidas por el periodista alemán Peter Seewald en el libro Luz del mundo, resuenan con fuerza al admitir como un derecho el poder dimitir en caso de que su salud o sus fuerzas se deterioren notablemente. Sobre esta cuestión, una nueva diferencia con el mesiánico Juan Pablo II, quien mostró al mundo su catolicismo heroico y resistencia imperturbable frente a la vejez y enfermedades.

En ese sentido, no podemos esperar en México una visita arrolladora de Ratzinger, al estilo de las maratónicas giras de Juan Pablo II. La agenda de Benedicto XVI comprende pocas actividades y largos espacios donde el anciano pontífice se recupere y tome fuerza para cubrir los compromisos pactados. Igualmente, no debemos imaginar un papa mediáticamente populista, que llegue a improvisar y ganarse el aclamo de las multitudes con gestos y expresiones arrebatadores. Todos conocemos el estilo tímido y suave de un papa que se aleja del esterotipo de la espectacularidad. El talante de Benedicto XVI es de ser un papa teólogo sobrio, con planteamientos profundos que requieren ser meditados. En Benedicto XVI hay un concepto clave: dictadura del relativismo, expresado días antes del cónclave que lo entroniza; dicho concepto se ha convertido en el eje de su pontificado. Su terquedad a contracorriente, para que Occidente recupere sus raíces éticas como la salvación a la crisis actual, que en labios del Papa no sólo es económica, sino principalmente ética. Otra misión a contramano es reconciliar la fe con la razón.

La Iglesia hará un gran festejo, como decíamos, del quincuagésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II. Será un momento de grandes definiciones, pues los sectores progresistas han reprochado al Papa su alejamiento y lectura conservadora del concilio. Por su parte, cuando Benedicto XVI invita a hacer referencia al Concilio Vaticano II insiste una vez más en lo que él llama la hermenéutica correcta. Es decir, en una interpretación correcta y global de los textos desde la tradición de una cultura religiosa que data de hace más de 2 mil años. El pontífice alemán rechaza ver el concilio como un momento de ruptura o un partir de cero, comoreingeniería en la vida del catolicismo contemporáneo. Cuestiona fuertemente lo que plantean los católicos progresistas, que enfatizan el espíritu del Concilio, es decir, la apertura al mundo y el cuestionamiento de la religión tradicionalista católica. En el libro reciente Joseph Ratzinger, crisi di un papato, el reconocido vaticanista Marco Politi, del diario La Repubblica, a pesar de su admiración intelectual, le reprocha con dureza las directrices ultraconservadoras, su disminución de encuentros con líderes internacionales religiosos y laicos que podrían haberlo ayudado a tomar el pulso de los acontecimientos actuales, su empeño en evitar buscar el asesoramiento de los oficiales de la curia, entrenados en el arte milenario de la diplomacia vaticana, que podrían haber evitado que el papa Ratzinger tomara decisiones problemáticas.

La Jornada, miércoles 18 de enero de 2012

 

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El papa Ratzinger en México

enero 5, 2012
El papa Ratzinger en México
 
Bernardo Barranco
El papa Benedicto XVI vendrá a México a fines de marzo, en pleno proceso electoral, y mucho se ha advertido sobre la utilización política de las jornadas pontificales y de la fecha tan inoportuna que deliberadamente el Vaticano ha seleccionado para la primera visita de un pontífice poco viajero y distante de las realidades latinoamericanas. En otro momento abordaré la dimensión política de la visita para concentrar la reflexión en la lógica geopolítica y religiosa desde la perspectiva de Roma.

Para nadie es un secreto que para el papa Ratzinger Europa es su principal prioridad pastoral. Ahí ha concentrado sus primordiales energías intelectuales y teológicas en la discusión sobre la identidad de una Europa secular que amenaza con sacudir sus raíces cristianas. Dicha prioridad se comprueba por el número de viajes que ha prodigado en el viejo continente, siendo España su principal laboratorio de intervención. Las interpelaciones y provocaciones del anciano pontífice no han tenido el eco necesario para abrir grandes debates sobre la orientación de la cultura y a cambio ha recibido una pasmosa indiferencia. Su pontificado ha sido severamente cuestionado por conservador y ha sido sacudido por escándalos cíclicos que han minado su autoridad tanto en el ámbito del concierto internacional como dentro de la propia Iglesia. Aquí los principales reproches se centran en el paulatino alejamiento del Concilio Vaticano II.

A diferencia de Juan Pablo II, la universalidad de Joseph Ratzinger se ha concentrado en una región del planeta. El papa Wojtyla intervino en el fin de la guerra fría y fue actor central del derrumbe del mundo bipolar, encabezados por la desaparecida Unión Soviética y Estados Unidos. En su encíclica Centésimus annus, Juan Pablo II se opuso a la configuración de un mundo unipolar manipulado desde Norteamérica. Por ello, Estados Unidos fue un gran desafío para el pontífice polaco, y llegó al extremo de imponer en la región una visión continental globalizadora, cuya identidad no fluctuaba en torno a la cultura, razas, usos y costumbres, sino en torno a una gran identidad americana. Y problemáticas comunes tanto en el norte como en el sur, que requerían respuestas sociales y pastorales comunes. ¿Cuáles eran estos problemas? A manera de ejemplo, los modelos económicos diseñados por los tecnócratas del norte y sufridos por las poblaciones en el sur; las migraciones, la lacerante pobreza del sur y las corrientes migratorias hacia el norte; aquí una de las áreas más delicadas para la Iglesia: las sectas que nacen y son financiadas en el norte y se consumen en el sur; el narcotráfico y la corrupción, etcétera. Del norte, pues, surgen no sólo los modelos económicos, sino los nuevos movimientos religiosos, sectas que invaden el universo popular del continente, y también el New Age, que seduce a las clases medias y altas. Por lo tanto, el Vaticano, bajo la conducción de Juan Pablo II, dio la máxima prioridad a México como país culturalmente puente, por un lado, y de contención religiosa, por otro. No es gratuito que el papa polaco haya venido cinco veces a nuestro país; tampoco es casual el fervor por la Virgen de Guadalupe, cuya religiosidad popular constituye un dique a la expansión de otras ofertas religiosas en el mudo popular.

En los primeros años de Benedicto XVI este acento geopolítico fue parcialmente abandonado. La eclesiósfera de Ratzinger se concentró en debatir el futuro de una Europa en el contexto de la globalización. Sin embargo, a finales de 2011 las prioridades empezaron a mudar al constatarse que México y Brasil, las dos grandes naciones con el mayor número de fieles católicos, han venido decayendo de manera notoria y dramática en los últimos años.

En efecto, los datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística muestran que a inicios del siglo XX 99 por ciento eran católicos, para descender en 2010 a 68.4. Igualmente, en México, de casi ciento por ciento, los católicos han bajado, según el censo de 2010, a 83 por ciento; las fronteras ya no figuran como la zonas más diversificadas religiosamente, sino la megápolis de la ciudad de México. Centroamérica y el Caribe son regiones que igualmente presentan una enorme mutación religiosa a la que Roma no puede sustraerse. Por ello, Benedicto XVI ha anunciado recientemente que visitará ambos países en diferentes fechas. Es cierto que América Latina no es una región confortable para el Papa, quien se enfrentó en diversas oportunidades, como el guardián de la ortodoxia, a numerosos teólogos de la liberación y fue factor de represión y disciplinamiento de una región eclesialmente rebelde. En su primer viaje a Latinoamérica (Brasil, mayo de 2007) fue muy criticada su valoración en torno a la primera evangelización tersa y delicada, según el pontífice.

Después de siete años de pontificado, Benedicto XVI se arriesga a visitar México, tierra identificada totalmente con el carisma de Juan Pablo II. Y no es que con una visita vaya a animar las cifras católicas ni revertirá la creciente diversificación religiosa en nuestro país. La visita a Cuba y a México puede significar un nuevo giro de prioridades eclesiásticas en la dimensión internacional de su pontificado. Independientemente de todas las hipótesis, sin duda el Papa reforzará la agenda de los obispos mexicanos y seguramente abordará temas de la libertad religiosa, la sana laicidad y el derecho de los padres a ofrecer la educación religiosa a sus hijos. La lógica es clara: posicionar a la Iglesia católica como actor de creciente gravitación y poder ante una clase política que se disputa sus favores y preferencias. Lo abordaremos con mayor detalle en otras entregas.

La Jornada, miércoles 4 de enero de 2012