Los secretos de la ultraderecha católica

Noviembre 25, 2009 por bernardobarranco

Los secretos de la ultraderecha católica

Bernardo Barranco V.

 

El Yunque es una sociedad semisecreta que nace en México a mediados de los años cincuenta en plena guerra fría, alentada por religiosos poblanos, persigue la finalidad de  “instaurar el reino de Cristo en la tierra”. Traducido al leguaje llano,  el objetivo del Yunque es incidir en el poder público para instaurar en México un Estado católico. Actualmente detenta importantes niveles de poder e influencia política, económica y religiosa a través principalmente del PAN. Así lo refiere Luis Paredes (alias Enrique Cid) en el libro que acaba de aparecer en los estantes de las principales librerías, titulado “Los secretos del Yunque, historia de una conspiración contra el Estado mexicano”, de la editorial Grijalbo. Digámoslo claro, el texto no aporta datos nuevos ni revelaciones espectaculares a las investigaciones sobre el tema,  realizadas por Álvaro Delgado y Edgar Gonzáles Ruiz. Sin embargo, el valor del texto es que es un valioso testimonio de un arrepentido militante yunquista, activo desde 1968,  que se atreve afirmar que la organización ha sufrido mutaciones y desviaciones que la coloca por sus métodos de coacción como una asociación de carácter delictivo. El autor revela que el PAN ha tenido tres presidentes surgidos de la organización: Luis Felipe Bravo Mena, Manuel Espino y el actual César Nava. En el poder destacan actualmente, tres gobernadores yunquista en los estados de Guanajuato, Jalisco y Morelos. De ellos, descuella despunta el “gober piadoso” Emilio González quien apoya fervorosamente con recursos públicos la construcción de un megamonumento cristero. Altos funcionarios públicos han surgido de las filas de esta organización católica como Carlos Abascal, Luis Pazos, José Luis Luege Tamargo, Alberto Cárdenas,  Cecilia Romero, Ana Teresa Aranda. Y muchos más nombres,  entre los que destacan sus verdaderos dirigentes Bernardo Ardavín (Coparmex) y Guillermo Arzac (movimiento blanco).

 

La ultraderecha católica mexicana, busca instaurar un orden social cristiano. Es heredera de lo que el sociólogo francés, Emile Poulat, denominó el catolicismo social intransigente, cuyas raíces se remontan al rechazo de los valores y sistemas sociales construidos por la modernidad que se sustentan en la racionalidad y en la noción de progreso e individuo. Esta ultraderecha católica es depositaria del radical pensamiento cristero, rabiosamente anticomunista, antiliberal masónico y antijudío. La versión más contundente  de este  antimodernismo católico es personificada por el Papa Pío IX en su famoso Sylabus de 1864. Ya Guillermo Arzac, en su clásico libro: “La democracia en México”,  alertaba con preocupación la reactivación de estos grupos en 1961,  que además de exaltar campañas anticomunistas, “cristianismo sí comunismo no”, manifestaban preocupación por la “ profanación de las costumbres”  Esa misma matriz intransigente ha llevado a la violencia no solo a grupos de derecha sino a católicos de izquierda. La ultraderecha católica mexicana fue  ingeniosamente caricaturizada por el periodista Manuel Buendía, a la que llamó la “Santa Mafia”.

 

En los secretos del Yunque, Luis Paredes, describe las negociaciones y alianzas con prominenetes políticos priistas que van desde el presidente  José López Portillo, Mario Marín hasta Manuel Bartlet; igualmente se develan redes de acción y complicidad con organizaciones afines,  destacan las históricas como MURO, GUIA, FUA: Así como  las actuales: Pro Vida, Desarrollo Humano Integral y Acción Ciudadana (DHIAC), la Asociación Nacional Cívica Femenina (Ancifem), la Unión Nacional de Padres de Familia, Caballeros de Malta, entre otros. Y estrechos contactos con los Legionarios de Cristo y Opus Dei. Del libro se desprende claramente, la lucha por el poder interno. El permanente sabotaje yunquero sobre Felipe Calderón tendiente a debilitarlo y coparlo

 

En una sociedad mexicana cada vez más abierta y sensible a la globalización de los mercados; una sociedad más  plural, diversa y multicultural la propuesta yunquista es no solo anacrónica sino peligrosa porque trata de imponer una sociedad teocrática de pensamiento único que como algunas repúblicas islámicas, reinan el autoritarismo, la intolerancia y el totalitarismo. ¡Qué Dios nos proteja del Yunque!.

Milenio Estado de México, Jueves 26 de noviembre de 2009

El riesgo de la desecularización de la política mexicana

Noviembre 25, 2009 por bernardobarranco
El riesgo de la desecularización de  la política mexicana

Bernardo Barranco VDe manera discreta, casi sigilosa, los congresos locales han impuesto severas sanciones contra aquellas mujeres que por diversas razones deciden interrumpir su embarazo, aun cuando sea producto de una violación; hoy suman 17 estados de la República mexicana que han extremado medidas punitivas contra el aborto.

La estrategia ha tenido tres actores centrales: la jerarquía católica y las dirigencias nacionales del PAN y del PRI. Las entidades donde se ha repenalizado la interrupción del embarazo son: Yucatán, Sonora, San Luis Potosí, Puebla, Oaxaca, Nayarit, Morelos, Jalisco, Guanajuato, Durango, Colima, Chihuahua, Campeche, Querétaro, Quintana Roo, Baja California y, recientemente, Veracruz. Precisamente, en esta entidad, José Eduardo Ortiz González, coordinador de la Asociación Ministerial Evangélica de Veracruz, con humor involuntario expresó que la decisión de los diputados locales estuvo inspirada por Dios, quien tomó el control del Congreso en defensa de la vida. Como si Dios fuera líder de las bandas parlamentarias.

Resulta inverosímil el entusiasmo protagónico que ha asumido el PRI no sólo renunciando a su tradición fundadora laicista (¡si el anticlerical Plutarco Elias Calles lo viera!), sino que abraza banderas y reivindicaciones de la más rancia ultraderecha católica. No existen argumentos razonables que expliquen la postura priísta. Nada menos que María de las Heras intenta responder en sus encuestas: Yo en lo personal, como casi 80 por ciento de los electores, no puedo creerles que lo hagan por cuestiones éticas o ideológicas, pero tampoco le encuentro la lógica electoral por ningún lado (El País, 23/11/2009).

Efectivamente, su sondeo arroja duras críticas a la postura del Revolucionario Institucional y en especial a su presidenta Beatriz Paredes, de quien, comenta, por ser mujer y presumirse liberal se podría esperar todo, menos que contemplara impávida lo que los legisladores de su partido han hecho en más de la mitad de las entidades federativas.

Hay un extraño y confuso juego de poder que, según diferentes analistas, estaría comprometiendo el proceso electoral de 2012, o al menos la postura de la Iglesia de cara a la sucesión presidencial.

En un régimen de libertades laicas, el Estado no puede impedir que una Iglesia haga valer sus principios y visiones en el conjunto de la sociedad. Ninguna sociedad que se precie de democrática puede impedir que una jerarquía religiosa ejerza su derecho a realizar lobby y cabildeos para posicionar su doctrina religiosa sobre la vida y principios con los que debe conducirse la sociedad.

Desde esta perspectiva, la jerarquía católica hace su trabajo, claramente mandatado desde Roma. Lo que un Estado laico no puede permitir es que funcionarios y legisladores antepongan su posición religiosa personal en detrimento de posturas incluso minoritarias. No pueden imponer principios religiosos al conjunto social diverso y heterogéneo.

La laicidad es un principio histórico de separación entre el Estado y las iglesias, que establece jurídicamente no sólo la clara diferenciación de poderes consagrada en el artículo 130 de la Constitución, sino que determina que el Estado no necesita de la legitimidad religiosa ni divina para ejercer su soberanía como tampoco las iglesias necesitan del apoyo gubernamental para desplegar su misión.

El Estado laico debe garantizar su principio histórico de mantenerse al margen de las creencias y convicciones religiosas, no actuar contra las creencias, sino situarse más allá de toda religión como una forma de coexistencia civilizada que se sustenta en la tolerancia. En México hasta mediados del siglo XIX se vivió en una sociedad en la cual el catolicismo era autoridad tanto civil como religiosa, una especie de república católica que fue quebrantada políticamente por movimientos liberales. Dicho proceso llevó a sangrientas confrontaciones fratricidas y a desarrollar gradualmente un proceso de secularización de nuestra cultura.

Tiene razón Roberto Blancarte al sentenciar reiteradamente en sus recientes artículos de opinión que hay una contrarreforma o acto de traición a los principios laicistas y liberales de la Constitución mexicana por parte de los legisladores. También cabe la anotación de Jorge Fernández Menéndez, quien se pregunta: Quizá somos una sociedad mucho más conservadora de lo que presumimos; probablemente se trata de que cada vez más los poderes fácticos tienen mayor poder real; tal vez es una confirmación de que los partidos y sus dirigentes no se sustentan en plataformas, sino en intereses coyunturales (Excélsior, 20/11/09).

El comportamiento de las legislaturas estatales refleja una profunda crisis de la clase política mexicana. El deterioro de su imagen, autoridad moral y liderazgo es cada vez más patente, sólo habría que ver su comportamiento en el reciente episodio en torno al presupuesto 2010 para constatar descrédito y falta de legitimidad social. Por tanto, no es extraño que se refugie en la poderosa Iglesia para encontrar, como los reyes de la Edad Media, la legitimidad divina.

Esta coyuntura nos ha mostrado socialmente que la jerarquía tiene más poder y capacidad de gestión política de lo que muchos analistas suponíamos. La jerarquía católica ha mostrado, como dice Carlos Monsiváis, músculo; la ultraderecha yunquista ha demostrado poder de cabildeo no sólo ante el aborto, sino en otras cuestiones torales como el veto a Emilio Álvarez Icaza para la presidencia de la CNDH; y la izquierda laica no nada más ha brillado por su ausencia, sino por su incapacidad de salir de sus antagonismos endogámicos. Efectivamente, la mayor penalización a la interrupción del embarazo no deseado va más allá de una revancha política o religiosa, sitúa muy bien al país que somos y la verdadera estatura de la clase política.

Los obispos, violencia y futurismo político

Noviembre 12, 2009 por bernardobarranco
Los obispos, violencia y futurismo político
Bernardo Barranco V.

Esta semana, los obispos reunidos en Cuautitlán analizan la inseguridad y la violencia generalizada en el país que ha llegado a afectar las mismas estructuras religiosas con secuestros, asesinatos, amenazas, extorsiones a sacerdotes y religiosos, y hasta el saqueo de templos. Los obispos mexicanos tienen una magnífica oportunidad de hacerse eco del reclamo popular que raya en el hartazgo y el desaliento.

Estas cuestiones ya han sido abordadas por el obispado en la pasada asamblea. El jesuita Alexander Zatyrka advirtió ahí que la cultura de la violencia expresa la crisis de la cultura y de sus instituciones; así, la misión de la Iglesia católica no sólo consiste en auxiliar a las instituciones, sino en rescatar la cultura y sumar el fundamento religioso para fortalecer los medios de convivencia social.

Durante esta asamblea, recordemos, se desató un hecho insólito: el arzobispo de Durango, Héctor González Martínez, reveló el paradero de El Chapo Guzmán –uno de los jefes del narcotráfico más buscados en México y líder del cártel de Sinaloa–, el cual reside, dijo, cerca de la ciudad de Guanaceví, 300 kilómetros al noroeste de la capital de Durango. El pronunciamiento evidenció la incompetencia y complicidad de las autoridades, y la declaración se convirtió en escándalo público que duró semanas.

En esta 88 asamblea plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), los prelados tienen una circunstancia única para expresar una profunda reflexión ética y valiente en torno a la lacerante situación de violencia e inseguridad. No se trata de romper lanzas contra el gobierno, sino que los prelados hagan suya la angustia ciudadana, que sufre día a día una profunda descomposición en la convivencia social. Se espera un documento claro y directo; cualquier matiz o intento de hacer un documento políticamente correcto, sosegará lo que el ámbito religioso denomina fuerza profética.

Otra gran cuestión de la 88 asamblea es la renovación de más de 70 cargos en la CEM para el trienio 2009-2012, entre los que destaca la presidencia del organismo, encabezada actualmente por Carlos Aguiar Retes.

Analistas aseguran que el nuevo presidente será de tendencia priísta para asegurar un buen acomodo en la probable contra alternacia en la que el PRI regresará a Los Pinos. Aún falta mucho para ello; sin embargo, un movimiento futurista y brusco puede resultar contraproducente con el actual gobierno de Felipe Calderón. Siguiendo esta hipótesis, el episcopado tendría tiempo de colocar a un actor que fuera un puente eficaz entre Iglesia y la posible nueva cúpula gobernante. La lógica se inclina por la continuidad de Aguiar Retes no sólo por tradición –generalmente es relegido al concluir el primer trienio–, sino porque ha desarrollado una presidencia con saldo favorable. A pesar de un inicio incierto, pues se le identificó con la democracia cristiana de Manuel Espino, y de haber perdido la discusión ante la clase política en torno a la libertad religiosa y establecer una segunda generación de reformas constitucionales en materia religiosa, supo reponerse en el tema del aborto, pues logró que 16 legislaturas locales, conforme a un eficaz cabildeo con PAN, PRI y sectores de la izquierda provinciana, introdujeron fórmulas en las constituciones locales que impiden y hasta penalizan a mujeres que practican el aborto. La estrategia fue discreta y altamente eficaz, se alejó de las estridencias de Pro Vida y de los chantajes mediáticos del cardenal Norberto Rivera. Por ello creemos muy probable su relección.

La prensa ha destacado la figura de Emilio Berlié, de Mérida, y del cardenal de Monterrey, José Francisco Robles Ortega, como enlaces a la transición priísta. Efectivamente, Berlié pertenece a la generación de los Golden Boys del entonces poderoso nuncio Prigione, y sabemos de su inclinación y fascinación por el viejo sistema. Berlié es heredero de esta corriente; su relación con Ivonne Ortega es muy cercana, al grado de que rehusó comentar el penoso asunto de las camionetas obsequiadas a diputados federales. No obstante, derivado de su paso por Tijuana, pesa sobre él la nebulosa relación con el narco, cuyo epicentro fue el asesinato del cardenal Posadas en 1993, y fue su antecesor en Tijuana.

Si los obispos piensan que Peña Nieto –uno de los pocos invitados a esta asamblea– será el próximo presidente de este país, el candidato idóneo a presidir la CEM sería el cardenal José Francisco Robles Ortega, quien pasó más de 11 años en la entidad mexiquense como obispo y conoce a fondo los usos y costumbres del priísmo del estado de México. Al frente de la arquidiócesis de Monterrey se ha distinguido por su amistad fraterna con los Legionarios de Cristo y por desmantelar el trabajo de la pastoral social, comprometida con los derechos humanos, que había estructurado su antecesor, el cardenal Adolfo Suárez Rivera.

Suenan también los nombres de Rogelio Cabrera López y de Víctor Sánchez Espinoza, arzobispos de Tuxtla Gutiérrez y de Puebla, respectivamente; ambos tienen larga trayectoria en instancias de la CEM y en los ámbitos latinoamericanos a través del Celam. Uno y otro significarían la continuidad en el trabajo realizado por Aguiar. Los tres se inscriben en una tradición de obispos que conducen la CEM y que se remonta a los años 70, bajo las presidencias de Ernesto Corripio, Adolfo Suárez Rivera y Sergio Obeso. Obispos moderados que de manera discreta y sobria han conducido al conjunto del episcopado frente a los embates autoritarios que de repente se han desatado desde Roma con nuncios excesivamente intervencionistas, como Prigione y Sandri. También han sabido atemperar el desmesurado protagonismo de Onésimo Cepeda, del cardenal Rivera y su vocero, el desatado Hugo Valdemar, quien habla en nombre de toda la Iglesia. Ser presidente de la CEM es un ejercicio de contrapesos casi medievales.

La Jornada, miércoles 11 de noviembre de 2009

 

Por una CNDH autónoma y revigorizada

Octubre 15, 2009 por bernardobarranco

Por una CNDH autónoma y revigorizada

Bernardo Barranco V.

Emilio Álvarez Icaza aspira con toda legitimidad a presidir la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH). Su trayectoria, conocimientos y temple avalan que en este momento sea el mejor postulante, dicho con todo respeto a los demás aspirantes. No puedo disimular mi satisfacción por su valiente de-sempeño al frente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF), la consolidó como órgano autónomo y confiable, moderno y eficaz, una instancia ciudadana al margen de los intereses de los partidarios. Conozco a Emilio desde hace muchos años, gracias a Raquel Pastor, su esposa, con quien trabajé varias investigaciones sobre la Iglesia mexicana. Igualmente conocí a su padre, José Álvarez Icaza, quien es toda una leyenda en la historia del catolicismo contemporáneo en México; observador en el Concilio Vaticano II, encabezó entre los laicos de nuestro país posturas progresistas y comprometidas con la justicia social; finalmente, don José fue un desilusionado amigo personal de Karol Wojtyla antes de que se convirtiera en Papa. Independientemente de afectos y simpatías, creo que la postulación de Emilio fortalecerá el carácter ciudadano del cargo porque sabrá tomar distancia, sin cerrarse al diálogo, con los intereses y caprichos de la clase política. Siguiendo la reflexión del politólogo italiano de la escuela de Bolonia, Roberto Esposito, quien escribió Las categorías de lo impolítico, podemos inferir que más que apolítico o antipolítico la responsabilidad del ombudsman es desplegar una postura y ejercicio institucional desde otro lugar o terreno diferente donde se desenvuelven los actores políticos tradicionales. Emilio es apoyado por las más serias organizaciones de la sociedad civil en el tema de los derechos humanos. El pasado viernes 9 de octubre registró su candidatura acompañado de figuras emblemáticas de la democracia mexicana como José Woldenberg, Denise Dresser, Clara Jusidman, entre otros. Woldenberg, ex presidente del Instituto Federal Electoral, fue muy enfático al declarar por qué apoyaba la candidatura de Álvarez Icaza: “primero, porque no es un improvisado; segundo, porque trabajó muy dignamente al frente de la CDHDF; tercero, porque hizo valer la autonomía de la institución, piedra fundamental en la comisión, y con su designación se subrayaría esta intención; y cuarto, por la pasión con la que Emilio ha llevado a cabo su misión”. Sin embargo, el proceso está lleno de obstáculos. El primero es que existe una lamentable tendencia regresiva de los partidos políticos que han impuesto a los órganos autónomos, integrantes a modo. Se ha venido constatando cómo en los diferentes institutos electorales, tribunales y en el propio instituto de transparencia se imponen los intereses partidarios. Es decir, mediante acuerdos pactan con la lógica del contrapeso el nombramiento de consejeros y magistrados que se convierten en actores de consigna predecibles. Esto vulnera el sentido autónomo e independencia con que originalmente se diseñaron dichos órganos y, por tanto, la credibilidad institucional se pone en riesgo. La Jornada ha venido informando sobre supuestos acuerdos cupulares entre senadores priístas y panistas para elegir al sucesor de José Luis Soberanes. Por su parte, la senadora Rosario Ibarra de Piedra denunció “tener información bien confirmada” sobre un acuerdo entre el coordinador priísta, Manlio Fabio Beltrones, y el bloque de senadores panistas para que se elija al ex visitador Mauricio Farah titular de la CNDH, a cambio de la ratificación del procurador general de la República, Manlio Fabio Beltrones, ocurrida hace dos semanas. (La Jornada, 8/10/09). Igualmente, ha brotado el nombre de Javier Moctezuma Barragán como parte de acuerdos que priorizan los intereses de grupos y de corto plazo, más que el desempeño estratégico de salvaguardar los derechos humanos en un momento crítico del país. El segundo obstáculo es que observo con preocupación cómo los sectores más conservadores de la Iglesia católica se han venido manifestando y presionando contra la candidatura de Emilio. Invocan los datos “duros” otorgados por una organización membrete llamada Comisión Mexicana de Derechos Humanos, AC, que constata la “pobreza” operativa de la comisión que presidió Álvarez Icaza. José J. Castellanos, inquieto activista de la ultraderecha católica, escribió en un artículo: “La CDHDF fue un organismo de bajo perfil y alta complicidad con el Gobierno del Distrito Federal por razones políticas y complicidad ideológica. El comisionado fue electo a modo, aunque para justificar su actuación tuviera que aparecer de vez en cuando y no siempre con firmeza y energía, para atender casos mediáticos donde resultaba imposible guardar silencio” (www.comunicadorescatolicos.org.mx/content/view/277/1/). La realidad es falseada ahí, ya que en el fondo la ultraderecha católica no perdona las posturas más bien laicas que contra el aborto asumió Emilio Álvarez Icaza en 2007. No obstante, hay que recordar que Emilio proviene de una familia de abolengo católico, que numerosas personalidades que lo apoyan son católicas, así como numerosísimas organizaciones sociales como varias Cáritas de diferentes estados del país, órgano eclesiástico presente también en el plano diocesano encargado del desarrollo y la caridad. Los ciudadanos debemos estar atentos a las decisiones trascendentes de los conductores políticos, tanto en el fondo como en los procedimientos. El Senado tiene una prueba importante, ya que va a concertar las miradas y la atención del país, únicamente espero que esté a la altura de las exigencias que México vive actualmente. El proceso –sin retórica– tiene que dar la cara a la nación y solamente espero que no salgan con chambonadas que sólo ellos entienden.

La Jornada, 14 de octubre de 2009

Freud: sexualidad, religión y poder

Octubre 6, 2009 por bernardobarranco

Freud: sexualidad, religión y poder.

Bernardo Barranco

A los 83 años, Sigmund Freud, el llamado padre del psicoanálisis, falleció en la noche del 23 de septiembre de 1939.  Muy a pesar de discípulos críticos, a setenta años de su muerte su legado sigue vigente porque revoluciona el conocimiento sobre el comportamiento humano,  descubriendo inconcientes y zonas oscuras de la psiquis de las personas. Habiendo conocido y sobre todo escuchando a muchos políticos mexiquenses, el tema me resulta francamente ineludible. Freud nace en Viena,  históricamente en un espacio y en un momento de creación científica, de racionalismo materialista y cultural enorme. Sin duda, Freud es uno de los representantes de las grandes revoluciones de principios XIX, que cambian la visión del hombre y del mundo. El psicoanálisis no nació aislado. Sus mayores aportes, según expertos en la materia,  son la hipótesis del inconsciente, la teoría de la libido, la crítica severa a las religiones monoteístas y la valoración de la sexualidad infantil. Sus investigaciones permiten nuevas formulaciones sobre el funcionamiento de la mente. La primera vez que Freud utilizó el término psicoanálisis, que lo haría célebre, fue en un artículo publicado en 1896 en la revista especializada “Revue Neurologique”. Freud tenía el método, inspirado en la escuela neurológica del doctor Charcot de París y decidió aplicarlo en medio de controversias y descalificaciones de muchos colegas de su tiempo.  Sexo e infancia eran dos palabras que jamás se unían  en la moral victoriana. Freud descubre que la sexualidad no empieza en la pubertad sino en la infancia. Por ello, el llamado complejo de Edipo es un marcado afecto hacia la madre que se contrapone a los deseos de destruir al rival: el padre. Freud lo había comprobado en sí mismo, no solo es la rivalidad sexual  contra del padre sino frente al orden establecido que representa la figura y autoridad masculina del padre; varón todo poderoso en el siglo XIX.

En 1907, Freud ofreció su primera aportación sobre la cuestión religiosa, considerando el factor “culpa”, como el detonante en la conducta neurótica del individuo, así como la relación entre los ceremoniales obsesivos. Ambos – aseguraba Freud – se originan a su vez en deseos reprimidos en el inconsciente, de los que uno y otro (el neurótico, el político y  el hombre religioso) se defienden mediante el ceremonial. Los políticos, los ministros religiosos en nombre de la religión y del orden social establecido realizan aquellos actos que la religión y la política justamente los prohíben. Doble moral y la ambivalencia  presente en las prácticas religiosas, conducen a una célebre formulación freudiana: “La neurosis obsesiva debe ser considerada como una religión así como a la religión una neurosis colectiva”. La religión para Freud descansa en la culpa, el parricidio como fuente del pecado original, es un fenómeno psicológico que se le conoce con el nombre de “ilusión” como un conjunto de deseos reprimidos de una colectividad. Son varios escritos sobre el tema que desarrolla nuestro autor, destaca “Moisés y la religión monoteísta” donde se atreve a dudar sobre el origen hebreo de Moisés.

En el ampo de la política y del poder, no es tan fácil ubicar claros aportes que van más allá de constatar los elementos de irracionalidad extrema que opera en muchos sujetos y actores políticos del poder. El espacio de la política en  lo que se refiere al psicoanálisis tampoco es fácil de esquematizar. En las formas del ejercicio del poder como dominación y opresión. En las distintas modalidades del sometimiento de clases, razas, de sexos, el poder no puede estar solo refrendado en el orden jurídico pero el orden jurídico funciona preservando de hecho las desigualdades existentes.  La psicología como la ciencia política, aunque no sólo ellas, son todavía campos de batalla donde combaten ejércitos rivales de interpretaciones, ideologías, teorías y  academias. Freud introduce una especie de teoría política a partir de su texto “Psicología de las masas y análisis del yo”. En dicho texto Freud hace ver el poder ordenador y apaciguador del amor, el amor entendido como el “significante Amo” que permite unir y cohesionar  una colectividad. Las fuerzas armadas y la Iglesia son un buen ejemplo de ello. Pero a pesar de la cohesión amorosa de la humanidad por el poder, resta siempre un malestar. El malestar que persiste en la cultura, testimonia el fracaso del amor para resolver el empuje del hombre a satisfacerse con el mal. De aquí que preguntarse sobre adónde vaya el goce en el orden social sea también, para el psicoanálisis, una cuestión política. Sin duda a los setenta años de su muerte, Freud es un referente obligado en nuestra cultura contemporánea.

Fanáticos radicalizan actos por la extrema violencia que vive México: especialistas

Octubre 1, 2009 por bernardobarranco
Fanáticos radicalizan actos por la extrema violencia que vive México: especialistas
Mariana Viayra Ramírez | Nacional
La Crónica de hoy Lunes 21 de Sep., 2009 | Hora de creación: 02:40| Ultima modificación: 02:40

religioso. El boliviano que con Biblia en mano secuestró un avión de Aeroméxico.Foto: Marco Rosales

México no está inmune al fanatismo fundamentalista ni al fanatismo que mata en nombre de Dios, ambos son alimentados por la extrema violencia que vive el país, afirmó el sociólogo y experto en religiones Bernardo Barranco Villafán.

Los dos últimos episodios que se han vivido (el pastor boliviano que con Biblia en mano secuestró un avión de Aeroméxico que volaba de Cancún hacia la ciudad de México; y el asesino del metro Balderas, que con un revólver calibre .38 especial pidió a los pasajeros que rezaran, pues eso lo hacía en nombre de Dios —matar a dos personas—) son reflejo de la extrema violencia que vive el país, apuntó Barranco Villafán.

El especialista en el tema hizo un análisis de los dos casos, y apuntó que esas expresiones tienen un origen religioso, porque invocan a Dios, pero también son un reflejo de lo que es la sociedad mexicana, que está en medio de una atmosfera cada vez más violenta, sangrienta y cruenta, donde “lo peor de todo es que se banaliza la violencia y la sangre”.

“Efectivamente, en el nombre de Dios muchas de estas personas radicalizan su discurso porque la atmósfera social los empuja (…) sostengo esa tesis de que esas expresiones son producto de la extrema situación de violencia que vivimos, y por lo tanto responden con la misma intensidad con la que están viviendo, sufriendo o padeciendo, en la atmósfera que el conjunto del país está viviendo”, aseveró.

Enfatizó que en estos momentos, “ni la sociedad ni las iglesias ni las religiones están inmunes a esto, entonces estas personas (los fanáticos religiosos) cada vez se contaminan más por esa atmosfera de glorificación de la violencia y de la sangre (…) expresan lo que somos como sociedad en este momento”.

Barranco Villafán explicó que ambos casos son diferentes, pero preocupantes porque demuestran en menor y mayor grado que “están siendo seducidos por la cultura de la violencia”.

En entrevista, alertó que pueden surgir casos similares porque la violencia es cada vez mayor: en las escuelas, en las familias, en las calles, en donde se vive una militarización, una guerra contra el narco; “los dos casos son signos muy preocupantes que nos tienen que decir cosas importantes a rectificar”.
FANÁTICOS. El vicepresidente del Centro de Estudios de las Religiones en México (Cerem) explicó que el fanatismo en el sentido literal se refleja en aquellos que creen de manera ciega que la verdad divina, la verdad revelada, es absoluta sobre todas las otras verdades.

Detalló que el fanático es aquel que sigue de manera ciega la palabra de Dios, y existen dos tipos de fanatismo: el fundamentalista, que sigue las leyes y reglas de los libros sagrados como el Corán o la Biblia, “ese es un fanatismo de revelación”.

Y el otro tipo de fanatismo es el que está encuadrado en la utilización de la violencia en el nombre del Señor, “los soldados de Dios (…) éstos no sólo quieren llamar la atención, sino castigar a la sociedad con acciones violentas y no quieren dialogar”.

El estudioso de las religiones ejemplificó que el pastor boliviano José Mar Flores Pereira, que secuestró un avión para manifestar su “revelación divina”,  es un fanático fundamentalista porque se enmarca en la no-violencia, en el exhibicionismo, “él sí quería dialogar”.

En cambio, los hechos ocurridos en el metro Balderas, donde Luis Felipe Hernández Castillo asesinó a dos personas “en nombre de Dios”, es un fanatismo violento, “ellos pierden el sentido de la realidad y entran al terreno de lo fantasioso, pero a través de la violencia (…) quieren hacer daño, hay algo más que fanatismo, transgreden las leyes y el orden social”.

Refirió que “somos una sociedad que en los últimos 10 años se ha vuelto más violenta, es decir, la violencia no sólo es la lucha contra el narco o la guerra entre las mismas bandas, sino el temor en el que vive la sociedad y la violencia que a través de los medios permea en las familias”.

El sociólogo llamó a estar atentos, pues actualmente crecen las sectas y hay tantas modalidades en un país tan violento como en el que se vive, que “valdría hacer esa reflexión”.

Ejemplificó que cultos como el de la Santa Muerte tienden a endurecer su postura, o cultos narco-satánicos.

Sin embargo, el experto recordó que la Santa Muerte no es producto del fanatismo ni es un culto siniestro, sino una deidad que forma parte de la realidad de miles de mexicanos que están al margen de las leyes y que viven una situación de inseguridad, por ello construyen deidades como la también llamada “Niña Blanca”

La Crónica de Hoy

Fanáticos religiosos, reflejo de patología social

Octubre 1, 2009 por bernardobarranco
Fanáticos religiosos, reflejo de patología social
Bernardo Barranco V.

Los dos últimos incidentes que se han vivido –el pastor boliviano que con Biblia en mano intentó el secuestro de un avión de Aereoméxico que se dirigía al Distrito Federal y el asesino del metro Balderas, quien con un revólver de grueso calibre pidió a los pasajeros que rezaran, pues él actuaba en nombre de Dios, acto que desencadenó el asesinato de dos personas– requieren un análisis que vaya más allá de un supuesto acontecimiento accidental provocado por individuos peligrosos con ciertos trastornos sicológicos y rasgos de inequívoco fanatismo religioso.

Muchos reporteros preguntaban sobre el incremento de las sectas destructivas y movimientos religiosos radicales al grado de usar la violencia en nombre de Dios. Explicaciones simplistas son hasta reconfortantes: se trata de casos aislados, de tipos disfuncionales, medio locos y extremistas religiosos. Nada más tonificante, se trata de tipos disfuncionales. Me temo que no hay respuestas socialmente terapéuticas, por lo menos, al mejor estilo de Jorge Erdely, cuando era escuchado por los medios en busca de la nota espectacular y reveladora.

La reflexión sobre estos hechos vía el fanatismo religioso resulta insuficiente y hasta superficial; por el contrario, son un reflejo de lo que es actualmente la sociedad mexicana, caracterizada por un clima cada vez más violento, sangriento y cruento. Los casos muestran tan sólo la punta de un iceberg, de algo que está pasando en las profundidades de la sociedad; dicho de otra manera: la disfuncionalidad no viene del supuesto fundamentalismo religioso de los sujetos, sino de las patologías sociales que vive nuestro país.

México transita por senderos cada vez más peligrosos. Sometido a muchos años de violencia, inseguridad y estructuras desbordadas, nuestro país carece de liderazgos institucionales, experimenta espontá-neos estallidos sociales, con una clase política insensible y rebasada. Como sociedad hemos venido banalizando la crueldad de la transgresión del orden público no sólo por el crimen organizado, sino por los propios actores políticos. La crisis económica ha agudizado todo este clima de incertidumbre y se ha creado una atmósfera que, como una avalancha de pesimismo, ha venido incidiendo en la población, no sólo en la manera de entender la vida, es decir, en el sentido común de lo cotidiano, sino en el estado de ánimo individual y colectivo.

¿Clima semiapocalíptico o de pesimismo extremo?, tal visión contrasta solamente con el optimismo voluntarioso del presidente Calderón que intenta aliviarnos de esta sensación de desmoronamiento. Carecemos de referencias históricas para entender lo que actualmente vivimos.

A su llegada a México, después de una larga estadía en el extranjero, Roger Bartra comparte sus impresiones sobre lo que percibe en nuestro país de la siguiente manera: “Sí se percibe una gran tensión social, una gran inquietud, un gran desencanto, una desesperanza, pero me parece que lo que está ocurriendo, más que un estallido social, es una implosión social, que es peligrosa, maligna, malsana, pero no genera las condiciones de estallido social, sino una rabia contenida, un estallido al revés… una implosión social, expresada en seres cada vez más ensimismados en sus propios problemas y arañando la sobrevivencia; una explosión hacia ellos mismos cargada de fracaso y desesperanza” (Reforma, 19/09/09).

Independientemente de si uno está de acuerdo con él respecto de los signos de estallidos sociales, su reflexión es sugerente. La implosión es un concepto utilizado en la ingeniería de la demolición –explosión–, hacia dentro, y por la sicología que explica determinados comportamientos de la persona. Se produce una implosión en un cuerpo o sistema cuando se realiza una presión destructiva hacia adentro, al núcleo de una persona o de un cuerpo social, a diferencia de la explosión social en la cual la carga demoledora se desarrolla de adentro hacia fuera.

Conviene recordar los casos de los estudiantes en colegios y universidades estadunidenses que se convertían en asesinos tumultuarios. En un inicio se pensó que eran casos aislados, de personas con algún tipo de trastorno y desequilibrios emocionales. La recurrencia de dichos actos de exterminio juvenil  llevó a conclusiones diferentes que apuntaban no únicamente al sistema educativo, sino a la propia sociedad, incluyendo las familias, dado los niveles de exigencia y extrema competitividad, soledad, y a los altos índices de frustración juvenil que detonan estos actos de brutal aniquilación.

Los sucesos del aeropuerto y en el metro Balderas de la ciudad de México son actos individuales que reflejan problemas sociales, económicos, políticos y de cultura; el origen no es lo religioso, sino el resentimiento social. Una interpretación más aguda es desgarradora.

La patología no está presente solamente en las personas agresoras, sino en la propia sociedad. La incertidumbre social de lo cotidiano hace que el fanatismo religioso, en todo caso, refleje el agravio a la sociedad, por lo que se hace urgente atender y reconstruir nuevas condiciones en la sociedad; abatir el de-sempleo, la falta de oportunidades, crear certezas y liderazgos. La generación de vacíos es peligrosa porque cualquier cosa puede esperarse, incluyendo la desestabilización total.

Lo religioso nunca ha estado aislado de lo social, pero tampoco, al menos en estos dos casos, puede pensarse que está en el origen de los actos de violencia; aquí lo religioso se ha pretendido usar como fundamentación y justificación de actos extremos. Sin embargo, es recurrente que en tiempos de crisis e incertidumbres los grupos más afectados busquen afianzarse y asirse de algo que les brinde sentido. Aquí lo sagrado puede ser instrumento de apología y podría legitimar acciones de ruptura con el orden social. Tengamos presente, el inusitado alcance del culto a la Santa Muerte entre los llamados sectores informales como indicio de la manera en que ante la falta de respuestas o certezas, la sociedad construye sus propias contradeidades alternativas. ¡Atención!

La Jornada, miércoles 30 de septiembre de 2009

La excomunión de Hidalgo como simulación histórica

Septiembre 16, 2009 por bernardobarranco
La excomunión de Hidalgo como simulación histórica
Bernardo Barranco V.
¿Usted se imagina que la Iglesia católica, dos siglos después de la Independencia, refrende el edicto de excomunión sobre el cura Miguel Hidalgo? Imagine las consecuencias políticas que portaría el hecho de que la jerarquía confirmara, en este bicentenario, la excomunión al Padre de la Patria: impensable. Sería no sólo una postura políticamente incorrecta, sino que se alejaría de la posición que asumió una década después de haber degradado su investidura sacerdotal. En efecto, la propia Iglesia, poco después de haberse consumado prácticamente la Independencia, avaló un decreto del 19 de julio de 1823 que declaró como beneméritos de la patria en Heroico Grado a Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Abasolo y José María Morelos, entre otros, ordenando que sus restos fueran exhumados y que éstos fueran trasladados a una caja, que se conduciría a la capital. Esa caja fue llevada a la catedral el 17 de septiembre de ese mismo año. Entonces, la Iglesia organizó una procesión solemne por toda la ciudad en honor a los caudillos y sus restos fueron depositados en una bóveda en la catedral de México, donde permanecieron hasta 1926, cuando los mismos fueron trasladados a la columna de la Independencia en el Paseo de la Reforma.

Para muchos historiadores es un abuso la solicitud de la arquidiócesis de México a la Secretaría de Educación Pública para corregir los libros de texto de historia, en los que se menciona que Miguel Hidalgo murió excomulgado, porque al confesarse antes de ser fusilado y haber sido sepultado en lugares sacros dejó de tener efecto dicha excomunión. Pareciera que con el bicentenario, de manera oportunista, busca reivindicar un hecho histórico en que intervino contra uno de los fundadores de nuestra nación y exige participar en las celebraciones del aniversario de la Independencia para promover una visión de la historia afín a sus intereses. Sin embargo, en una sociedad plural, abierta y democrática se le debe dar cabida a la postura de la Iglesia católica. A pesar de que muchos intelectuales vean en ella obstinación por higienizar su pasado, invocando argumentos jurídicos burocráticos, descalificando la excomunión decretada por Abad y Queipo, sea porque éste aún no había tomado posesión como obispo de Michoacán o incluso porque era hijo natural y no podría ejercer el ministerio episcopal. La historia es un entramado complejo, ella no es sólo lo que pasó, sino un proceso cognoscitivo que incide en nuestro presente. Conversando con Fernando González sobre su último libro, La Iglesia del Silencio, en el cual analiza los casos de los cristeros y los ocultamientos sobre Marcial Maciel, nos advierte cómo la Iglesia en cierta manera manipula la historia, a través del silenciamiento, la encapsulación, la suplantación y transfiguración de lo ocurrido, con la finalidad de la afirmación colectiva e institucional y que por definición es reacia a discutir los hechos porque tiende a descalificar. La memoria reconstruida así como una operación de simulacro histórico que permite ser consoladora y hasta terapéutica.

Por supuesto que el Hidalgo histórico fue excomulgado y degradado por la jerarquía católica de su tiempo. Su movimiento emancipador, que incluía en sus afanes a la propia España invadida por las fuerzas militares napoleónicas, afectaba y trastocaba los intereses económicos y de poder, no sólo de las estructuras administrativas del virreinato, sino de la propia Iglesia. Hidalgo y Morelos pertenecían a una clase sacerdotal criolla, el llamado bajo clero, muchas veces acallado y disciplinado por la jerarquía religiosa imbricada al estilo absolutista de la corona. Los historiadores contemporáneos reconocen la subordinación eclesiástica a la corona española; ésta se empeñaba en mantener el control de la actuación sobre todo de los obispos: sus nominaciones y nombramientos se aprobaban por su adhesión y juramentos de fidelidad hacia el rey. El orden colonial no pasaba sólo por el sometimiento administrativo ni militar, sino el religioso. Cuando el cura Hidalgo, ya generalísimo de América, expide su decreto contra la esclavitud el 6 de diciembre de 1810, el movimiento emancipador se convierte en revolucionario porque atenta contra el orden colonial establecido. No podemos pasar por alto otro hecho histórico que muestra qué tan dividida estaba la Iglesia bajo la última etapa de dominio colonial: nos referimos a la expulsión y el destierro de los jesuitas en 1767. De tal suerte que muchas excomuniones y represiones a otros religiosos del clero local, de México y otras colonias americanas, siguen ahí sin recibir el beneficio de la historia. Miguel Hidalgo representaba una gran corriente del clero criollo que se opuso, como tal, a la excomunión del cura de Dolores y pocos años después acogió con entusiasmo su rehabilitación eclesiástica y como héroe patriótico.

La jerarquía católica ha realizado en los últimos 70 años por lo menos tres revisiones de los documentos y hechos de la excomunión de Miguel Hidalgo y no ha encontrado nada nuevo. La primera investigación se realizó en tiempo del arzobispo Luis María Martínez, primado de México; la segunda, más reciente, por el cardenal Norberto Rivera Carrera, ante la provocación de los cultos diputados que en torno al bicentenario sugirieron a la Iglesia en 2007 levantar la excomunión al Padre de la Patria. Y la tercera es la anunciada por la Conferencia del Episcopado Mexicano, en mayo del presente año, en la que Alberto Suárez Inda, arzobispo de Morelia, dijo que en se tendría una investigación para analizar aspectos jurídicos y canónicos, pero aclaró que antes de morir Morelos e Hidalgo fueron absueltos e incluso recibieron honores en su sepultura. Sin duda, la historia debe ser retrabajada sin exclusiones ni restricciones; el bicentenario es una magnifica oportunidad para analizar la Independencia y la Revolución, para revalorar procesos en que la Iglesia católica ha participado. El rigor científico debe predominar sobre los afanes justificatorios, deben matizarse los ánimos anticlericales, así como los sesgos revanchistas.

La Jornada

La humanización de lo divino

Agosto 20, 2009 por bernardobarranco
La humanización de lo divino
Bernardo Barranco V.

Los actores religiosos, especialmente de las grandes iglesias, creen inmutable el contenido de su discurso y doctrinas religiosas. Cuando uno lee las fundamentadas críticas del papa Benedicto XVI, vertidas en su reciente encíclica Caritas in verite en torno a la realidad económica mundializada y globalizada, se tiene la sensación de algo ya visto; en cierta manera es una repetición de reproches y cuestionamiento a los fundamentos ontológicos de la modernidad.

En mi entrega anterior hice un recorrido histórico a partir de diferentes encíclicas sociales que de modo distinto, apegadas a los diferentes momentos, cuestionan el rumbo y el derrotero de la sociedad moderna desde el siglo XIX. Dichas objeciones pueden remontarse aún más lejos en la historia de la Iglesia católica y del papado para poder entender el rechazo que da origen en el campo católico a lo que historiadores y sociólogos italianos, como Ferrarotti o De la Rosa, llaman católicos instransigentes, integrismo premoderno o católicos antimodernos. Independientemente de esta relación ambigua y antagónica entre catolicismo y modernidad, surge una primera cuestión: ¿es válido pensar que una tradición religiosa puede mantenerse dentro de un ciclo de muy larga duración como un conjunto de creencias y prácticas, que en sí  mismas se prorrogan indefinidamente en el arco del tiempo?

Diversos estudios desafían inmediata y tajantemente tal interpretación que inscribiría a las religiones en un espacio como refugio de las tensiones, cambios  y conflictos culturales y políticos que conforman una circunstancia histórica.

En Crises, ruptures, mutations dans les traditions religieuses (Turnhout, Brepols, 2005) se plantea cómo las religiones también experimentan mutaciones y tensiones internas entre la adaptación y el rechazo frente a los cambios culturales. Seguramente, si se utiliza sin precaución el término de tradición, se podrían levantar conclusiones que contradicen la propia historia de las religiones, las cuales, aun cuando así lo desearan, no pueden encapsularse en el tiempo para protegerse de los embates de las prácticas sociales. Es preciso, por tanto, distinguir los procesos de transición y de travesía de pruebas, si se me permite el término, que todo sistema religioso experimenta en las diferentes conformaciones históricas.

En la obra mencionada se analiza como ejemplo la religión histórica del budismo, cuyo debate comprende la continuidad de las tradiciones védicas y brahmánicas, y cómo llega a rechazar y relativizar el concepto de lo divino, levantarse contra el sistema de castas hasta derribar y revolucionar el Upanishad; no obstante, al mismo tiempo desestabiliza y recrea su propio conjunto doctrinal.

Las religiones antiguas fueron en su momento debutantes. Tradiciones identitarias que sufrieron crisis, rupturas y convulsiones en su curso. El cristianismo nace y se desarrolla según idénticas tormentas. El examen de las crisis atravesadas por la tradición cristiana nos muestra una extraordinaria capacidad de adaptación y modulación paulatina de su propia identidad. El siglo XVI es el del humanismo militante, donde el hombre, centro del conocimiento, debe seguir siendo fiel en su humanidad que lo instituye como espejo del mundo y de Dios.

Actualmente, la modernidad se ha acompañado de la secularización en las diferentes latitudes de Occidente. En el mundo europeo mediterráneo siguen las agrias disputas entre la Iglesia católica y el vasto campo anticlerical y laicista, como muestra el caso español. México no escapa a ese debate. En el fondo subsiste una vieja aspiración de implantar una nueva cristiandad, por un lado, mientras la cultura contemporánea se abate con los riesgos de una sociedad plural.

Bajo la globalización, la industria cultural incide  con sus códigos y preceptos en la producción intelectual y en la construcción de pensamiento. Por una parte, la información y las preguntas tienden a uniformizarse, pero por otra, las respuestas y motivaciones son convergentemente heterogéneas. Precisamente, la polémica entre Luc Ferry, ex ministro francés de cultura, y el académico Marcel Gauchet a partir de su libro Lo religioso después de la religión (Ántropos, 2007) coincide en que una de las tendencias actuales en la cultura global es que tiende a humanizar lo divino y a divinizar lo humano.

Sin las reducciones o descalificaciones con que muchas veces se manipula el pasado, conviene recordar que en el principio de la modernidad se construye una revolución del sujeto como emergencia de la conciencia sin duda ya incubada bajo los principios de la escolástica cristiana. Con este principio se reafirma la autonomía del hombre y la exaltación de la consideración por lo privado. Esto nos conduce a otro postulado de la modernidad: la preservación de la libertad pública de la conciencia, más que la libertad de la conciencia. Éste es uno de los principales nudos por los que atraviesa la tensión entre el pensamiento católico, encabezado por el papa Ratzinger, y el mundo pluralista contemporáneo. ¿Están los cristianos dispuestos a admitir de la modernidad que la conciencia es soberana, autónoma y creadora, en última instancia, de una autoridad propia, capaz de producir y administrar leyes y la construcción de un orden social autónomo de Dios?

La más reciente encíclica tiene acertados e implacables cuestionamientos al desarrollo económico y cultural de la globalización que muchos altermundistas y posmodernos han aplaudido. Sin embargo, éstos en todo caso son alternocatólicos y poscristianos. Las religiones no son inmutables, por ello se antoja difícil que se llegue a consumar el sueño de la restauración desde la cristiandad.

La Jornada miércoles 19 de agosto de 2009

Caritas in veritate y las encíclicas sociales

Agosto 12, 2009 por bernardobarranco
Caritas in veritate y las encíclicas sociales
Bernardo Barranco V.

Una encíclica es un documento solemne, dentro de la vida de la Iglesia católica, firmada por el Papa, dirigida a toda la estructura eclesial y todos los fieles del mundo. Habitualmente estas cartas abordan algún aspecto de la doctrina católica y tienen su origen en las epístolas del Nuevo Testamento, constituyendo en la práctica uno de los documentos más importantes en que el Papa esgrime su posición y establece directrices al conjunto de la catolicidad. La encíclica Caritas in veritate (Caridad en la verdad) es la tercera del papa Benedicto XVI en sus cuatro años de pontificado, después de Deus caritas est, de 2006, y Spe salvi, de 2007. Caritas in veritate se inscribe en la tradición de las encíclicas sociales que datan desde el siglo XVII y responden a momentos históricos muy precisos en que la Iglesia, a través del pontífice, fija una posición y puede llegar a establecer líneas de acción. Así tenemos la emblemática encíclica Rerum novarum (1891) firmada por el papa León XIII (1878-1903), que aborda la cuestión obrera en plena revolución industrial, desde la perspectiva católica. Cuarenta años después, el papa Aquiles Ratti, Pío XI (1922-1939), redacta la encíclica Quadragesimo annus (1931), que cuestiona la expansión internacional del capital financiero y advierte riesgos de conflagración entre las naciones europeas, así como llama a fortalecer un dispositivo social cristiano, la llamada Acción Católica, estrategia que perseguía alcanzar vía la acción de los laicos organizados una mayor incidencia cultural, política y gremial.

En los años 60, Angello Roncalli, Juan XXIII (1958-1963), redacta su encíclica Mater et magistra (1961), registrando nuevos aspectos de cuestión social de una realidad internacional cada vez más interdependiente; advierte la creciente brecha entre los países pobres y ricos, el rezago alarmante de las sociedades y regiones agrarias (no olvidemos el origen humilde y campesino de la familia Roncalli en Bérgamo). Juan XXIII hace un llamado a las naciones ricas a cooperar con las pobres, invita a los cristianos a comprometerse temporalmente en nuevos campos, particularmente en actividades de desarrollo económico. De hecho, ésta es la primera encíclica de alcance mundial, abandona parcialmente la eurocentralidad de los discursos pontificios y se empieza a abordar cierta problemática de los países del sur. En ese sentido ubicamos la encíclica Pacem in Terris (1963), donde Juan XXIII hace un llamado a la paz, condenando la carrera armamentista del mundo bipolar de la posguerra, y advierte de la amenaza apocalíptica de la guerra nuclear. En esta tradición, con una mayor vocación internacional, situamos las aportaciones de Giovanni Batista Montini, Paulo VI (1963-1978), quien abordó por primera vez en la historia moderna del pontificado el problema del desarrollo y del atraso en el tercer mundo con su encíclica Populorum progressio (1967), en la que cuestiona la inequitativa distribución de la riqueza, la explotación, la violación de los derechos humanos, el racismo, etcétera. Siguiendo la obra del dominico francés L. J. Lebret (Economie et humanisme), el Papa plantea la urgencia de un desarrollo integral, del peligro de una confrontación Norte-Sur, haciendo célebre el eslogan: el desarrollo es el nuevo nombre de la paz.

Cada encíclica social es hija del momento histórico y de la manera en que la Iglesia encara esa realidad. Está aún pendiente una evaluación a fondo de las referencias sociales de Juan Pablo II (1978-2005), porque no sólo se cuentan diversas cartas encíclicas sino los numerosos mensajes, homilías y discursos sociales de uno de los pontífices más activos. Sólo retomamos una, la encíclica Centesimus annus (que conmemora los cien años de la Rerum novarum); es una reflexión desde la antropología católica de las implicaciones mundiales de la caída del Muro de Berlín en 1989 y la crisis del marxismo, demostrando el compromiso imposible entre marxismo y cristianismo, pero también toma distancia del capitalismo salvaje. La Caritas in veritate, el reciente texto de Benedicto XVI, se inscribe mucho más en continuidad con este texto de Karol Wojtyla. Su principal interlocutor es la globalización; realiza un diagnóstico antropológico de las consecuencias de la actual crisis internacional así como de las secuelas negativas en la civilización actual. Sin embargo, las lecturas en el laberinto católico suelen ser tan disímiles que parece se leen textos diferentes. Por una lado tenemos a Leonardo Boff, quien no oculta su decepción por un texto muy amplio en el que el Papa es el maestro, no el profeta; el maestro que busca correcciones y no cambios profundos. Boff sentencia: “Al leer el texto, largo y pesado, acabamos pensando: ¡qué bien le vendría al Papa actual un poco de marxismo!… Es un discurso reproductor del sistema imperante, que hace sufrir a todos, especialmente a los pobres. No es cuestión de que Benedicto XVI lo quiera o no lo quiera, sino de la lógica estructural de su discurso magisterial. Por renunciar a un análisis crítico serio, paga un alto precio en ineficacia teórica y práctica. No innova, repite”. Mientras, Manuel Gómez Granados, director del Imdosoc, desde otra óptica, exalta: Parece que estamos escuchando a un hombre de izquierda que critica directa y duramente las prácticas del capitalismo salvaje. Sin embargo, no es así… El Papa va más allá porque exige justicia, respeto a la dignidad de toda persona humana y sus derechos, entre los que está el desarrollo, respeto a la vida en todas sus etapas y formas. El documento es revolucionario, es una abierta crítica a un sistema económico carente de valores (Excélsior 11/06/09). Benedicto XVI ha abierto una enorme puerta para que los obispos mexicanos se inspiren en este texto y respondan en materia social, con un discurso más cuajado y con mayor lucidez a la actual circunstancia mexicana. Hay condiciones objetivas para una buena recepción.

La Jornada, 05 agosto 2009.