Archive for 24 julio 2009

Schulenburg, el abad de las contrariedades

julio 24, 2009
Schulenburg, el abad de las contrariedades

Bernardo Barranco V.

Guillermo Schulenburg fue abad de la Basílica de Guadalupe durante 33 años. Fue un actor eclesiástico poderoso e influyente en la vida pública de México. Gracias a su estrecha relación con Emilio Azcárraga Milmo, de manera audaz y pionera logra posicionar sus misas dominicales y Mañanitas guadalupanas las madrugadas del 12 de diciembre en la televisión abierta, brincándose toda norma prohibitiva. Probablemente su mayor logro fue haber construido la nueva basílica entre 1974 y 1976, empresa millonaria que sorteó con las aportaciones empresariales y principalmente de los gobiernos de Luis Echeverría y de José López Portillo, en apariencia dos garantes y defensores del Estado laico.

 

Si bien bien en sus memorias se vanagloria de haber pronunciado más de 2 mil homilías ante los 12 o 15 mil peregrinos que acudían regularmente a La Villa, y las casi 100 mil personas que llegan los domingos, Guillermo Schulenburg Prado será recordado más por ser un guadalupano antiaparicionista: el abad que se atrevió a oponerse a la canonización de Juan Diego.

Schulenburg vivió y formó parte del sistema del partido de Estado y del absolutismo presidencialista. Fue heredero de las dotes diplomáticas de Luis María Martínez, arzobispo que supo sacar provecho de la simulación de la separación Iglesia-Estado, que predominó a finales de la década de los años 40.

Era recurrente escucharle que había acompañado en su lecho de muerte a algunos presidentes de México. En uno de sus últimos artículos reprocha a Acción Nacional la falta de resultados en el pasado proceso electoral de 2009; añorante de esos buenos tiempos que vivió, escribió: “Los miembros del PAN poseen una doctrina muy plausible, muy cercana a la católica y valores muy sólidos. La mayoría de ellos van a misa los domingos, pero eso no basta… Lamentablemente, a consecuencia de esa inexperiencia y esa falta de conocimiento –que se deriva quizá de tantos años en la oposición–, el PAN no ha podido sacar adelante al país. México, en ese sentido, sigue dando unos pasos para adelante y otros para atrás” (www.gentesur.com.mx).

La ambivalencia acompañó toda la vida de Schulenburg. Hijo de inmigrante alemán, huérfano a los 12 años, vivió penurias y pobreza; lo encontramos en la década de los 60 en la plenitud de su 50 años, alar-deando parentescos con la nobleza europea de Hannover. Custodio del santuario guadalupano que condensa la religiosidad popular más intensa del continente que practica la gente más humilde, no tiene empacho de darse al mismo tiempo una vida disipada de acaudalado.

Schulenburg reconocía la profunda devoción guadalupana, tan pujante y ardiente que, según él, daba sentido a la identidad y al ethos mexicano; sin embargo, llega a dudar sobre la existencia histórica de Juan Diego y, por tanto, del milagro guadalupano que consistió en el encuentro con María de Guadalupe, encuentro entre dos culturas que para el abad fue más simbólico que real.

Si bien convivió y se mimetizó con las clases de poder y fue capellán de poderosas familias de la elite mexicana, llegó a apoyar causas religiosas progresistas mal vistas por la alta jerarquía, como fueron sus desprendidos apoyos económicos a Cencos, al secretariado social mexicano, al Centro Nacional de Ayuda a las Misiones Indígenas y a obispos como Samuel Ruiz o Sergio Méndez Arceo; incluso llegó a simpatizar y solidarizarse con sectores indígenas de Chiapas, muy a pesar del cerco que el entonces gobierno de Zedillo quiso imponer a la causa zapatista.

Sus mayores escándalos no fueron el reconocimiento de algunos hijos y demandas de paternidad, sino desconocer al indio del Tepeyac. Tenemos presente el testimonio de Javier Sicilia, quien realizó la entrevista original al entonces abad Schulenburg para la revista Ixtus en su número invernal de 1995, donde distinguía, muy de paso, el símbolo religioso guadalupano y sus dudas sobre la existencia de Juan Diego, el personaje histórico. Un año después, el vaticanista Andrea Tornelli, quien se rumora será el nuevo portavoz del Vaticano, publica en 30 Giorni los fragmentos más candentes del diálogo y, descontextualizándolos, cuestiona duramente al abad en momentos en que se desató una batalla entre éste y el nuevo arzobispo Norberto Rivera por el control y los dineros de la abadía.

Refresquemos la memoria para evocar que los Legionarios de Cristo, entonces en el cenit, habían copado y conducido la política comunicativa de Rivera Carrera. La sincronización entre Roma y México, Tornelli-televisoras mexicanas, fueron mediáticamente demoledoras; el linchamiento hacia el abad estaba consumado, su renuncia se hizo formal en septiembre de 1996. Recordemos las interrogantes de Sicilia: “¿Quién hizo llegar a Tornelli esa entrevista que nadie había atendido un año antes? ¿Cuál era el objeto si Juan Diego estaba ya beatificado? ¿Por qué buscar escandalizar la fe del pueblo? Alguien –no diré el nombre de un muy alto funcionario involucrado en el problema– me dijo: fue Norberto y algunos sectores interesados en apropiarse no sólo de la economía de la abadía –por cierto, horriblemente utilizada por Schulenburg–, sino del control de ésta y del propio capital simbólico de Juan Diego” (Proceso 1319, 11/2/02).

Meses antes de la canonización de Juan Diego y seis años después de su renuncia, el propio Tornelli publica una carta interna firmada por varios sacerdotes, entre ellos Schulenburg, dirigida a la Congregación romana de los Santos en la que pidieron sin éxito reconsiderar la santificación.

Schulenburg muere a los 93 años y probablemente se lleve a la tumba cientos de valiosos materiales sobre las apariciones que varias veces amenazó con destruir para no seguir abonando a la polémica (Siempre!)… Y después de todo, ¿dónde quedó San Juan Diego? Creemos que desdibujado por la excesiva comercialización y la incapacidad pastoral de la arquidiócesis. Probablemente Schulenburg tuvo razón.

 La Jornada, miercoles 22 de junio de 2009

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La política debe recuperar la ética como sentido

julio 8, 2009
La política debe recuperar la ética como sentido

Bernardo Barranco V.

El saldo de las elecciones es, de acuerdo con muchos analistas, de regresión y castigo. ¿Añoranza por los tiempos pasados en que aparentemente reinan la certidumbre y las reglas claras? ¿Reprobación a un ejercicio gubernamental que desde 2000 levantó las más altas expectativas de que la alternancia llevaría a un mejor estadio de vida democrática y material? ¿Punición a las divisiones internas, escándalos de corrupción, constantes balconeos y guerras fratricidas desde la intimidad de las diferentes instituciones políticas? 

Sin duda las elecciones son un momento de verdad política, así como de reconfiguración de la correlación y equilibrios de fuerzas políticas. Los resultados electorales son, de algún modo, reflejo y expresión social del momento cultural y hasta anímico de una sociedad. Por ello, más que comentar los resultados, tendencias estadísticas e indagaciones sobre los numerales, es necesario ir más a fondo.

En este proceso electoral estuvo ausente la novedad. No hubo proyectos ni propuestas novedosos en los ámbitos económicos, sociales ni ambientales; las campañas, tanto de tierra, como principalmente las electrónicas, estuvieron dominadas por los atolondrantes espots, carentes de ingenio y peculiaridad. Tampoco hubo nuevos actores ni líderes de refresco que renovaran una clase política en constante reciclaje desde 1988. Da la impresión de que muchas configuraciones políticas han perdido tradición y hasta identidad, sometidas por el pragmatismo y el afán desmedido de acordar con tal de mantener y mantenerse en el poder; si el poder tiende por sí mismo a corromper, parafraseando a lord Acton, el poder absoluto corrompe absolutamente.

Llama la atención el artículo de Javier Corral, a propósito del pragmatismo en el PAN, cuando sostiene: “Esa lógica está liquidada, pero se nos fracturó a la vez la ética, porque hemos terminado asemejándonos a nuestros adversarios… La gente a veces ya no ve la línea que nos separa del PRI, de ahí que haya cundido, como acertó en la argumentación del voto nulo, la falacia de que todos somos iguales. No lo somos pero esa impresión es la que hemos dado” (“Hora de rectificar”, El Universal 07/7/09).

Sin recuperar el azoro, hemos llegado a conocer panistas, militantes de estructura, que no tienen las nociones elementales ni conocen el calado identitario de los valores democráticos sostenidos tradicionalmente por el panismo histórico. Igualmente, en la izquierda, sus fracturas y divisiones han opacado la trayectoria crítica de su análisis y la vocación por empujar importantes cambios sociales y políticos. Lejos están los testimonios de vida de aquellos compañeros y maestros que conocimos en la etapa universitaria que sostenían utopías de grandes transformaciones sociales.

Jacques Maritain, el viejo maestro francés católico, tenía razón al cuestionar el abuso y la manipulación que la ciencia política hacía de los usos de Nicolás Maquiavelo, quien concebía la política como una práctica que devoraba la moral y la ética.

En El final del maquiavelismo Maritain nos advierte contra la ilusión del éxito inmediato y el canto de las sirenas. Sustenta que cuando Maquiavelo afirma que el mal y la injusticia tienen éxito en política, se refiere al éxito inmediato, ilusorio, circunscrito a la duración de la actividad del príncipe. En el fondo, el filósofo democristiano juzga que la dialéctica eterna de los triunfos del mal los condena a no ser duraderos, si no se sustenta la política con valores supremos de la sociedad. ¿Sugerimos regresar a las nostalgias ideológicas? ¿Retornar al liberalismo libertario, al socialismo utópico o al cristianismo redentor? No, pero no perder las identidades.

Las configuraciones políticas tienen un sello, una tradición que va más allá de los resultados electorales del momento y de las alianzas coyunturales, ya que tienen ante sí la exigencia de procurar el bien público o el bien común.

México ha optado por un sistema de partidos, los cuales tienen el desafío de recuperar el sentido ético de la política y de acercarse más a la ciudadanía que demanda mayor capacidad de participación e interlocución. Recuperar los valores éticos de la política como ejercicio de servicio público y social no significa, necesariamente, regresar a viejos y anquilosados valores. Por ejemplo, en su lucha monotemática contra el narcotráfico el jefe del Ejecutivo Felipe Calderón reafirmó viejas y desgastadas argumentaciones en defensa de la familia monogámica patriarcal, propias de las disertaciones clericales tipo Provida o del cardenal Norberto Rivera. En el ejercicio de la política su fundamentación tiene que ir más lejos.

En síntesis, la sociedad política debe recrearse en los valores modernos laicos que le permitan recoger, para beneficio colectivo, los usos sociales, los comportamientos deseables y costumbres sociales que le acerque a la sociedad y a los ciudadanos interesados en participar. El país necesita de la conformación de nuevos liderazgos personales y colectivos; liderazgos reales y profundos alejados, hasta donde sea posible, de la tentación del marketing y de la construcción de productos mediáticos que sólo responden al incremento en las audiencias y en la elevación del rating. Ni regreso a un pasado idealizado ni castigo.

Estas elecciones intermedias son una oportunidad para todos los actores, ganadores y perdedores en la contienda, a retomar lo político desde la perspectiva de la construcción social que posibilite una mayor vida democrática que favorezca la justicia social, en especial la económica, que permita a los ciudadanos vivir en paz, en libertad y bienestar, que signifique cambios tangibles en la población.

 La Jornada, 8 de julio 2009