Archive for 27 octubre 2010

Marcial Maciel, el pederasta solitario

octubre 27, 2010
Marcial Maciel, el pederasta solitario
Bernardo Barranco V.

Hace unas semanas, en la reactivación del proceso canónico de beatificación de Juan Pablo II, percibí una señal contradictoria, como si el episodio de Marcial Maciel jamás hubiera existido. Autismo católico ante el carisma aún vivo de Karol Wojtyla, me dije, sin embargo, la extensa carta firmada por el delegado pontificio Velasio de Paolis, el pasado 19 de octubre, dirigida a los legionarios, es a todas luces desconcertante. Puede significar una seria y preocupante regresión. Sin embargo, aún persisten lecturas posibilistas, como la del vaticanista Sandro Magister, articulista de L’Espresso, quien refiere cambios en la continuidad de los legionarios y que éstos van a fondo, pese a la resistencia de la actual directiva. Sin embargo, el tono utilizado por el futuro cardenal De Paolis es muy conciliador y contrasta con los enérgicos documentos precedentes, especialmente aquel emanado de las investigaciones de los visitadores pontificios, publicada en mayo del presente año, en la que establecía que los crímenes de Maciel eran cobijados por un sistema de poder. El comunicado es particularmente severo sobre el sistema de relaciones elaborado en torno a Maciel, sobre el silencio de los que estaban a su alrededor y el mecanismo de defensa de su vida indigna.

En una primera lectura de la misiva, De Paolis parece estar exonerando y confirma al primer círculo de poder de los legionarios cuando tan sólo hace unos días en Roma se rumoraba una ruptura entre De Paolis y los superiores legionarios, especialmente con Luis Garza Medina, vicario general, de quien se aseguraba su renuncia o remoción. Otro vaticanista, Andrea Tornelli, muy cercano a los corrillos de la curia, refirió fuertes tensiones en el proceso. Recientemente escribió en su blog: La impresión prevaleciente en los palacios sacros vaticanos es que algunos responsables de los legionarios pretendan relegar el rol del delegado solamente a la revisión de los estatutos, sin querer ceder el control efectivo de su actividad, como por el contrario pide la Santa Sede, que quiere salvar a la legión y no disolverla.

Resulta también desconcertante que el mismo De Paolis relativice su propia autoridad y su rol, se reafirma como un delegado pontificio que acompañará la renovación de la congregación; cuando el decreto, firmado por el secretario de Estado, Tarciso Bertone, el 9 de julio, le otorga a De Paolis plenos poderes sobre la legión, el primer numeral lo sentencia: “La autoridad concedida por el Santo Padre al delegado pontificio, muy amplia y que se ha de ejercer en nombre del mismo Sumo Pontífice, se extiende a todo el instituto: a todos los superiores, a los diversos niveles (dirección general, provincial y local) y a todas las comunidades y a cada religioso.

Tal autoridad implica todos los problemas propios del instituto religioso y puede ser ejercitada siempre que el Delegado lo considere necesario para el bien del instituto mismo, incluso derogando las constituciones. Cuando todos dábamos por hecho que la renovación pasaba por la remoción de la nomenclatura, actualmente en el poder de los legionarios, De Paolis ratifica a los directores y apuesta por una larga y no cosmética transformación de la congregación; pareciera exculpar a los directivos de las fechorías de Maciel, pero no mete las manos al fuego por ellos.

En todo caso queda la impresión, a todas luces absurda, de que Maciel fue una mente perversa que no llegó a contaminar la estructura de la congregación, una especie de sicópata solitario. Absurdo. Tanto tiempo, tantas vidas de Maciel, abusos en el manejo de dineros y recursos logísticos de la legión, exagerado culto a su personalidad; tantas mentiras y opacidades sistémicas, como para poner en duda, ahora, que las graves aberraciones de Maciel no contaron con la complicidad estructural de su primer círculo de poder. Todos los indicios conducían a la conclusión de que detrás de las patologías de Maciel estaban las patologías de la propia estructura de los legionarios.

Ya circulan lecturas triunfalistas suscritas y elaboradas por los propios legionarios a la carta en cuestión, llenas de desafiantes revanchanchismos, tomamos de ejemplo el texto firmado por Jorge Enrique Mújica: “Pero la mina de oro se agotó. Si ya el tema en sí mismo comenzaba a cansar por esos tintes de novela danbrowniana, ha sido precisamente el delegado del Papa, quien de modo ‘tumbativo’ ha dado respuestas claras, directas y contundentes sobre la situación de la legión y del Regnum Christi en una carta dirigida precisamente a los primeros interesados. Se trata de una misiva llena de realismo que, para tristeza de algunas aves del mal agüero informativo, matiza, corrige y aclara cuestiones trascendentales para el presente y futuro de esta familia religiosa. […] Muchos vaticinaban esa destrucción y ventilaban los rumores e interpretaciones infundadas a mansalva. Su oráculo hoy ya no sirve. Sus ‘decires’, sus fuentes anónimas, su periodismo de afirmaciones aventuradas, hoy les delata y les avisa que la mina de oro quedó agotada” (www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=11659) .

Si bien el caso ha dado un giro inesperado, los rumores en Roma siguen insistentes en la salida por lo menos del hombre más poderoso de la legión, Garza Medina. En todo caso, yendo hasta las últimas consecuencias el encubrimiento a Maciel, no sólo atañe al primer círculo de poder de los legionarios, sino altas esferas de la curia romana que incluyen al mismo Ratzinger.

Recordemos cómo los propios legionarios ventilaron a la opinión pública, los sobres con miles de dólares, destinados a los encumbrados cardenales aposentados en Roma. Para mí fue una sorpresa y desilusión ver el nombre del cardenal Eduardo Pironio, un personaje entrañable cercano al carisma de Juan XXIII, el Papa bueno.

De ahí que podemos suponer que los actuales directores de la congregación no están solos, pues cuentan con el apoyo y cabildeo de la vieja guarda cardenalicia wojtyliana, como Angelo Sodano, Batista Re, Stanislaw Dziwisz. Lo que está en juego no es la permanencia de la cúpula legionaria, el problema no se queda sólo en la búsqueda de la verdad y el ejercicio de la justicia, de suyo importantísimos. Lo que está de fondo en la renovación y restructuración de los legionarios es el modelo de Iglesia; la cuestión se sitúa en la propia concepción teológica de la Iglesia. El posicionamiento y apego a los grandes poderes fácticos de la sociedad que ha caracterizado a los legionarios está sobre el tapete. El modelo construido por Maciel, sustentado en el poder y aculumación económica, es para muchos eclesiólogos antievangélico.

¿Qué harán De Paolis y Benedicto XVI?, será muy interesante testificarlo, aunque muchos analistas ya tienen un juicio acabado.

La Jornada, miércoles 27 de octubre de 2010

Anuncios

La Iglesia ¿eterna e inmutable?

octubre 13, 2010
La Iglesia ¿eterna e inmutable?
Bernardo Barranco V.

En 1864, el papa Pío IX publica Syllabus complectens praecipuos nostrae aetatis errores (Listado recopilatorio de los principales errores de nuestro tiempo), conocido simplemente como el Syllabus. Es un categórico documento magisterial que condenaba los valores de la modernidad; por ejemplo, la libertad de pensamiento, la democracia, la tolerancia, la separación entre la Iglesia y el Estado. Podemos leer en sus proposiciones de la 75 a la 80 que la católica debe ser la religión de Estado, y condena la libertad de culto, de pensamiento, de imprenta y de conciencia. Apuntala la noción que afirma que el pontífice romano no puede conciliarse con el progreso, el liberalismo y la cultura moderna. Tan sólo un siglo después, en el Concilio Vaticano II, todas estas condenas cambian dramáticamente al grado que no expresan sólo una apertura y aceptación de ciertos valores modernos, sino que hay una opción preferencial por la democracia y la construcción del sistema social que ello implica. Sin embargo, podemos ver cómo muchas de estas reminiscencias perduran en el fondo de discursos ultraconservadores de algunos actores religiosos, a pesar de revestirlos con ropajes aparentemente plausibles, ahí están.

El asquito que le provocan los matrimonios gays al gobernador católico de Jalisco, Emilio González Márquez, es buen ejemplo. Quien quiera ver que las posturas de la Iglesia son inamovibles porque son determinadas por Dios o la elaboración de una normatividad doctrinal perene, se equivoca históricamente, ya que tenemos miles de ejemplos a lo largo de toda la historia del cristianismo, en general, y de la Iglesia católica, en particular, que señalan lo contrario. En México, por ejemplo, hasta la década de 1950 era mal visto en los ambientes católicos la aceptación de la Revolución y mucho menos exaltar las causas y desarrollo de la contienda armada de 1910. Luis Calderón Vega, presidente de los universitarios católicos (UNEC 1941-1942), padre del actual presidente de la República, Felipe Calderón, se quejaba en su libro Cuba 88, de cómo la jerarquía quería imponer a los universitarios católicos visiones clericalistas de la historia. Calderón Vega años después, afirmó: Tal vez no hayamos calado la trascendencia de esta característica, es decir, el cabal y maduro entendimiento de la Revolución mexicana de la UNEC, porque […] en el nivel religioso reclamaban nuestro afán en otras direcciones (en Don Ramón Martínez Silva, Jus, 1974, p. 156). En la actualidad, estos matices tienen poca relevancia en la propia cultura católica, que también busca apropiarse de la gesta revolucionaria cuando tan sólo hace 60 años, la repudiaba absolutamente.

La gran virtud del cristianismo ha sido su capacidad para adaptarse y convivir con diferentes configuraciones civilizatorias y diversos contextos culturales en las más apartadas regiones del planeta. Siendo una religión monoteísta, su apertura a la cultura romana se refleja en la asunción de fiestas y fechas, en la institución de culto a los santos más cercanos al politeísmo antiguo que al ascetismo de los esenios y otras sectas judías precristianas.

En plena euforia posconciliar, el papa Paulo VI, en la carta apostólica Octogesima adveniens, publicada en 1971, se abre generosamente a la libertad y a las lecturas locales de la Iglesia, expresando: Frente a situaciones tan diversas, nos es difícil pronunciar una palabra única como también proponer una solución con valor universal. No es éste nuestro propósito ni tampoco nuestra misión. Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país, esclarecerla mediante la luz de la palabra inalterable del Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción según las enseñanzas sociales de la Iglesia. Esta audacia jamás prosperó en la vida de las iglesias, los teólogos u obispos que se aventuraron fueron reprimidos y separados; los obispos hasta la fecha se atreven muy poco a opinar posturas que no salgan de la versión oficial del magisterio. Sí, la curia romana desde el pontificado de Juan Pablo II se asume como el intelectual orgánico de la Iglesia, cancelando la producción y construcción de acentos desde las experiencias de base.

Si la Iglesia mantuviera congelado e inamovible su pensamiento y corpus doctrinal, muy fácilmente quedaría rebasada por la historia. La Iglesia mueve, a veces de manera lenta, sus ideas. Silenciosamente va desechando aquello que le estorba y poco a poco va apropiándose de aquellos principios que la van fortaleciendo. Por ejemplo, el concepto de libertad religiosa, hoy una reivindicación central, hasta poco después del concilio era una aberración. Si duda usted de mi afirmación, preguntemos la opinión a los grupos lefebvristas que consideraron este cambio como una herejía que contravenía la tradición escolástica de la Iglesia. El mismo Juan Pablo II, tan carismático como controlador centralista, llega afirmar que la Iglesia está en permanente cambio. En su encíclica Centesimus annus, 1991, al afirmar que “el Señor que ‘es como el amo de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas’ (Mt. 13:52). Este tesoro es la gran corriente de la tradición de la Iglesia, que contiene las ‘cosas viejas’, recibidas y transmitidas desde siempre, y que permite descubrir las ‘cosas nuevas’, en medio de las cuales transcurre la vida de la Iglesia y del mundo. […] Es superfluo subrayar que la consideración atenta del curso de los acontecimientos, para discernir las nuevas exigencias de la evangelización, forma parte del deber de los pastores. Tal examen sin embargo no pretende dar juicios definitivos, ya que de por sí no atañe al ámbito específico del magisterio”.

La velocidad de los cambios, formas y prácticas de las sociedades contemporáneas, chocan con la oposición que promueve la Iglesia. Las sociedades democráticas amplían el marco de las libertades, estilos de vida y pensamientos plurales de los ciudadanos, como los matrimonios homosexuales; replanteamientos sobre la ciencia, la vida y la muerte que despedazan el consenso moral tradicional. La velocidad cultural de las sociedades líquidas de Zigmunt Bauman pone a prueba la disfunción y lentitud de muchas religiones. Qué dirán los historiadores del siglo XXII, ¿prevalecerá la identidad dura de la Iglesia sobre los valores?, o éstos cambiarán, como parece señalarnos la lectura desapasionada de la historia de la propia Iglesia.

La Jornada, miércoles 13 de octubre de 2010