Archive for the ‘Juan Pablo II’ Category

La Iglesia católica necesita sacudirse sus polvos imperiales

febrero 18, 2013
conclave
La Iglesia católica necesita sacudirse sus polvos imperiales

Entrevista a Bernardo Barranco Villafán/Analista de temas religiosos

logoAntonio Cerda Ardura

Tras el repentino aviso de su renuncia, el papa Benedicto XVI dejó entrever, el pasado miércoles de ceniza, algunos de los graves problemas que aquejan a la Iglesia católica y que lo orillaron a presentar su dimisión.

El Papa indicó que las “divisiones en el cuerpo eclesial” mantienen “desfigurado” el rostro de la Iglesia, por lo que es necesario “superar individualismos y rivalidades”.

Aunque sin especificar quién o quiénes son los miembros de la curia rebeldes, Benedicto XVI denunció la hipocresía religiosa y las actitudes que “buscan el aplauso y la aprobación”, y no dejó de aludir, aunque de manera embozada, a quienes se han aprovechado de los escándalos por pederastia, corrupción, enriquecimiento y tráfico de influencias: “En nuestros días muchos están listos a rasgarse las vestiduras frente a escándalos e injusticias, naturalmente cometidos por otros, pero pocos parecen dispuestos a actuar en su propio corazón”, acusó.

En sus casi ocho años de pontificado, el obispo de Roma debió sortear graves crisis que mantienen a la Iglesia crujiendo, como el discurso que pronunció el 12 de septiembre de 2006 en la Universidad de Ratisbona, en el que aludió a una presunta relación entre violencia e Islam, lo cual exacerbó a los musulmanes; la excomunión del obispo lefebvriano británico Richard Williamson, que a finales de 2008, en declaraciones a la televisión sueca, negó el Holocausto, o la guerra intestina que mantienen tras los muros del Vaticano el actual decano del Colegio Cardenalicio, Angelo Sodano, y el secretario de Estado, Tarcisio Bertone, quien, en su calidad de Camarlengo, se hará cargo de la Santa Sede desde el 28 de febrero, fecha en que Benedicto XVI tirará la toalla, y hasta que el sucesor sea elegido.

Entrevistado por Siempre!, el analista de temas religiosos Bernado Barranco Villafán dice que, a pesar de sus enfermedades, la causa probable de la renuncia del pontífice es que busca no sólo terminar con la polarización de las distintas corrientes del Vaticano, sino también incidir en la sucesión.

También señala que lo deseable es que el sucesor sea un hombre abierto a la sociedad contemporánea y que la Iglesia se sacuda los polvos imperiales que la mantienen atrasada.

Dos interpretaciones

¿Realmente la renuncia del Papa es porque, debido a sus enfermedades, él prefiere una retirada digna y no convertirse en un circo? ¿O debemos pensar en presiones?

Bernardo Barranco

Bernardo Barranco

Predominan como dos grandes corrientes: una es, efectivamente, por temas de edad y de salud. Como Benedicto XVI es ya un papa vulnerable frente a las diferentes corrientes antagónicas en la curia romana, él decidió, en un acto de  humanidad y de valor evangélico, renunciar. Ésta sería la hipótesis más sencilla.

Hay otra corriente que se acentúa en una postura de jugada del Papa más política e inteligente. Es decir, que, al renunciar, busca no sólo ordenar las cosas en la coyuntura polarizada de las diferentes corrientes del Vaticano, sino también incidir en la sucesión.

Grosso modo, ésas serían las dos grandes interpretaciones que se están manejando en torno a la renuncia. Pero, desde luego, yo me inclino más por la segunda hipótesis. Pensando en que Ratzinger es un hombre sistemático, inteligente, culto, que conoce como pocos el funcionamiento de la Iglesia, yo creería que ante el quiebre o la fractura del pacto que lo llevó al pontificado en 2005, fundamentalmente por el tratamiento en torno al tema de la pederastia, él renuncia para obligar a que se rehaga este pacto en torno al proyecto de Iglesia y el mandato a su sucesor.

¿Cómo se dio esa ruptura?

El largo pontificado de Juan Pablo II generó una gran corriente de una Iglesia más triunfalista, mediática, masiva e imperial, la cual estuvo manejada, sobre todo, por el cardenal Angelo Sodano, que, como todos sabemos muy bien, es un político que fue muy amigo de personajes como Augusto Pinochet y Marcial Maciel. Incluso hay nuevas investigaciones que demuestran que Sodano se dejó corromper por Marcial Maciel. Ésta es la atmósfera.

La larga agonía del papa Juan Pablo II llevó a los diferentes grupos a alcanzar acuerdos, lo cual quedó demostrado en el cónclave en el cual Benedicto XVI fue electo. Desde tiempo atrás había ciertos consensos y a eso me refiero con el pacto. Es decir, el papa Benedicto XVI representaba la continuidad. No de balde había sido el colaborador intelectualmente más activo y, en segundo lugar, más poderoso, probablemente el más dotado del Colegio Cardenalicio, que le posibilitaba tener una interlocución frente a la sociedad europea. Esto llevó al pacto entre las diferentes fuerzas conservadoras que dejaron lejos y atrás el sector progresista, o del Concilio Vaticano II, que estaba en ese momento encarnado en el cardenal Carlo María Martini, quien murió en agosto del año pasado.

Todo este gran andamiaje, toda esta gran burbuja ilusoria que dejó Juan Pablo II, de una Iglesia triunfalista, de espectáculo, sobre todo basado en el carisma y en la gran personalidad de ese Papa en particular, se le fue desmoronando a pedazos a Benedicto XVI. Recuerde que él inició con ciertos errores, como su discurso de Ratisbona y las declaraciones poco afortunadas como la del condón, cuando fue a África.

Y luego lo de los pederastas…

En definitiva, la crisis que enfrentó en torno a la pederastia en Estados Unidos, Irlanda, Australia, Alemania o en México, con los Legionarios de Cristo, sacudió la Iglesia católica, de una manera muy dramática y muy fuerte, por parte los medios de comunicación. Frente a esta gran crisis, la vieja guardia de Juan Pablo II, encabezada por Sodano, y en la que se agrupan por ejemplo, Giovanni Battista Re, o Eduardo Martínez Somalo, o el cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos, personajes que usted ha referido en sus notas a lo largo de los años, todo este sector le pidió al Papa cerrar filas…

Guianluigi Nizzi autor de "Sua Santitá, Le carte segrete di Benedetto XVI" que ha mostrado antagonismo y divisiones en el seno de la curia romana

Guianluigi Nizzi autor de “Sua Santitá, Le carte segrete di Benedetto XVI” que ha mostrado antagonismo y divisiones en el seno de la curia romana

Y se hizo ese pacto.

Exactamente. En la crisis se le pidió al Papa enfrentar, como un solo puño, al enemigo externo, que para ellos era el lobby político-masón en Washington y el lobby mediático de los judíos de The New York Times, en Nueva York. Entonces, Benedicto XVI fue más crítico, e incluso hizo grandes reformas en torno a la pederastia, con un enfoque más a favor de las víctimas. Alargó, por ejemplo, el periodo de prescripción de ese delito, y demandó que no fuera solamente un problema a tratar adentro de la Iglesia, sino entregar a los pecadores y delincuentes a las autoridades, etcétera. Y estas posturas fueron mal vistas por el viejo sector wojtiliano, de manera que ese pacto —que unió primero las facciones del Vaticano— se fracturó. Todo esto no lo digo por interpretación, sino con base en los documentos internos que fueron sacados y dados a la luz pública mediante el fenómeno llamado Vatileaks y que están concentrados en un libro de Gianluigi Nuzzi, que se titula: Sua Santità. Le Carte Segrete di Benedetto XVI (Su Santidad, Las cartas secretas de Benedicto XVI), el cual muestra estos antagonismos, estas luchas feroces y  palaciegas entre los sectores viejos, encabezados por Sodano, y el sector igualmente conservador, pero más pastoral, en el que está el mismo Papa, con su secretario de Estado, Tarcisio Bertone. Este último es el personaje más atacado en todos esos escándalos.

Entonces, ese pacto se fractura y el Papa queda muy vulnerable frente a todo, y los ataques y las crisis continúan. El siguiente episodio ya está en puerta con los documentos dados a conocer en Los Ángeles, en donde el cardenal Roger Mahony, de paladín de los derechos humanos de indocumentados, pasó a ser un encubridor de los curas pederastas y religiosos que abusaron de niños hijos de migrantes, quienes no tienen la posibilidad de defenderse, y, mucho menos, jurídicamente.

Todo lo anterior es para contextualizar que el Papa, efectivamente, no renuncia por enfermedad. Sufre de debilitamiento, tiene problemas cardiacos, de artritis, de cadera y de hipertensión, pero, como Rosita Alvírez, ninguno es de muerte hasta ahora, aunque ya se acumulan. Y él, lo que plantea al renunciar es: “Obligo al conjunto de la Iglesia al cónclave, a los grandes personajes, a los príncipes de la Iglesia, a reunificar criterios en torno a un proyecto de sucesión, a un debate nuevamente, a limar asperezas, a volver a encontrar nuevos equilibrios y nuevos pactos”. No se trata solamente de un personaje sucesorio, o de una persona, o un hombre, se trata de un proceso que se está planteando. Por eso creo que la jugada de Benedicto XVI es un movimiento de ajedrez en el cual obliga a las diferentes facciones a reconstruir los tejidos sociales que se han fracturado en los últimos dos años.

 

Benedicto XVI debilitado y agotado

Benedicto XVI debilitado y agotado

La nueva realidad

¿Cuál tendría que ser el perfil del nuevo papa?

Depende del proyecto. Yo le puedo dar mi perfil de un hombre abierto a la sociedad moderna. Yo desearía que la Iglesia católica deje de sentirse tutelar de los valores tradicionales; que deje de condenar, culpabilizar y chantajear a la sociedad moderna, y tenga una mayor sensibilidad para escuchar y discutir temas como el de la corporalidad, la sexualidad, el nuevo papel de la mujer, las nuevas parejas, los católicos divorciados, los jóvenes. En fin… y es que la Iglesia no ha querido, no ha podido y no ha entendido cómo abrirse a una nueva realidad.

La Iglesia necesita una nueva síntesis con la cultura y la civilización contemporánea. Es decir, necesita retomar los pasos del Concilio Vaticano II, a 50 años, y cómo volverse a formar. Y ésta no es una actitud de nostalgia, sino es que en verdad la Iglesia necesita sacudirse sus polvos imperiales, sacarse toda la polilla que ha estado acumulando en los treinta años de los pontificados con Juan Pablo II y Benedicto XVI, y abrirse. Pero eso es lo que yo desearía, tanto como analista que como católico. Pero dudo mucho de que los cardenales tengan este nivel de lectura. Hay demasiada soberbia en el interior de la Iglesia.

Revista Siempre!, lunes 18 de febrero de 2013

Benedicto XVI frente al torbellino del integrismo lefebvrista

marzo 4, 2009

Benedicto XVI frente al torbellino del integrismo lefebvrista

Bernardo Barranco V.

Para la Santa Sede ha resultado muy costosa la operación de levantar la excomunión a los obispos ultraconservadores lefebvristas. No sólo nos referimos a la repercusión que tuvo la noticia ante la comunidad judía, que en seguida reaccionó frente a la actitud negacionista del Holocausto y las cínicas declaraciones del obispo Richard Williamson. Sino que la iniciativa del Papa por llegar a una reconciliación con la rebeldía cismática de los lefebvristas ha desencadenado los más agrios reproches de diversos sectores católicos, especialmente europeos, que perciben en el pontífice un paulatino e irreversible alejamiento del Concilio Vaticano II. Existe un profundo malestar en la mayoría de los obispos franceses y numerosos episcopados del viejo continente que no han podido contener su desaprobación, como lo hizo sentir la declaración del cardenal de Viena, Christoph Schönborn, quien aseguró que el que negaba el Holocausto no podía ser rehabilitado en el seno de la Iglesia. Efectivamente, el caso de obispo lefebvrista Williamson precipitó una crisis interna en la Iglesia católica porque desabotonó, si se me permite la expresión, un malestar contenido en diferentes ámbitos eclesiales y que había permanecido latente desde el pontificado de Juan Pablo II. El fondo es el lugar del Concilio Vaticano II en el catolicismo actual, su seguimiento y su vigencia. Ya desde la entrevista, Informe sobre la fe, con Vittorio Messori (1985), el cardenal Ratzinger expresaba sus reservas a los excesos posconciliares; en Dominus Jesus (2000), el prefecto de la sagrada Congregación de la Doctrina de la Fe tuvo que ser rescatado por el papa Juan Pablo segundo por sus polémicas afirmaciones en el sentido de que las iglesias que no están en perfecta comunión con la Iglesia católica, es decir, que se mantienen unidas a ella por medio del reconocimiento a la autoridad del Papa y apego a la formas litúrgicas, no son iglesias en el sentido propio. Conviene recordar que los lefebvristas se opusieron a la hermenéutica y al espíritu del concilio, sobre todo a las innovaciones introducidas como la liturgia, sobre todo el abandono de la misa en latín, así como el decreto sobre la libertad religiosa y la nueva actitud de relación Iglesia-mundo que el concilio introdujo. Atrás de la reconciliación de Roma con los lefebvristas permanecen dos grandes interrogantes: a) hasta dónde la fraternidad aceptará el concilio más allá de su espíritu y b) hasta dónde el propio pontífice se reconoce con aquel parteaguas que los padres conciliares formularon en los años sesenta del siglo pasado. Digámoslo de otra manera, a Benedicto XVI se le percibe cada vez más alejado del concilio, lo que posibilita y facilita su rencuentro con el lefebvrismo. O bien, ¿Benedicto XVI ha ido demasiado lejos en las concesiones a los lefebvristas?, o también ¿monseñor Bernard Feilla, superior de la Fraternidad Pío X, quien ha ido más allá, con riesgo de ser cuestionado por sus propios fieles y su clero? Sus cartas a Roma expresan moderación y condescendencia ante la intransigente postura de la Fraternidad Pío X, que demandaba hasta hace muy poco la anulación del Concilio Vaticano II; en el fondo de dicha postura, según expertos, está el rechazo a los principios de la revolución francesa, la nostalgia monárquica, el galicismo y el jansenismo. El nombre de la Fraternidad Pío X es emblemático de su mentalidad, fue un papa que persiguió a los modernistas. Pío X (1835-1914) fue el que creó una organización secreta del Vaticano que buscaba infiltrados modernos en todo el mundo para reprimirlos. Además de combatir las herejías en boga del modernismo, las censuró en una encíclica llamada Pascendi (1907), estableciendo que los dogmas son inmutables y la Iglesia sí tiene autoridad para dar normas de moral. La apuesta del papa Benedicto XVI no sólo fue polémica sino arriesgada. Levantar la sanción e iniciar la reconciliación con los lefebvristas implica al menos dos condiciones que se negociaron desde la época del cardenal Darío Castrillón Hoyos, presidente de la comisión Ecclesia Dei, que la fraternidad aceptara el Concilio Vaticano II y la absoluta autoridad del Papa, así como suprimir las críticas recurrentes de la fraternidad a los pontífices. La decisión de levantar la excomunión de estos obispos se encuadra con otra serie de medidas que ha tomado, desde sus críticas al Islam hasta el restablecimiento de la misa en latín, que tanto demandaban los cismáticos restauracionistas. Sin embargo, la iniciativa de Benedicto XVI ha despertado una ola de críticas y cuestionamientos considerables, la política comunicativa de la Santa Sede ha sido errática y ampliamente superada mediáticamente por sus críticos; el Vaticano tampoco ha tenido la capacidad de respuesta y da la impresión, ante la opinión pública, de que el papa está solo. Sandro Magister, vaticanista italiano, escribe en un artículo Un doble desastre en el Vaticano: de gobierno y de comunicación: Pues en toda la situación de la revocatoria de la excomunión a los obispos lefebvrianos (sic) el secretario de Estado, cardenal Tarcisio Bertone, aunque usualmente muy activo y locuaz, se ha distinguido por su ausencia. Pero más que las palabras, han faltado de su parte los actos adecuados a la importancia de la cuestión. Antes, durante y después de la emisión del decreto. Benedicto XVI ha sido dejado prácticamente solo y la curia ha sido abandonada al desorden. En este inicio de 2009, Benedicto XVI sin duda la ha pasado mal. Sectores progresistas no han perdido la oportunidad de situarlo como un verdadero heredero del Syllabus –catálogo antimoderno del papa Pío IX (1864), que marcó claramente el inicio de una concepción de intransigencia hacia los valores propuestos por la modernidad. La identificación de un enemigo común ha sido un motor en la historia de la Iglesia que permite movilizar voluntades y un pensamiento católico fortalecido en términos de la construcción de una oferta histórica. ¿Esta visión con los lefrebvristas se verá fortalecida?

La Jornada 04 de marzo de 2009

De la pastoral del narco a la teología del centurión

enero 8, 2009

De la pastoral del narco a la teología del centurión

La Jornada, miércoles 7 de enero de 2009

Mientras el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, monseñor Carlos Aguiar Retes, recomienda con insistencia evangelizar el mundo del narco e  incorporar a los narcotraficantes  arrepentidos, el obispo Rodríguez Gómez urge que la Iglesia a evangelizar a las fuerzas armadas. No somos testigos de simples ocurrencias pastorales, aparentemente contradictorias, de altos prelados del clero mexicano, sino de posturas político teológicas que intentan dar respuesta al virtual estado de guerra y polarización que vive el país en torno a la lucha contra el crimen organizado.

No dudo de las buenas intenciones de Carlos Aguiar sobre la apertura que deba guardar la Iglesia a todos los feligreses sin importar su condición, incluyendo la de pertenecer a bandas delictuosas y de narcotraficantes; cuestiono, sí, su falta de sensibilidad política. Sus declaraciones han sido tan inoportunas que más bien despiertan nuevamente las fundadas sospechas en torno a las narcolimosnas y, las diversas formas de relación e infiltración del narco en las estructuras religiosas del país. Nos obliga a evocar el turbio magnicidio del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, en mayo 1993; los misteriosos encuentros de los hermanos Arellano Félix con el nuncio Girolamo Prigione en la sede apostólica de México, en diciembre de 1993, y recurrentes declaraciones de clérigos sobre la legitimidad de que la Iglesia acepte recursos generosos provenientes del narco.

El padre Gerardo Montaño, enlace del cártel de Tijuana; el padre José Raúl Soto, Ernesto Álvarez y el fallecido obispo Ramón Godínez son algunos de una lista de presbíteros que reconocen las bondades de los recursos ilícitos que, llevados hacia los fines apostólicos, adquieren, por decirlo de una manera, su redención. La postura del obispo de Aguascalientes generó tal polémica, que obligó al entonces secretario de Gobernación Carlos Abascal a salir en su auxilio sentenciando: “Son intereses jacobinos los que intentan deslegitimar la misión eclesiástica. ¿Acaso es un crimen que los narcotraficantes arrepentidos de sus pecados se acerquen a la Iglesia? Ella, la Iglesia, no está obligada a rendir información sobre los recursos que le entran”.  La relación actual entre narco e Iglesias es un hoyo negro que se presta a las conjeturas más delirantes y merece en un futuro cercano estudios técnicos e investigaciones sociológicas precisas.

La otra recomendación enarbolada por monseñor Víctor René Rodríguez Gómez, auxiliar de Texcoco,  sobre la evangelización de las fuerzas armadas, de no sólo hacer proselitismo sino responder a los militares que profesan la religión (La Jornada, 5/10/2009), debe tomarse con mucho cuidado y atención. Es cierto que el papa Juan Pablo II impulsó con vigor a escala internacional la pastoral castrense; no hay que olvidar de Karol Wojtyla fue hijo de un militar. Recordemos la misa “militar” que se celebró en Roma con motivo del año jubilar en noviembre de 2000, a la cual acudieron milicias de todo el mundo, entre ellas la FBI, la Legión Extranjera y la propia guardia suiza bajo el lema “Con Cristo, en defensa de la justicia y de la paz”. El tema tiene tal relevancia que Le Monde Diplomatique (junio 2007) tituló un artículo “El poder militar del Estado Vaticano”, resaltando la creciente influencia de éste entre policías y militares de más de 50 países.

A mediados de agosto del año pasado el cardenal Renato Raffaele Martino, presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz, en un curso para capellanes militares exaltó la pastoral castrense, porque  “el militar cristiano está llamado no sólo a prevenir, afrontar y poner punto final los conflictos, sino a contribuir a la reconciliación y la edificación de un orden basado en la verdad, la justicia, el amor y la libertad”. En América Latina los movimientos conservadores católicos han estado ligados históricamente a las fuerzas armadas desde el siglo XIX. A partir de 1920, la reacción antiliberal, antipositivista fue al mismo tiempo anticomunista militante; hay una fascinación franquista y hasta fascista en muchas ocasiones. Dicha intransigencia ultraconservadora lleva después de la década de los 50 a movimientos como Fiducia o Tradición, Familia y Propiedad (en Chile, Brasil, Argentina, etcétera) y se configuran grupos de jóvenes con ideales fascistas. Todos primos hermanos del Yunque mexicano.

Frente al progresismo católico de los años 60, las posturas se radicalizan y muchos grupos conservadores se imbricarán con grupos militares y paramilitares para enfrentar el avance comunista. Aquí están las semillas de la trágica “doctrina de seguridad nacional” que en el cono sur cobró magnitudes represivas insospechadas al instaurar regímenes militares autoritarios, en 1964-1985, que defendían a la sociedad “occidental y cristiana” de la amenaza externa. Dichas dictaduras fueron apoyadas por importantes núcleos de las jerarquías católicas y en los casos de Argentina y Chile existen aún hondos resentimientos y heridas abiertas hacia ciertos obispos y capellanes castrenses que están lejos de cicatrizar. Hubo una corriente en el episcopado latinoamericano que pugnaba por un mayor acercamiento “pastoral” hacia las elites militares represoras que encabezó el extinto cardenal Alfonso López Trujillo, justo cuando se apoderó del aparato del Celam en 1972, y que tuvo el apoyo del cardenal Javier Lozano Barragán, hoy en Roma, quien llegó a formular síntesis teológicas en torno a la pastoral de los centuriones militares en el poder. En dicho proceso tortuoso, la represión también alcanzó a las iglesias latinoamericanas y con un importante viraje muchos obispos, fieles e instituciones católicos se centraron en la defensa, promoción y evangelización de los derechos humanos. Más que una pastoral de narcos y otra de militares, la Iglesia católica en México debe solidarizarse proféticamente con la defensa de los derechos humanos integrales, con la justicia y con la legalidad. Atención: la historia tiene lecciones y hay que aprenderlas.

La Jornada

Relaciones diplomáticas entre México y la Santa Sede

diciembre 23, 2008

Relaciones diplomáticas entre México y la Santa Sede

Bernardo Barranco V.

A más 15 años de distancia podemos constatar cambios importantes en los vínculos entre México y el Vaticano. Las transformaciones y nuevas circunstancias en ambos son notorios, más en el caso de nuestro país, que transita a jaloneos en la búsqueda de una convivencia social más democrática; el viejo presidencialismo y el sistema corporativo de partido único han obsolescido, dada la alternancia en el poder. Sin embargo, aún no está claro el camino y predomina la incertidumbre.

Mientras el Vaticano cuenta con un nuevo pontífice que guarda consonancia y continuidad con el largo pontificado de Juan Pablo II, los cambios de Benedicto XVI se notan más en la forma que en las grandes líneas programáticas de su antecesor.

Cuando el 21 de septiembre de 1992 la Secretaría de Relaciones Exteriores anunció el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre México y el Vaticano, se cerró un farragoso capítulo en la historia del país. Quedaban atrás disputas y alejamientos con la Santa Sede que se remontaban al siglo XIX. Era el México dominado por el salinismo que quería mostrar al mundo, en vísperas del Tratado de Libre Comercio, una supuesta madurez de una nación que quería ser plural y tolerante.

Salinas de Gortari no imaginó la utilidad política de este acto, pues tan sólo un año después el confuso asesinato del cardenal Posadas contó con la paciencia y benevolencia de Roma ante este primer magnicidio que cimbró las estructuras políticas de México. Posteriormente, durante el levantamiento zapatista de 1994, el gobierno mexicano contó con el apoyo de importantes sectores del Vaticano para acotar y presionar contra el protagonismo que adquirió en ese entonces el obispo de San Cristóbal de las Casas, Samuel Ruiz. El gran operador del Vaticano fue el todopoderoso nuncio Girolamo Prigione, hombre de Iglesia que formaba parte de la elite salinista y prominente salinista en el interior de la Iglesia.

Bajo el papado de Juan Pablo II, el Vaticano ganó  de manera ascendente y progresiva mayor influencia  en la escena internacional, alcanzando niveles insospechados, dado el vigoroso activismo y carisma del pontífice. Karol Wojtyla se convirtió en un actor político itinerante de gran peso que facilitó a la Iglesia católica ganar terreno paulatinamente en la escena internacional, así como creciente influencia, que ha venido utilizando para: a) asegurar que la institución pueda seguir desarrollando su misión evangelizadora (portadora de un código ético cristiano y de un ideal histórico), y b) robustecer las condiciones materiales, económicas, jurídicas y políticas de las estructuras sociales y políticas locales (particularmente frente a los estados) que faciliten esta misión.

Después de la caída del Muro de Berlín, las críticas católicas se centraron en la dictadura del mercado y en la sociedad relativista en materia de valores, cuyo epicentro se ubica en Estados Unidos; por ello México fue un país prioritario para el Vaticano. La primera frontera católica de América del Norte fue visitada nada menos que cinco veces por el pontífice y desde aquí se presentó en 1999 la exhortación apostólica Ecclesia in America, documento preparatorio del gran jubileo de 2000 y considerado, según muchos, testamento del Papa para la región.

A  la distancia en el tiempo, las condiciones no nada más han cambiado, sino que requieren innovación tanto de percepción como en la práctica de los actores. El fenómeno más importante de la sociedad moderna mexicana es la secularización. Este proceso lo hemos venido registrando desde este espacio como  complejo y mal haríamos en simplificarlo. México y Brasil son grandes países católicos, pero ¿por cuánto tiempo?

La secularización no es sólo la pérdida de creencias religiosas ni la aparición de nuevos valores profanos o racionalistas; tampoco es sólo la pérdida de centralidad de las instituciones religiosas. El principal rasgo de la secularización en la sociedad mexicana radica en que la religión mayoritaria, el catolicismo,   está dejando de ser el factor envolvente y central que otorga sentidos y legitimidades a la cultura. El catolicismo se está convirtiendo en un importante elemento que, entre otros, permite que la sociedad se desarrolle e integre con mayor pluralidad y tolerancia no sólo en el campo religioso, sino en la cultura.

En efecto, el factor religioso mexicano se viene fragmentando a través de distintas y competitivas ofertas religiosas en un “mercado de creencias” más diversificado y exigente; esta pluralización religiosa que experimenta nuestra realidad se integra a un proceso que posibilita la aparición de modalidades religiosas como “fe a la carta”, new age, nuevos movimientos religiosos de carácter pentecostal y el ascenso de poderosas religiosidades populares como la Santa Muerte.

En corcondancia con los planteamientos del actual Papa sobre el papel de la Iglesia como “tutelar” de los valores morales de la nación, en la visita ad limina de septiembre y octubre de 2005 Joseph Ratzinger llamó a los prelados a ser un factor coadyuvante de la transición y consolidación democrática de México; afirmó que la Iglesia tenía un papel central para contribuir a enfrentar el narcotráfico, la pobreza, las migraciones y, sobre todo, la corrupción de altos funcionarios públicos.

La fórmula elegida por los obispos, desde su encuentro con el pontífice, es arreciar su postura sobre la relación entre la ética y el quehacer político. Los debates en torno a la píldora, el aborto, la homosexualidad, la familia y la eutanasia, por mencionar algunos, son temas que se convierten en materia de disputa política.

Más que ser un factor de coadyuvancia con la democracia, algunos obispos, como el cardenal Norberto Rivera Carrera, han puesto a prueba la propia transición, pues en el debate de hace algunos meses sobre la despenalización del aborto en la ciudad de México no argumentó, ya no digamos de manera sofisticada, como le gustaría al papa Ratzinger, sino ni siquiera con relativa profundidad, y en su lugar abrió las culpabilizaciones, amenazas y acusaciones.

Finalmente se tiene la impresión de que existe una disfuncionalidad entre las grandes líneas de interés del Vaticano y la capacidad real de los actores religiosos más visibles de la Iglesia mexicana. Los acentos de la relación se han trasladado en este lapso de lo político al campo de los valores y la moral, que en el fondo es una representación del orden social deseado.