Archive for 29 abril 2010

Políticos, una amenaza para la laicidad

abril 29, 2010
Políticos, una amenaza para la laicidad
Bernardo Barranco V.

El pragmatismo de la clase política mexicana es un factor de riesgo real para la consolidación no sólo de la laicidad del Estado, sino para el desarrollo de la propia democracia en el país. Esta sentencia no pudo desarrollarse, por falta de tiempo, con la amplitud requerida en el seminario Estado Laico y Libertad de Creencias, convocado por la agrupación Ciudadanos en Defensa del Estado Laico en colaboración con la UNAM.

Somos de la idea de que la principal amenaza para el Estado laico, hoy, no es solamente la jerarquía católica, sino principalmente la clase política, cuya lógica de un supuesto realismo político se mueve más por los posicionamientos, alianzas y preocupaciones ante los resultados de los comicios electorales en turno. No se trata de defender los purismos ideológicos, pero cada vez resulta más evidente que el pragmatismo tiene un peso mayor en los cálculos, mediciones de efectividad, sentido práctico que las viejas coordenadas de axiomas, dogmas e ideologías que marcaban los rumbos del quehacer político; esta lógica de construcción va más allá de la corriente político-filosófica que se desarrolla en Estados Unidos en el siglo XIX. Prima por encima de un proyecto de nación la lógica de la codicia del poder de grupos, como sentenciaba Maquiavelo. Este pragmatismo político pone en peligro tradiciones y largas trayectorias de los propios actores. Le propongo recordar casos recientes para ilustrar los atrevimientos a los que se puede llegar.

La primera perla la encontramos en el gobierno panista de Jalisco: el gobernador Emilio González Márquez, tan generoso como piadoso con el erario, se propuso financiar la magna obra del cardenal Juan Sandoval Íñiguez, el llamado Santuario de los Mártires. Uno de los donativos ascendía a 90 millones de pesos, anuncio que causó la movilización e indignación de cientos de organizaciones de la sociedad que consideraron esto un atropello a la equidad no sólo a las otras iglesias, sino a las minorías sociales. Cerca de 6 mil demandas, escándalo mediático y nula capacidad de movilización católica en Guadalajara llevaron a dar marcha atrás a la iniciativa, que sin duda fue un atentado al Estado laico. Es clara la afinidad del yunquismo cristero entre el cardenal y el gobernador.

El siguiente caso es más complejo y oscuro. El año pasado, de manera discreta, casi sigilosa y sin discusión mínima de las reformas los congresos locales impusieron severas sanciones contra aquellas mujeres que por diversas razones deciden interrumpir su embarazo, aun cuando sea producto de una violación. Sumaron 17 los estados con un formato clonado y previamente pactado entre las dirigencias de PRI, PAN y sectores de la jerarquía católica. El protagonismo que asumió el tricolor tuvo un severo costo político, pues los reproches se hicieron sentir entre las propias corrientes del partido que fue acusado de traicionar los orígenes laicistas del Institucional y aliarse con los sectores de ultraderecha católica. El mayor costo político fue para su dirigente nacional Beatriz Paredes, de quien por ser mujer, presumirse liberal y feminista se podría esperar todo, menos su ambigüedad y pasividad política para que contemplara impávida que sus legisladores revirtieran una ardua reivindicación de las mujeres en más de la mitad de las entidades federativas del país. Los grupos feministas no tardaron en recriminar y denegar su concordancia a la experimentada política tlaxcalteca.

Del mismo partido y con un proyecto de alto calibre, encontramos a Enrique Peña Nieto, quien parece dispuesto a todo con tal de posicionarse mediáticamente con miras a alcanzar la candidatura de su partido a la Presidencia. En ciertos momentos, disfrazado de panista, no tiene reparos, incluso está dispuesto a sacrificar raíces políticas e identidades ideológicas; desdibujar, pues, la tradición liberal del PRI. Su visita al papa Benedicto XVI a Roma, episodio de mal gusto para anunciar su boda, en medio de una cobertura mediática desproporcionada, fue todo un escándalo. Este caso ha abierto la puerta, política y simbólica,  para que de nueva cuenta la jerarquía católica gravite en la escena política del país. El gobernador mexiquense parece desempolvar las viejas tesis salinistas sobre el papel político de la Iglesia y asignarle un papel de aliada estratégica a aquellos sectores politizados del clero, como su buen amigo Onésimo Cepeda.

No podemos cerrar estos casos sin mencionar la propuesta del senador perredista Pablo Gómez: eliminar el inciso e del artículo 130 de la Constitución mexicana, presentada el 25 de febrero último, tendiente a otorgar mayores libertades políticas a los ministros de culto, iniciativa que ha causado fuertes cuestionamientos en el interior del PRD y suspicacias en sectores de la Iglesia católica. La propuesta de un viejo y legendario comunista de la izquierda mexicana ha sido calificada de anticlimática desde el punto de vista del actual debate político y perspectiva histórica.

¿Es religiosa la clase política mexicana? ¿Se está convirtiendo o es más conservadora de lo que pretende aparentar? En todo caso, parece tener un diagnóstico equivocado tanto del peso electoral de los obispos como de su gravitación política en las comunidades capaz de incidir en la orientación y en las preferencias subyacentes en los fieles-electores. Probablemente ante el notorio alejamiento de la ciudadanía, la clase política refleja que la debilidad de los partidos y de las instituciones es tal que busca formas alternativas de legitimidad. Es posible que la atmósfera del bicentenario haya desatado una nostalgia por los tiempos coloniales en que la legitimidad política no es otorgada por el pueblo ni mucho menos por medio del voto, sino de Dios. Aquí pareciera que el pragmatismo de los políticos mexicanos se vueve mágico y hasta místico.

La Jornada, miércoles 28 de abril de 2010

El pontificado trágico de Benedicto XVI

abril 19, 2010
El pontificado trágico de Benedicto XVI
Bernardo Barranco V.

El quinto aniversario del actual pontificado se presenta en el peor momento. La credibilidad de la Iglesia está contaminada por los numerosos escándalos de abusos sexuales a menores y por el silencio sistémico que durante décadas mantuvo la Iglesia regida por el Vaticano, que ahora enfrenta sus propias contradicciones. La crisis tiene tal magnitud que dejará huellas permanentes en la historia de este pontificado como un momento de parte-aguas. El Papa ha ido de crisis en crisis, o como Marco Politi define el pontificado de Benedicto XVI, en un estado de crisis permanente, ahora tiene la disyuntiva de tomar medidas contundentes, como aconseja el manual de control de daños, o seguir una gradual y desgastante ruta de maquillajes; volver a la antigua línea o asumir una política de transparencia y de limpieza espiritual.

Hace cinco años, Joseph Ratzinger era un candidato de continuidad y, por su edad, de transición. Mismo modelo, mayor rigor, pero sin el carisma de Juan Pablo II. Benedicto XVI no es un Papa de multitudes ni tampoco se ha sentido cómodo ante los reflectores. Él quería llenas las Iglesias no los estadios, sin embargo, no ha logrado ni una ni otra.

A la caída del muro de Berlín la Iglesia de Juan Pablo II abandona la actitud anticomunista y a partir de la encíclica Centecimus Annus, 1991, enfoca sus baterías críticas contra la hedonista y consumista dictadura del mercado. En ese mismo carril, Ratzinger, en los funerales de su predecesor, le declara la guerra a la dictadura del relativismo y a la Ilustración. Benedicto endurece sus implacables críticas a las prácticas consumistas, erotizadas, de una sociedad que quiere ir sin Dios y sin los valores acreditados por la cultura cristiana. Qué paradoja más dramática, cinco años más tarde, reconocer que los supuestos valores de la sociedad relativista están incrustados hasta de manera patológica en la propia Iglesia.

La mayoría de los balances de estos cinco años resaltan los errores del propio pontífice, quien ha contribuido con sus posicionamientos a encumbrar polémicas colaterales. El discurso de Ratisbona que desata la ira del mundo musulmán, abrir las puertas a ultraconservadores lefebvristas; la contrarreforma de la liturgia y el regreso de la misa en latín; la ambivalencia con la que el Papa ha tratado a la comunidad judía; sus desconcertantes declaraciones sobre el condón durante una gira en África; el deplorable caso Boffo, y, por supuesto, la injusta apreciación del pontífice sobre la evangelización del mundo indígena que expresó en Brasil en 2007. En contraparte, hay que agradecer sus sólidas encíclicas, especialmente la Deus Caritas est, 2005 en la que aborda precisamente el tema del amor y del erotismo.

Sus críticos más cercanos geográficamente reprochan que el Papa no tenga una buena gestión de los asuntos de la Santa Sede, pasa demasiado tiempo con sus expedientes, como buen alemán, con sus libros y su música. Que no ha constituido un equipo sólido y eficiente de colaboradores, y los vaticanistas cortesanos insisten en cuestionar el pobre desempeño de la sala de prensa vaticana, encabezada por Federico Lombardi.

Sin embargo, sería un error distraer nuestro balance al no establecer el paulatino alejamiento a la centralidad del Concilio Vaticano II, que ha llevado a Benedicto XVI a acercarse aún más a los sectores ultraconservadores de la Iglesia. Ha sujetado el impulso del catolicismo post-conciliar, manteniendo la preminencia en Roma y sometiendo así la apuesta por la inculturación de la teología cristiana en el mundo no europeo.

Este punto es especialmente grave, coincido con el teólogo Hans Kung, quien en su carta abierta declara: Una y otra vez, este Papa relativiza los textos conciliares y los interpreta de forma retrógrada contra el espíritu de los padres del concilio. Incluso se sitúa expresamente contra el concilio ecuménico, que según el derecho canónico representa la autoridad suprema de la Iglesia católica. Benedicto XVI no quiere saltos hermenéuticos, sino reformas graduales desde la tradición de la Iglesia, que van más allá del propio Concilio.

En este lustro, Benedicto XVI ha dejado claro que es un pontífice eurocéntrico, una de sus mayores preocupaciones es la descristianización de Europa y el agotamiento de las vocaciones sacerdotales en el viejo continente. El Papa tampoco realizó la deseada reforma de la curia, sí hubo cambios en los diferentes conductores tanto de las congregaciones como de los dicasterios; además de personas conocidas que gozan de la confianza del pontífice, la nomenclatura vaticana está envejecida, pues el promedio de edad rebasa los 72 años.

Existe la imperiosa necesidad de repensar la estructura, ahora tan vertical y autocrática de la Iglesia, y encontrar nuevos equilibrios para alcanzar una organización más flexible que incorpore claramente dos nociones conciliares: la colegialidad y el policentrismo que abordó el sínodo de 1986; establecer medidas que garanticen que Roma no se aleje tanto de la realidad pastoral, especialmente de la periferia.

En estos cinco años, muchas de las presiones del Papa no provienen sólo del exterior de la Iglesia. El Papa ha estado tensionado por los sectores conservadores que pugnan por un rol más político de la Iglesia, y por los progresistas, muy disminuidos en su incidencia, que piden convocar a un nuevo concilio que ponga claridad y genere consenso en torno al diálogo con la cultura contemporánea.

Cómo sostener un discurso universal y absoluto válido para todos los contextos con un aparato de gestión débil y demasiado pesado para operar en un mundo globalizado de muchas culturas y aceleración de los medios de comunicación. Sexualidad, género, celibato y, sobre todo, el tema de los ministerios, que pasan por una severa crisis.

Benedicto XVI tendrá que ir a fondo y con valentía para superar la actual depresión que vive la Iglesia. La crisis del Papa es la misma de la cultura actual. El descrédito de la Iglesia se asemeja a la tragedia griega con componentes sagrados, mitos y la caída de grandes personajes. Sin embargo, Ratzinger tiene aún la oportunidad, pese a todo, de salir fortalecido.

La Jornada, lunes 19 de abril de 2010

La mutación de los grupos conservadores

abril 16, 2010

La mutación de los grupos conservadores

Bernardo Barranco V.

Las imágenes reinantes de la ultraderecha deben ser revisadas. Pensamos todavía en extremistas o fundamentalistas coléricos, en organizaciones semisecretas, herméticas y con extravagantes  rituales que generalmente añoran reinstaurar la tradición, los viejos valores católicos y marchan a contracorriente de las sociedades modernas. Los modelos serían el Yunque y Provida, en concreto el paradigmático Jorge Serrano representaría el típico actor de la ultraderecha mexicana. Son caricaturas falsas. Los grupos conservadores  en México y en América Latina, ha evolucionado ya no se trata de los viejos grupos anticomunistas, ultrareligiosos y los defensores de los clichés de la patria, el orden  y la propiedad. Por el contrario, nos encontramos con grupos incrustados en las estructuras de la democracia, utilizando lenguajes de los derechos humanos y los instrumentos más sofisticados del mercado y de la globalización. Un de las paradojas más provocadoras de los nuevos grupos conservadores es que hasta se sienten y pueden aparecer “progresistas” en torno a la reelaboración  discursiva sobre la defensa de la vida, la pobreza, la familia  y la política. Hay que aceptar que la derecha se ha modernizado nos plantea Roger Bartra, recuerda que si algo irrita a los políticos que viven bajo viejas coordenadas ideológicas, es que se esté constituyendo una derecha moderna y que haya impulsado la transición democrática en México. Sin embargo añade ataduras constitutivas de la identidad de la derecha en nuestro país: “Cuando hablo de los lastres en la derecha en México me refiero al nudo formado por tres cuerdas tradicionales: la tradición católica integrista, las tradiciones vinculadas a la exaltación de la identidad nacional y el sector tradicional de la economía” (Gobierno, derecha moderna y democracia en México. Herder 2009, p13).  Sin estas ataduras la derecha dejaría de existir, la modernidad misma se encargaría de disolver la noción de derecha.

El doctor Jaris Mujica, un joven académico peruano influenciado por el pensamiento de Foucault, sostiene que  existe una “deshermeneutización” en la derecha católica en el continente. Ya no son grupos cerrados ni recalcitrantes, ahora utilizan el discurso de la democracia moderna, escalan puestos y cargos en las políticas públicas, se posicionan en agrupaciones de la sociedad civil, Ongs, en asociaciones de asistencia social, de filantropía y en los medios. La secularización y la globalización en términos de la cultura han tocado las puertas de los nuevos grupos conservadores. El discurso social y político se ha reconstruido por ello, la distinción ahora es más sutil para diferenciar las derechas. Sin embargo,  la esencia se mantiene aunque las imposturas modernizantes son  nuevas apariencias para ganar espacios, legitimidad y hasta palusibilidad.

Es cierto que no todos los grupos de conservadores son católicos ni todos los católicos son conservadores. Sin embargo, la referencia de este binomio en México es inseparable. La tentación teocrática de los nuevos grupos conservadores subsiste bajo posturas y formulaciones distintas que reafirma la cercanía entre el Estado y la Iglesia, defienden la familia monogámica heterosexual con precepto reproductivo único, por tanto están contra los matrimonios de personas del mismo sexo, contra los diferentes métodos anticonceptivos, enfrentan la despenalización del aborto y rechazan la educación sexual en las escuelas al grado de distorsionar textos de la SEP o de plano quemas sus libros. Estos grupos tienen vínculos y enlaces internacionales de apoyo a través de las estructuras vaticanas como el pontificio Consejo para la Familia; las redes internacionales de Provida, Sodalitium y de la Oficina para América Latina del Population Research Institute (PRI) con sede en Lima, Perú. Son dos grandes áreas de confrontación y lucha que presentan estos grupos. El primer frente es espacio de incidencia en políticas públicas. Las luchas se dan en los ámbitos jurídico políticos y un buen ejemplo de ello, son las repenalizaciones a las mujeres que aborten, obtenidas durante 2009 cambiando contenidos en las constituciones locales de 19 entidades del país. Ahí esta en riesgo el carácter laico del Estado. El segundo frente de confrontación se da en la cultura, en los medios y en las escuelas se pone en juego el sentido común de una sociedad y es un cruzada que se consuma en los terrenos de nuestra secularización. Los escándalos sobre pederastia del clero que salpican al propio pontífice, sin duda es una crisis que afectará el discurso y la fundamentación del conservadurismo católico.

La mutación y crecimiento  de la ultraderecha se convierte no solo en un desafío político sino también en un reto para el análisis académico y periodístico. Me parece que debe reconceptualizarse, principalmente en la academia, el estudio de los grupos conservadores en México donde la relación entre religión y política vuelve a estar en el centro del análisis.

Jueves 15 de abril, Milenio Estado de México

La Iglesia en pecado

abril 15, 2010
La Iglesia en pecado
Bernardo Barranco V.

El Papa sigue acosado por reclamaciones y acusaciones por encubrimientos a pedófilos no sólo por el enraizado y sistemático encubrimiento de la estructura eclesiástica en los casos presentados a la luz pública, sino acciones que directamente lo involucran. El tsunami parece no darle descanso: es golpeado una y otra vez con las armas del escándalo mediático provenientes de diversas latitudes del planeta. En esta Semana Santa, la oficina de prensa del Vaticano, en Roma, quedó impresionada por el arribo de cientos de cámaras, periodistas, equipos informativos de grandes cadenas y medios informativos estadunidenses y europeos pendientes de las especulaciones sobre una posible dimisión del pontífice. Difícilmente Ratzinger renunciará, a pesar de la bola de nieve. Pero se debe reconocer que este pontificado, como pocos, ha sido cimbrado al grado de propiciar conjeturas de que la pedofilia del clero es el “Watergate del Papa”.

En entrevista con L’Osservatore Romano, el ex secretario de Estado del Vaticano, actual decano del Colegio Cardenalicio, Angelo Sodano, comparó los ataques contra Benedicto XVI con los grandes terremotos por los que ha atravesado la Iglesia en la era moderna, dijo: “Primero se tuvieron las batallas del modernismo contra Pío X, después la ofensiva contra Pío XII por su comportamiento durante el último conflicto mundial, y finalmente contra Pablo VI por la encíclica Humanae vitae contra el aborto y los anticonceptivos”. A la lista somera de Sodano habría que añadir la misteriosa muerte bajo conjeturas de complot del papa Juan Pablo I, en 1978, e inmediatamente después los escandalosos movimientos financieros del banquero de Dios, monseñor Marcinkus, y los vergonzosos vínculos con el banco ambrosiano y la mafia italiana. Sin embargo, esta crisis es diferente porque es cultural; esta crisis es de escala planetaria, el litigio no es político ni es provocado por el choque de proyectos ideológicos; la crisis de pederastia muestra la disfuncionalidad e incoherencia de la institución frente a la cultura contemporánea; reflejándose en la actitud inquisitiva de los grandes medios de comunicación, donde este pontificado parece cosificado a una tradición petrificada y que va a contracorriente de la lógica del mundo.

La defensa mediática del Vaticano no sólo ha sido insuficiente, sino contraproducente. Falta contundencia, transparencia y relajamiento. El manejo de la crisis ha rebasado de lejos a Lombardi, quien carece de estrategia y argumentos sólidos. Basta citar al mismo vocero del Papa, quien ve en la secularización de los años 60 el origen de los abusos, o a Tarciso Bertone, secretario de Estado, que declara en Chile que la homosexualidad es la causa de la pedofilia en la Iglesia: ¿dónde estás, Joaquín Navarro Vals?

El encubrimiento sistémico, el mutismo institucional, la doble moral, la complicidad y la hipocresía han minado la credibilidad de la Iglesia y de sus pastores; así lo demuestran encuestas serias tanto en España como en Alemania, situando al conjunto de la estructura eclesial en una situación de pecado institucional. El discurso de la Iglesia se hace farisaico porque se traiciona a sí misma y echa por la borda el corpus de principios que pregona.

Frente a los agrietamientos comunicativos de Roma, a partir de la semana de Pascua la estratagema cambia, incorpora otras voces y personalidades que buscan apuntalar la imagen del Papa. Efectivamente, en torno al pontífice alemán han cerrado filas casi todos los episcopados en el mundo; mostrando solidaridad, palabras de aliento y el reconocimiento de que Benedicto XVI no es parte del problema, y que está decidido, como ningún otro actor religioso, a limpiar la casa eclesial de pederastas. Igualmente, altos miembros de la curia romana y vaticanistas plegados al pontífice advierten el peligro de la persecución al Papa, pues solamente se inhibirán las importantes acciones correctivas, que pronto pondrá en práctica

Estamos parcialmente de acuerdo con la sentencia del editorial Desde la fe, órgano de comunicación del cardenal Norberto Rivera, en el que todos los críticos de la Iglesia morirán y sus furiosas críticas y malévolos deseos quedarán en el olvido mientras la Iglesia permanecerá. En efecto, la Iglesia en sus largos dos mil años ha sobrevivido a cismas, reformas, cautiverios, ocupaciones, conspiraciones y ha mostrado una gran capacidad de adaptación a diferentes configuraciones civilizatorias. Sin embargo, el comentario además de soberbio, calificado así por el editorial de La Jornada, se abstrae de la historicidad de la propia Iglesia, de sus cambios y mutaciones. Una de las grandes lecciones de esta crisis es que la Iglesia no es ajena a los antivalores de la sociedad contemporánea a la que critica con vehemencia implacable. La iglesia no es una entidad blindada, encapsulada o aislada de la cultura; de hecho está atravesada por cada una de las grandes corrientes de la modernidad por tanto debe reconocerse, con humildad y hasta misericordia, como parte de esta complejidad. Recuerdo un texto lúcido del propio Ratziger cuando habla fuertemente de la doble condición de la Iglesia santa y ramera, en los siguientes términos: “Digámoslo una vez más, estos hombres son la Iglesia, que no puede separarse simplemente y sin más ni más de ellos… siendo así que ella vive en los hombres, aun cuando los trascienda por el misterio de la misericordia divina que ella les lleva. En este sentido, la santa Iglesia permanece en este mundo siendo Iglesia pecadora” (El nuevo pueblo de Dios, Ed. Herder 1972, pág. 285). No es solo una cuestión de nueva actitud ni de superación de hipocresías, mucho menos de soberbia que por cierto es uno de los siete pecados capitales, sino de capacidad de diálogo e interlocución sincera con la diversidad cultural contemporánea. Esta crisis planetaria sin precedentes ha cimbrado el atavismo y fariseísmo clerical que vive la Iglesia, sin embargo, puede sentar bases para una profunda reforma o revolución pastoral.

La Jornada, miércoles 14 de abril de 2010

“¿Pope? ¡Nope!”

abril 2, 2010

Jueves 1 de Abril 19:01 hrs.

“¿Pope? ¡Nope!”

Hugo Guzmán

Parece innegable que se vino “la avalancha” de la que habló el experto Bruno Bartoloni sobre la Iglesia Católica. Y al Vaticano le pasó lo peor que le podría ocurrir a cualquier institución milenaria: en todo el embrollo apareció involucrado y citado Joseph Ratzinger o Papa Benedicto XVI, al punto que le cayeron encima fuertes cuestionamientos y hasta exigencias de renuncia.

El caso de cientos de sacerdotes y jefes católicos investigados y procesados por pedofilia en contra de miles de niños y adolescentes tiene comprometida a la Iglesia Católica, al Vaticano y al Papa alemán Benedicto XVI. Es un hecho.

Para no ir a otra fuente que no sea la propia entidad católica, basta leer la entrevista que Monseñor Charles J. Scicluna, procurador de Justicia (para algunos Fiscal) de la Congregación para la Doctrina de la Fe, le dio al periódico L’Avvenire. El personero reconoció que entre 2001 y 2010 se analizaron tres mil casos de abuso sexual que habrían cometido prelados. Se trata de situaciones “concernientes a delitos cometidos en los últimos 50 años”. Scicluna desmenuzó la cifra: sesenta por ciento de los casos eran por efebofila, treinta por ciento por relaciones heterosexuales, diez por ciento por actos “de pedofilia verdadera y propia, esto es, determinados por la atracción sexual hacia niños impúberes”. Añadió que serían trescientos los curas pedófilos habidos en los últimos nueve años, detectados.

En un intento de relativizar el asunto, el Procurador precisó que las cifras “son siempre demasiadas, es indudable, pero hay que reconocer que el fenómeno no está tan difundido como se pretende”.

¿En qué situación están los sacerdotes o personeros de la Iglesia católica investigados por delitos sexuales? Según el funcionario de la Santa Sede, un treinta por ciento está sujeto a “proceso penal o administrativo”;  sesenta por ciento no tuvo proceso “sobre todo debido a la edad avanzada de los acusados”; en un diez por ciento de los casos hubo “decreto de dimisión del estado clerical” (dejaron de ser representantes de Dios) y otro diez por ciento “pidió dispensa de las obligaciones del sacerdocio”.

Lo cierto es que hay más de una decena de países donde se produjeron y descubrieron casos de pedofilia por parte de jerarcas y sacerdotes católicos, entre ellos Irlanda, Alemania, México, Suiza, Holanda, Chile, España, Austria, Estados Unidos, Brasil e Italia.

Y al Vaticano le pasó lo peor que le podría ocurrir a cualquier institución milenaria. En todo el embrollo apareció involucrado y citado Joseph Ratzinger o Papa Benedicto XVI. Al punto que le cayeron encima fuertes cuestionamientos y hasta exigencias de renuncia.

Ratzinger estuvo al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, desde donde combatió a la Teología de la Liberación, a los teólogos modernizadores, a rescatadores del legado original de Jesús y a los curas identificados con “la opción por los pobres”, manteniendo, en cambio, positivos vínculos con ultraconservadores de la Legión de Cristo, Opus Dei y seguidores de Marcel Lefebvre. A estas alturas, todo indica que desde esa posición adoptó la tesis del “sagrado silencio” y la “sagrada protección” para enfrentar los casos de curas pedófilos.

Se dice y se acusa, por ejemplo, que Joseph Ratzinger, cuando era Arzobispo de Münich (1980), protegió y dio cobijo al “Cura H” –Peter Hullerman- acusado de pedofilia en la localidad de Essen, Alemania. No le pasó nada. Más aún, el “Cura H” siguió con su actividad pastoral y surgieron nuevas denuncias de sus actos delictivos sexuales. El periódico The New York Times emitió un artículo donde se señaló que cuando Ratzinger era el encargado de la Congregación para la Doctrina de la Fe, encubrió o no sometió a proceso al sacerdote Lawrence Murphy, acusado de abusar sexualmente de unos 200 niños sordos de una escuela especial en Wisconsin, entre 1950 y 1974.

De acuerdo a la versión vaticana, cuando Ratzinger supo de aquello, Murphy ya estaba muy anciano para ser juzgado. La guinda del pastel fue la revelación de que el hermano del actual Papa, Georg Ratzinger, golpeaba y lanzaba sillas y objetos a los menores del Coro de Niños de Ratisbona, llegando a causar miedo y lesiones leves a los agredidos. No se sabe de abuso sexual. El medio Der Spiegel indicó que Georg “era extremadamente colérico e irascible”. Además, el Papa habría ocultado y “sumergido” varios casos de sacerdotes de su Iglesia abusadores de menores de edad.

Así las cosas, surgieron los cuestionamientos más serios y las exigencias de renuncia de Benedicto XVI, algo por cierto, contemplado en las leyes vaticanas.

En Reino Unido, el grupo “Protest the Pope”, pidió la dimisión del Papa porque “es culpable de haber permitido a muchos curas pederastas evadir la justicia”. Desde Irlanda, la cantante Sinead O’Connor envío una carta al diario Independent donde manifestó: “Exijo la renuncia del Papa debido a su despreciable silencio sobre el tema y sus actos de no cooperación con la investigación”. Añadió que “los Papas no tienen problema en manifestar sus opiniones cuando hemos querido anticoncepción o divorcio. Sin embargo, cuando se trata de las maldades cometidas por pedófilos vestidos de sacerdotes, guardan silencio. Es asqueroso, increíble, extraño e inaudito. Ahora representan nada más que la maldad”.
Peter Isely, director de la Red de Sobrevivientes de Abusos de Sacerdotes –el nombre de la agrupación ya es sentenciador- indicó que “el objetivo del Cardenal Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, era mantener esto en secreto…Debemos saber por qué él no nos dejó saber sobre él (Murphy) y por qué no dejó que la policía lo supiera y por qué no lo condenó y no le quitó el sacerdocio”. El sociólogo Fernando González, del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam) dijo que Joseph Ratzinger “bloqueó el caso” del pederasta Marcial Maciel, líder de la Legión de Cristo.

El sitio web Teólogo Actual indicó en un artículo que “para que se garantice un proceso imparcial respecto al ocultamiento (de abusos sexuales por parte de sacerdotes católicos), es indispensable que Joseph Ratzinger renuncie a su cargo como Papa. Esto también requiere dignidad frente a las innumerables víctimas. Por esto nuestra exhortación: ¡Papa Benedicto XVI, renuncie!”

En entrevista con la periodista Carmen Aristegui de MVS, México, el experto en temas religiosos y del Vaticano, Bernardo Barranco, habló, en este contexto, de un “encubrimiento sistémico” por parte de la Iglesia frente al tema de pedófilos y apuntó al Papa: “Ha tenido en sus manos los documentos. El encubrimiento toca al Papa”. Agregó que “falta un golpe de timón”, aunque vio difícil que se concrete una renuncia papal.

Y el articulista Peter Wensierski, del Der Spiegel, se preguntó: “¿Cuándo es el momento para que un Papa renuncie?” Para relevar a lo que ha estado expuesto el Sumo Pontífice, contó que Margaret Kässmann, que fue jefa de la Iglesia Protestante en Alemania, “renunció en febrero tras decidir que no tenía la necesaria autoridad moral para su cargo después de ser sorprendida manejando borracha”. ¿No es peor ser descubierto al menos en falta de iniciativa y celeridad en casos de pedófilos?

Parece innegable que se vino “la avalancha” de la que habló el experto Bruno Bartoloni. Los delitos sexuales cometidos por curas y jerarcas de la Iglesia Católica se instalaron como tema de Estado y como una realidad sistémica de la entidad milenaria. El virus de la pedofilia invadió al Vaticano y a sus seguidores. Renuncie o no, el Pope tiene mucho que decir y hacer. Parece inevitable, por encima de su infalibilidad.

Radio Universidad de Chile

Ven diferencias entre pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI

abril 2, 2010

Ven diferencias entre pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI

Notimex, publicado 13:01 h. 01-04-2010

Expertos en temas religiosos opinaron que hay diferencias contundentes entre los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, entre ellos que ahora existe una apertura y avance en reconocer actos criminales como los abusos sexuales cometidos por religiosos de la Iglesia Católica.

En entrevista con Notimex Roberto Blancarte Pimentel, académico del Colegio de México, y el sociólogo Bernardo Barranco Villafán destacaron que el pontificado de Juan Pablo II se distinguió por su manejo ante las masas y en los medios de comunicación.

El papa de origen polaco tenía un carisma y una actitud arrolladores sobre todo frente a las masas y medios de comunicación; si se compara con el estilo tímido y a veces frío de Benedicto XVI, hay una notoria desproporción, en la opinión de Barranco.

Blancarte indicó que el pontificado de Juan Pablo II se centró en los medios y en las masas, mientras que “Benedicto XVI no tiene el mismo estilo de gobierno y ha tratado de enfocarse en algo mucho más concentrado en la vida cristiana, en la doctrina, aun si las masas no necesariamente participan de ello”.

Respecto a las recientes denuncias por actos de pederastia cometidos por sacerdotes, Roberto Blancarte planteó que “otro cambio importante que Benedicto XVI ha intentado es comenzar a destapar todos los escándalos alrededor de abuso sexual a menores de edad dentro de la Iglesia”.

Benedicto XVI “ha tenido mucho más empeño de que salgan las cosas, que se comiencen a discutir, aunque ciertamente todavía faltan muchas medidas, muchos pasos para que resuelvan los problemas sobre todo institucional”, planteó.

Añadió que lo más importante ahora es esclarecer esos hechos lamentables y hacer justicia para castigar al culpable, así como para reivindicar a la institución eclesiástica, lo que dependerá mucho de los pasos que se den y que se vaya más allá del castigo individual, además de buscar las provisiones estructurales que permitieron esos abusos.

“Es decir, las condiciones de la institución que hicieron posibles los crímenes. Es muy importante que la Iglesia Católica reivindique su imagen, porque en buena medida basa su autoridad en su credibilidad moral”, enfatizó Blancarte Pimentel.

Sobre este tema Bernardo Barranco Villafán, también escritor y filósofo, recordó que las denuncias no son nuevas, pero afirmó que estos hechos criminales han sido encubiertos por muchos años, y que en el caso de Juan Pablo II se tienen testimonios de que ordenó no continuar las investigaciones.

“Hay testimonios que exponen que el papa Juan Pablo II quiso evitar escándalos, y hay dos casos comprobados en los años 90; uno de ellos es el testimonio directo del cardenal de Viena, Christoph Schoenborn, quien reveló que Juan Pablo II frenó la investigación sobre abuso de menores en Austria”, expuso.

Barranco Villafán dijo que también están los casos cometidos por Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y recordó que en 1997 se publicó el testimonio del fallecido obispo Carlos Talavera, quien reveló que la denuncia contra ese sacerdote la tenía el entonces cardenal Joseph Ratzinger.

El prelado alemán argumentó qué no se podría abrir el caso de Maciel porque hizo mucho bien a la Iglesia y era una persona muy querida por el papa Juan Pablo II, cuyo quinto aniversario luctuoso será recordado este viernes 2 de abril, refirió Barranco Villafán.

“Es una actitud de la estructura eclesiástica que va más allá de Benedicto XVI y del propio Juan Pablo II. Tenemos que ser muy claros al decir que la Iglesia Católica hasta hace unos cuantos años tenía una actitud de protección” ante los abusos sexuales, indicó.

En este punto el experto reconoció el gran avance que se ha dado con la carta de Benedicto XVI a los obispos irlandeses, pues representa el fin de esta etapa oscura en la Iglesia.

Barranco consideró que la Iglesia Católica debe tener más sensibilidad con las víctimas y que tiene la oportunidad de sacudirse fuertemente esta vieja actitud de protección hacia la delincuencia religiosa para poder reivindicarse.

Añadió que el papa Benedicto XVI ha dado un pequeño paso para que la Iglesia logre reivindicarse frente a una sociedad agraviada, una cultura que se siente sumamente molesta porque el discurso de los últimos pontífices ha sido ofensivo frente a la cultura moderna.

“Esta crisis, este tsunami de denuncias sobre el clero católico pone en evidencia que la Iglesia no está fuera de la modernidad y, por lo tanto, para juzgar al conjunto de la sociedad tiene que tener sobre todo mayor humildad, sensibilidad y caridad cristiana, saberse también pecadora en este mundo de antivalores”, concluyó.

A cinco años de la muerte de Juan Pablo II

abril 1, 2010

A cinco años de la muerte de Juan Pablo II

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Bernardo Barranco

El invierno se prolongó de tal suerte que esa noche del dos de abril de 2005, era muy fría. Poco antes de las diez, Karol Wojtyla fallece a los 84 años después de largas y penosas enfermedades que aquejaban a uno de los personajes que marcaron y simbolizaron el fin del siglo XX.

Su agonía y funerales fueron tan mediáticos como todo su pontificado.

Juan Pablo II es sin duda el pontífice más popular de la Iglesia en los tiempos modernos gracias a su indudable carisma y capacidad de comunicarse tanto en los medios electrónicos como ante las masas.

Juan Pablo II pasa a la historia como un pontífice de contrastes. Es difícil de clasificar como para reducirlo a un sólo adjetivo. Fue un Papa de múltiples facetas, incluso contradictorias. Utilizó, por ejemplo, las técnicas más modernas de comunicación para reafirmar posiciones tradicionalistas y hasta rigoristas sobre el plan ético.

Un Papa defensor de los derechos humanos en el plano social que no ocultó sus reservas a las reivindicaciones feministas. Un Papa intelectual en sus encíclicas utilizando un lenguaje complejo e inaccesible, para las grandes mayorías, se presenta ante las masas del tercer mundo como un líder populista.

En los inicios de su pontificado se le cataloga como el “atleta de Dios” por su vigor y salud, termina sus últimos días marcado por las enfermedades y la ancianidad; a diferencia de otros líderes que pierden imán con la edad, Juan Pablo II fue ganando un aire patriarcal marcado por el sufrimiento extremo que fortalecía su fe.

Karol Wojtyla revolucionó el estilo de ser Papa, llevó su pontificado al encuentro con los diferentes pueblos del mundo; en más de cien viajes oficiales pronunció 2 mil 412 discursos, se encontró con más de 700 jefes de Estado y recorrió según datos oficiales mil163,865 kilómetros.

Wojtyla fue un Papa incansable, dinámico, activista de un mundo globalizado; sin embargo, e independientemente de sus cuestionables posturas conservadoras, era al mismo tiempo un hombre profundamente creyente. Juan Pablo II sabía trasmitir una sólida espiritualidad y convicciones religiosas a prueba de crisis.

Para calificados observadores como la socióloga francesa Daniel Hervieu-Léger, Juan Pablo II es un Papa socialmente intransigente cuyo mesianismo antimarxista polaco era animado por un voluntarismo militante cuyo fin era restaurar la catolicidad sacudida y debilitada por las tempestades modernas.

En cambio para el italiano Giuseppe Alberigo, historiador de la escuela de Bolonia, el rol de la Iglesia bajo Juan Pablo II, está inspirado en el ideal pre-conciliar de la cristiandad, es decir el proyecto histórico de apoyo recíproco entre la Iglesia y los poderes de un Estado afable a los valores católicos.

Otros como Carlos de Sa Rego, ex director del periódico francés Liberation, describe un Papa milenarista cuya preocupación escatológica es fundamental y le lleva a concebir a la Iglesia como una sociedad perfecta, como una instancia tutelar del naufragio de los valores éticos en las sociedades modernas, línea que sin duda ha continuado el actual pontífice Benedicto XVI.

Hay dos aspectos centrales que marcan el largo pontificado de Juan Pablo II. Actor en la caída del socialismo real y protagonista del actual viraje conservador del catolicismo contemporáneo.

Efectivamente, Juan Pablo II, convierte a la Santa Sede en un actor político internacional vigoroso y gravitante, al grado que fue un detonante catalizador del derrumbe del socialismo, “Ningún acontecimiento político habría ocurrido en Europa del Este – ha afirmado reiteradamente Mijail Gorvachov – sin la actividad política de este Papa”.

Hizo alianzas, según analistas, con Ronald Reagan, apoyó al Sindicato Solidarność de Lech Walesa de Polonia y propició el derrumbe en casacada del comunismo europeo.

Sin embargo, a partir de 1991, con la encíclica Centésimus annus, el Papa le declara la guerra al capitalismo salvaje de libre mercado y a la cultura relativista tan cuestionada por su sucesor Ratzinger.

Por otro lado, Juan Pablo II disciplina la Iglesia después de la explosión de pluralidad emanada del concilio. Marca la agenda de los debates intraeclesiales de su tiempo. Se asume como intelectual absoluto y doctrinario de la Iglesia con sus viajes, numerosas intervenciones, 11 constituciones apostólicas, 14 encíclicas, 14 exhortaciones apostólicas y 28 textos de motu proprio.

Las recepciones de su magisterio son diferentes en cada continente así como las polémicas. En Europa las divergencias se concentran en el plano civilizatorio, la ausencia y presencia de un catolicismo a la baja en una sociedad secularizada.

En Estados Unidos la disputa se da en el terreno de los valores en torno al aborto, control natal, divorcio, sexualidad, celibato, etc. Se le reprocha el intento de la Iglesia católica de imponer sus opciones morales en el ámbito civil. En América Latina en cambio los ejes de tensión giraron en torno a lo político: Teología de la Liberación.

A cinco años de su muerte su estampa sigue presente en la catolicidad al grado que su sombra opaca la figura tímida y frágil del actual Benedicto XVI, particularmente en los debates sobre la pederastia.

Milenio Estado de México, jueves 01 de abril 2010

Los sufrimientos de Benedicto XVI

abril 1, 2010
Los sufrimientos de Benedicto XVI
Bernardo Barranco V.

Desde hace más de un año hemos venido advirtiendo, en nuestras colaboraciones,  un creciente deterioro en la conducción pontifical y hemos narrado críticos episodios sucesivos que han venido erosionando la potestad del Papa.

La gestión de Benedicto XVI, justo a cinco años de su asunción, atraviesa su peor momento, uno de los más delicados jamás vividos en la historia moderna del Vaticano. El aluvión de duras acusaciones parece no cesar. El aumento de las denuncias por violencia sexual se ha convertido en un tsunami mediático que pone en cuestión todo el andamiaje y discurso crítico de la Iglesia sobre los valores y prácticas de la sociedad contemporánea, especialmente los sexuales.

Algunas argumentaciones defensivas sobre las agresiones sexuales del clero que tratan de minimizar el daño causado desde el punto de vista cuantitativo y comparativo, sin duda muestran una estrategia errónea que ha provocado mayor indignación, especialmente entre las víctimas. También se ha recurrido al desgastado argumento del complot y las conspiraciones internacionales de judíos neoyorquinos y de masones washingtonianos, que resultan poco convincentes como explicaciones centrales para entender la extensión y alcance mundial de las altas traiciones  causadas por depredadores sexuales del clero.

Igualmente, ha provocado indignación la patológica protección sistemática que la estructura eclesiástica ofreció a su clero transgresor hasta tan sólo unos años atrás. Sobre todo esa desesperante actitud a minimizar, acallar, silenciar y amedrentar a las víctimas. Las recriminaciones han llegado a tocar la puerta del propio pontífice.

Los documentos publicados por el New York Times muestran que la Congregación para la Doctrina de la Fe, el poderoso dicasterio que Ratzinger dirigió antes de ser electo Papa, no reaccionó en 1996 con la rapidez ni con la fuerza que ameritaba para iniciar un juicio eclesiástico contra un sacerdote flagrantemente delictivo.

En nuestro medio, por los testimonios directos de Alberto Athié y del fallecido monseñor Carlos Talavera sabemos que desde los años 90 del siglo pasado Joseph Ratzinger contuvo la denuncia contra el fundador de los legionarios de Cristo, argumentando que “lamentablemente el caso de Marcial Maciel no se puede abrir –dijo luego de leer la carta de Athié–, porque es una persona muy querida del papa Juan Pablo II y además ha hecho mucho bien a la Iglesia. Lo lamento, no es posible” (La Jornada, 9/10/97).

A Benedicto XVI le imputan también en su etapa de obispo, y posteriormente como cardenal, haber conocido denuncias de abusos y haber hecho muy poco; sin embargo, en su defensa, el cardenal de Austria, Christoph Schöenborn, declaró a la BBC que fue el propio Juan Pablo II quien frenó una investigación de Ratzinger en los años 90, para evitar escándalos en los casos de abuso de menores dentro de la Iglesia católica y que ponían en evidencia al entonces cardenal de Viena, Hans Hermann Groer. Como sea, sin duda alguna una persona con la trayectoria y cargos ocupados por Ratzinger, lo sitúan con indiscutibles cuotas de responsabilidad; independientemente del conocimiento y rango de autoridad que haya tenido, no queda exento de la cadena siniestra de procedimientos encubridores con que la Iglesia ha manejado estos casos.

Las denuncias contra Benedicto XVI sacuden fuertemente su pontificado porque llegan en un momento de fragilidad particular y después de haber redactado un posicionamiento fuerte y crítico, aunque insuficiente, sobre el tema en el caso de Irlanda. La pregunta se condensa dramáticamente en la siguiente: ¿Siendo parte del problema, Ratzinger podrá ser la solución del mismo? Contra quienes piensan que los adversarios están afuera y son los que manipulan los grandes medios de comunicación, me parece que los enemigos más peligrosos de Benedicto XVI están adentro, en la propia Iglesia.

En estos cinco años, Benedicto XVI ha abierto varios frentes de confrontación y ha recibido fuertes presiones de los sectores fundamentalistas del Vaticano para apurar movimientos que sigan relativizando los alcances obtenidos en el Concilio Vaticano II y seguir alentando las acciones y asociaciones de agrupaciones católicas ultraconservadoras.

No obstante, en el perdón a los lefebvrianos debió enfrentar la oposición y malestar de poderosos episcopados, como el alemán, el austriaco y el francés. El caso Boffo, el distanciamiento del pontífice tras las locas aventuras sexuales del primer ministro italiano, evidenció un preocupante distanciamiento de la Secretaría de Estado con influyentes sectores de obispos italianos, encabezados por el cardenal Ruini, quienes afines al proyecto político conservador de Silvio Berlusconi, han tensado su relación con el pontífice alemán.

Hace un año, el 10 de marzo de 2009, en una inusitada carta dirigida a los obispos de la Iglesia sobre la remisión de la excomunión de obispos lefebvrianos, que desató posturas encontradas y una crisis interna, Benedicto XVI reconoció que la Iglesia vive tiempos turbulentos donde los cristianos “muerden y se devoran (…) Se desencadenó así una avalancha de protestas, cuya amargura mostraba heridas que se remontaban más allá de este momento”.

Víctor Messori, uno de los especialistas consentidos del Vaticano, señala que frente a la pederastia el  dedo acusador de Benedicto XVI no apunta hacia afuera de la Iglesia, sino sólo hacia sus hijos que la han traicionado, lo que lleva a molestias y pone como ejemplo el caso de los legionarios, sentenciando al final resentimientos: Tanto es así que entre los legionarios hay quienes sospechan que el papa Ratzinger está mal aconsejado, o incluso que forma parte de un complot contra la poderosa congregación.

Pareciera que el Papa podría estar en el centro de luchas palaciegas, vendettas y guerras de posicionamiento, como si el pacto intraeclesial que lo llevó al trono se haya fracturado o se esté restructurando. Benedicto XVI ha señalado que se va a mantener, a pesar de las habladurías e intrigas que rodean al Vaticano; sin embargo, la pregunta es: ¿cuánta presión podrá seguir soportando la Iglesia?

La Jornada, miércoles 31 de marzo de 2010