Desclericalizar el debate sobre laicidad

Febrero 5, 2010 por bernardobarranco
Desclericalizar el debate sobre laicidad

Bernardo Barranco V.

Estado laico expresa la esencia de la democracia moderna. Gran parte de la clase política y de manera especial el presidente Felipe Calderón tienen una concepción muy pobre y empequeñecida de lo que representa la laicidad actual del Estado, sobre todo su lugar frente a los desafíos de la reforma del Estado en este siglo XXI. Siguen enfrascados en las viejas disputas del siglo XIX e inicios del XX, en torno a la incidencia eclesiástica en las políticas públicas y las tensiones entre la moral católica y la ética laica. Es imperativo desclericalizar el debate y situarnos en un mundo complejo, mutante y mundializado; en pocas palabras: vivimos el tránsito hacia culturas poscristianas. Esta realidad multicultural demanda nuevas maneras de reconocimiento y respeto de las diversidades que emergen, ya que afirman nuevas identidades y reividican derechos hasta ahora inéditos. En otras palabras, debemos hacer una nueva recepción de la laicidad y del Estado laico en el siglo XXI. No basta conformarnos con un laicismo heredado; éste no es un ADN en nuestra cultura política. Esta noción debe ser retrabajada bajo la realidad actual, y esta generación de políticos tiene obligación de recrear asertivamente la laicidad del Estado, porque es parte esencial de la democracia que queremos construir. Sin laicidad no hay democracia; sin laicidad no hay reforma política ni del Estado, así de sencillo.

 La laicidad, más que un compendio de definiciones esmeradas, es un proceso histórico y como tal dinámico y comprensiblemente cambiante. Así, aunque Juárez y los liberales de la época probablemente nunca escucharon el concepto “laicismo”, porque apenas se estaba acuñando en Francia, lo intuyeron afirmando que para construir el Estado moderno mexicano era necesaria la separación de esferas entre la Iglesia y el Estado.

Los diversos liberalismos reivindicaban la soberanía popular como fuente sustancial de legitimidad de las nacientes instituciones republicanas de Hispanoamérica, secularizando los resortes del sustento del poder que ejercía, hasta entonces, el binomio entre el dominio de la corona y la potestad eclesiástica. En los últimos 10 años, en México hemos observado signos regresivos que ponen en peligro el carácter laico del Estado. En sexenio foxista se vivieron provocaciones, como el beso que dio el presidente Fox al anillo papal o los arrebatos verbales de Carlos Abascal Carranza; sin embargo, en el gobierno de Calderón se ha pasado a los hechos con cambios constitucionales en 18 entidades que vuelven a penalizar el aborto, así como en la acción de inconstitucionalidad que presentó la Procuraduría General de la República ante la Suprema Corte de Justicia contra las bodas gays, y esto nos obliga como mexicanos a volvernos a plantear el tema del carácter laico del Estado.

La laicidad de todo Estado moderno, más allá de ser una herramienta jurídica, es un instrumento político de convivencia armónica y civilizada entre diferentes y diversos grupos sociales para coexistir en paz en un espacio geográfico común. El Estado laico actual es aquel que garantiza la libertad de creencias en el sentido amplio, así como la libertad de no creer que tengan los individuos que integran la sociedad. Un Estado laico debe garantizar la equidad, es decir, la no discriminación, y garantizar los derechos, principalmente de las minorías, es decir, la libertad de conciencia. El Estado laico garantiza la autonomía de lo político frente a lo religioso.

Es evidente que el debate se ha centrado en este último apartado, recreando viejas rencillas entre “conservadores y liberales”, “laicistas y catolicistas”, etcétera. El mundo globalizado de hoy ha puesto sobre la mesa la enorme diversidad cultural, histórica, de creencias, tradiciones e identidades de los pueblos que demanda apertura, tolerancia y respeto de las diferencias. Por supuesto que esta multiculturalidad relativiza los discursos absolutos, totalizantes y teocráticos de pensamiento único; sin embargo, sería un gravísimo error enfrentar sólo el “relativismo contra el absolutismo” esbozado por el papa Benedicto XVI. Es una polémica reduccionista de una realidad que demanda la edificación de espacios públicos nuevos, cimentados en el diálogo y la construcción de consensos. Ésta es una de las tareas del Estado laico: garantizar la convivencia pacífica de estas diversidades sociales que han ido emergiendo en el país en años recientes. Siguiendo los trabajos del politólogo francés René Remond, el laicismo históricamente surge como reacción política a la excesiva injerencia del clero en el ejercicio del poder y en los asuntos de política pública, es decir, contra el clericalismo político. La laicidad moderna no se reduce a acallar, acotar ni reprimir la expresión, libertad y práctica política de ninguna iglesia; por el contrario, el Estado laico debe canalizar todas estas expresiones de manera institucional.

En México, más allá de las disputas conceptuales del término, la laicidad es fruto de un proceso histórico, muchas veces violento y desgarrador; por ello el debate de hoy es más que apasionado. Hay dos guerras fratricidas sumamente costosas que deben ser reconceptualizadas; por ello la laicidad del Estado no debe tratarse a la ligera ni dársela como un acto consumado. Por el contrario, la laicidad está inscrita en los procesos políticos y culturales, refleja los avances o retrocesos de la sociedad. La laicidad y el carácter laico del Estado requieren ser abordados con una mirada de largo aliento. Es una desgracia que últimadamente se imponga una lógica electoral en la cultura política de este país que determina a los actores ser cada vez más pragmáticos a costa de perder fundamentos e identidades. Esperemos que la iniciativa que hoy se coloca en la mesa de los poderes legislativos para transformar el artículo 40 de la Constitución, añadiendo el carácter laico del Estado, cuente con la sagacidad histórica y mayor altura política.

La Jornada, martes 2 de febrero de 2010

El cardenal y Dios contra el orden social

Enero 21, 2010 por bernardobarranco
El cardenal y Dios contra el orden social
Bernardo Barranco V.

Principalmente por la actitud y forma, el cardenal Norberto Rivera aparece como un actor teocrático que intenta someter la racionalidad política y jurídica del país a los principios religiosos.

Cuando Rivera afirma la supremacía de la ley divina sobre el orden secular realmente existente se coloca como un ayatola de la intransigencia religiosa y de certezas absolutas, de tal suerte que la discusión sobre los matrimonios gays y las adopciones, punto central del debate, en momentos ha pasado a segundo plano. El acto comunicativo del cardenal cancela la discusión de un tema álgido para dar lugar a los reproches, las descalificaciones, las amenazas y los chantajes entre los diversos actores involucrados. Las declaraciones y los posicionamientos acostumbrados, a manera de ritual litúrgico, han mostrado la falta de conceptualización y la pobreza argumentativa de los diferentes protagonistas.

Ahora, lo que flota en el ánimo de la discusión es la búsqueda de fórmulas que permitan la convivencia entre la religión y la política. Dicho de otra manera: si los principios católicos y la política parecieran ser  irreconciliables, más bien lo importante a saber es si la democracia podrá ser compatible y coexistir con una religión que ambiciona dirigir la política y a la clase política, como en la Edad Media o en los actuales integrismos islámicos. O, por el contrario, concediendo la óptica del cardenal, cómo podrá prevalecer la cultura católica si la política y cultura modernas  intentan manipular o subordinar lo religioso, como sucedió en las experiencias comunistas o las dictaduras sudamericanas que demolían todo en nombre de una sociedad occidental y cristiana, es decir, se apropiaron de lo religioso para justificar la represión.

El Estado laico permite a cualquier iglesia defender y sostener hasta con pasión sus posturas; sin embargo, el Estado laico no puede resistir ni tolerar la amenaza ni la deconstrucción de sus fundamentos basados en el respeto a la pluralidad, en la tolerancia y la equidad, especialmente ante las minorías.

El Estado laico supone el respeto a los principios y fundamentos, que le permite regular la convivencia pacífica de las diversidades. En la antigüedad y en la Edad Media los ordenamientos religiosos eran el sustento básico de las normas de la sociedad; de ahí que los códigos éticos y las nociones cardinales de la moral eran claramente confesionales. La identidad societaria era esencialmente religiosa; el carácter divino de las leyes, además de hacerlas irrefutables, las volvía obligatorias tanto para el individuo como para la comunidad; su cumplimiento convierte al sujeto en virtuoso merecedor de premios o, por el contrario, de castigos. Con el advenimiento de la modernidad, la razón instrumental establece diferenciaciones, y una de las características notables de esta modernidad es que rechaza a Dios como jefe de Estado.

En cada sexenio, el cardenal ha desatado altercados y tormentas por sus posturas de rechazo al orden social establecido. Recordemos: en tiempos de Zedillo, con apenas un año en la arquidiócesis, Rivera reivindicó en una homilía inflamada, el 20 de octubre de 1996, la acción política de la Iglesia católica e incluso llamó a la desobediencia civil.

Oficiosamente fue apercibido tímidamente por la Subsecretaría de Asuntos Religiosos, encabezada por Rafael Rodríguez Barrera en ese entonces. El gobierno amagó a la arquidiócesis con retirarle su registro como asociación religiosa. Esa actitud hizo que el clero católico cerrara filas en torno del arzobispo, recibiendo el apoyo de diferentes voces democráticas y fuerzas políticas, entre ellas las del PRD con Cuauhtémoc Cárdenas, pidiendo al gobierno mayor tolerancia y mayor libertad de expresión para las iglesias.

El segundo caso de posicionamiento agresivo fue en octubre de 2005, en el gobierno de Vicente Fox, en torno a la eutanasia. El cardenal nuevamente propuso negar obediencia al gobierno y al orden legal constituido; aquí sorpresivamente recibió el apoyo del entonces secretario Carlos María Abascal, quien se detentó jusnaturalista frente al derecho positivo imperante en este país desde las leyes de Reforma, postura válida para un creyente, pero cuestionable con la más alta investidura de ser el único secretario de Gobernación que avala la supremacía del derecho natural sobre el positivo. Y bajo la figura de la objeción de conciencia –jurídicamente inexistente en México– condescendió al llamado a la desobediencia civil propuesta por el cardenal (La Jornada, 19/10/05).

Norberto Rivera tiene genes cristeros, heredados de uno de sus maestros, el ultraconservador y controvertido obispo de Durango, Antonio López Aviña (1915-2004), quien soñaba construir una república católica sustentada por movimientos socialcristianos tipo falanges franquistas. Ése es quizás el modelo que Rivera evoca imprudentemente atrayendo las posturas de las gestas cristeras que llegan a cimbrar peligrosamente el sistema político mexicano. Rivera Carrera obliga a muchos obispos, ya en el ojo de tormentas, a posicionarse a su lado probablemente sin estar del todo de acuerdo en las formas ni procedimientos de confrontación directa y ruda.

A diferencia del torbellino de 2007 en torno al aborto, en el que prácticamente el cardenal se quedó solo, ahora ha aprovechado que un sector significativo de la sociedad mexicana no está en favor de los matrimonios gays y rechaza fundamentalmente el tema de la adopción. El cardenal ha logrado movilizar y agrupar a los sectores más conservadores del PAN, encabezados por su presidente César Nava, señalado por Luis Paredes en su libro Los secretos del Yunque como uno de sus más prominentes activistas; igualmente el cardenal ha contado con el sustento de diversas agrupaciones evangélicas.

Más allá del desenlace para revertir la reforma aprobada por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal quedan preguntas entre los creyentes en un contexto secular: ¿el Estado laico puede tener una ética política sin un fundamento espiritual ni de trascendencia? O, dicho de otro modo, ¿el Estado puede ser legítimo al poseer una moral laica que prescinda de Dios?

La Jornada, 20 de enero de 2010

La tentación teocrática del Clero

Enero 21, 2010 por bernardobarranco

La tentación teocrática del Clero

Bernardo Barranco V.

El debate en torno a los matrimonios gay se ha distinguido por su pobreza. Lamentablemente, el show mediático ha sido total. La caja de Pandora se abre y han abundado las descalificaciones, amenazas y polarización entre los protagonistas que muestran el bajísimo nivel republicano de los actores involucrados en la querella.

El cardenal Norberto Rivera Carrera, ha tomado la ruta de la confrontación rabiosa, atreviéndose, una vez más, a cuestionar el orden social subordinándolo a los mandatos divinos o a leyes de Dios.

Hugo Valdemar vocero del cardenal, leyó el texto cuyo nudo polémico, plantea lo siguiente: “Nosotros, pastores del pueblo de Dios, tampoco podemos obedecer primero a los hombres y sus leyes antes que a Dios; toda ley humana que se le contraponga será inmoral y perversa, pues al ir contra su voluntad termina por llevar a la sociedad a la degradación moral y a su ruina”.

El asunto es delicado pues en el fondo el cardenal rompe también con la noción del Estado laico que supone precisamente el diálogo desde respeto de la diferencia y de la pluralidad.

El Estado laico supone un pacto de sujetos, creyentes diversos y no creyentes, para poder convivir en libertad de conciencia e igualdad de derechos que garantice este marco de libertades; por ello el Estado laico, garantiza la igualdad de derechos y la incompatibilidad de la valoración que privilegie una religión sobre otra.

La laicidad del Estado mexicano es fruto histórico de un largo proceso de secularización unas veces traumático y otras violento, dicho proceso hoy se ha visto amenazado por los arrebatos ayatolezcos del cardenal Rivera y una ultraderecha que aspira posicionar un Estado confesional regido por añejas y rancias directrices del viejo catolicismo social decimonónico; es decir de un sueño revanchista de instaurar el reino de Dios desde las estructuras de poder.

Inexorablemente el cardenal ha ido consolidando una alianza con los sectores de la ultraderecha católica encabezada estructuralmente por el Yunque, con asociaciones religiosas evangélicas agrupadas en Cofraternice y con el arzobispo de la Iglesia Ortodoxa de México Antonio Chedraui.

Esta especie de “frente cristiano” contra la ley de los matrimonios gay puede convertirse en un grupo de presión que incida en las políticas públicas e incluso sea una plataforma política.

La estrategia de la ultraderecha es seguir posicionándose como alternativa orgánica de poder, incluso le favorece el debilitamiento del presidente y del calderonismo panista, y enfrentar una supuesta “asechanza” anticatólica gestada desde conjuras laicistas y anticlericales, que le permitiría cerrar filas con vastos sectores de la Iglesia en diferentes regiones del país.

Sin embargo, el cardenal Rivera no es toda la Iglesia ni toda la Iglesia aprueba los métodos frontales del cardenal a pesar de compartir la causa.
Prueba de ello es que la estructura de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) encabezada por Carlos Aguiar Retes, presidente de la misma y obispo de Tlalnepanta, ha decidido abrir el diálogo con el PRD, incluso con su ala más rijosa.

Es decir, la Iglesia con los mismos dogmas y doctrina, tiene maneras diferentes de relacionarse con la cultura secular imperante en la clase política. Por ello, es ahora más urgente reformar el artículo cuarenta de la constitución mexicana y establecer de una vez por todas, en nuestra carta magna, el carácter laico del Estado mexicano.

El laicismo, el anticlericalismo y el anticatolicismo son esferas diferentes que históricamente han interactuado. El punto de equilibrio se construye con simulación del viejo sistema político, donde la hipocresía política y la discrecionalidad de los regímenes posrevolucionarios dieron estabilidad y construyeron un sistema de contrapesos en que los actores, aun los religiosos, incidieran por sus intereses ante el supremo ordenador del poder que constituía la vieja presidencia imperial.

Ese laicismo se convierte en muchos casos en jacobinismo o una forma de anticlericalismo extremo. Ese laicismo que invoca la actual defensa católica ya no existe de manera imperante.
En cambio, se está formando una nueva laicidad que proviene de los grupos académicos y asociaciones que defienden los derechos de sectores excluidos y de minorías como grupos de mujeres, homosexuales, nuevas formas de parejas, etnias, etc., que perciben en la defensa del estado laico la libertad, no sólo religiosa sino también la libertad de conciencia y la posibilidad de defender la alteridad, la diversidad y la multiculturalidad.

En el actual debate, aún queda pendiente la postura del PRI que está pagando ya los costos políticos de haber abierto las puertas al clero politizado con la repenalización del aborto en 18 entidades del país.

Mientras Enrique Peña Nieto sigue con esta misma lógica, con su participación estelar en el agasajo al arzobispo Chedraui, Beatriz Paredes guarda silencio una vez más en este debate. La tentación religiosa por el poder está ahí apostada.

Milenio Estado de México, 21 de enero de 2010

2010 repensar el país

Enero 10, 2010 por bernardobarranco

2010 repensar el país

Posteando

Bernardo Barranco

Cuando en una familia las cosas marchan mal, los responsables lógicos son los padres. Igualmente en una empresa, el peso de la responsabilidad recae en los directivos que son los que a fin de cuentas toman las decisiones.

¿Quiénes son los responsables cuando un país se estanca y se retrocede en los indicadores básicos de bienestar y seguridad? La respuesta es obvia: la clase dirigente empezando por el presidente de la república.

Desgraciadamente para nuestro país, llevamos décadas gobernados por una clase política sin miras ambiciosas ni solidez, capaces de forjar un gran proyecto de largo alcance. Es un lugar común, escuchar que los esquemas políticos, económicos y sociales que experimentó el país en el siglo XX están agotados, que son caducos. Ya no responden a las exigencias de los tiempos actuales.

Estructuras construidas bajo el sello del centralismo político autoritario que manipuló la democracia y corrompió voluntades; un sistema que fomentó las prácticas económicas monopólicas que simularon una economía de libre competencia muy vulnerable hacia el exterior e incapaz de generar bienestar social entre la sociedad.

¿Qué se va a festejar en este año del Bicentenario?; ¿los mismos vicios que provocaron los levantamientos armados? ¿Seguimos celebrando la violencia, la guerra contra el narcotráfico y el salvajismo de la barbarie? Muy a pesar de los pesimismos, 2010 abre la oportunidad a repensar a fondo al país y corregir las premisas obsoletas sobre las que se construyó el Estado mexicano.

Llevamos diez años de una insatisfactoria alternancia del poder, con la derrota del Partido Revolucionario Institucional tras 70 años de gobierno ininterrumpido, si bien hubo esperanza en lograr la “transición hacia la democracia”, el balance del decenio es desalentador.

Felizmente, disminuido el presidencialismo, las disputas por el poder llevaron a México a la polarización que puso en duda a las instituciones democráticas e incluso colocó a los mexicanos, en 2006 al borde de la crispación social.

La transición hacia la democracia da la impresión de estar atorada o como sentencia Porfirio Muñoz Ledo: México vive una “transición regresiva” y el PAN ha fracasado como gobierno nacional. Por ello, en un discurso reciente el propio presidente Felipe Calderón aseguró que es momento de reconocer que las reformas políticas de los últimos años “no han creado condiciones que garanticen gobiernos más eficientes, que produzcan mejores resultados o que generen acuerdos capaces de proyectar reformas profundas”.

El panorama desalentador que deja el 2009 es preámbulo de lo que depara este año que inicia. Probablemente el efecto más devastador de la crisis ha sido la pérdida de confianza y credibilidad de todo aquello que sostenía la supuesta solidez del sistema.

Existe una sensación entre los ciudadanos de que el Presidente está rebasado con una clase política incapaz de tomar decisiones de fondo que vayan más allá de sus intereses mezquinos de corto plazo.

Repensar el Estado mexicano más allá de lo electoral, ir mucho más allá de la revisión de los poderes y de sus facultades; reconstruir los tejidos del espacio público para que la diversidad de los mexicanos se expresen, incluyendo por supuesto a las minorías, de manera plural y entusiasta.

Existe el enorme desafío para recuperar la confianza social que sólo pasa por asumir y ejecutar medidas eficaces que mejoren y solucionen problemas tangibles en la vida cotidiana de las personas.

También es deseable asumir medidas que transparenten las acciones, intenciones y palabras de la clase política para alentar un “fair play” que favorezca el desempeño leal y veraz en un proyecto de Estado y no un proyecto de camarilla.

Las iniciativas de reforma política presentadas por Felipe Calderón son insuficientes y hasta chatas. Pero son un punto de partida, no sólo falta en su propuesta el plebiscito y la revocación del mandato sino repensar el sistema de partidos, el federalismo y el régimen parlamentario.

Delinear con mayor nitidez el ascenso de lo ciudadano a mayores y más eficaces formas de toma de decisión; ¿lo permitirán los partidos que se dicen ser los instrumentos de la expresión ciudadana?, ¿lo son?
Y especialmente resulta urgente repensar el papel social de los medios de comunicación, en particular los electrónicos, cada vez más convertidos en actores políticos capaces de inclinar la balanza del electorado de aquellos candidatos subordinados a sus intereses económicos y políticos. Estos son parte de los sueños de un México joven que apenas transita por su 200 aniversario.

Milenio Estado de México, jueves 8 de enero de 2010

Fin del fuero eclesiástico

Enero 7, 2010 por bernardobarranco
Fin del fuero eclesiástico
Bernardo Barranco V.

A unos días de que finalizara 2009, la justicia argentina condenó al ex arzobispo de Santa Fe, monseñor Edgardo Gabriel Storni, a ocho años de prisión por abuso sexual agravado por su condición de sacerdote contra un joven seminarista en los años 90. La sentencia fue emitida por la juez María Amalia Mascheroni; el caso Storni comenzó desde 1994 cuando, por orden del Vaticano, monseñor José María Arancibia investigó denuncias de jóvenes seminaristas sobre supuestos abusos sexuales del entonces obispo de Santa Fe.

El resultado de estas pesquisas fue dado a conocer al público en el año 2000 en un libro publicado por la periodista Olga Wornat, titulado Nuestra Santa Madre, que provocó conmoción en la sociedad argentina. En septiembre de 2002, monseñor Storni renunció a su cargo y envió una carta al papa Juan Pablo II en la que no reconocía culpas ni acusaciones. Meses después, Storni se declaró inocente ante la justicia penal, negando los cargos. Pese a la lentitud, finalmente se hizo justicia, aunque la sentencia es atenuada, por motivos de edad y salud, a una forzosa reclusión domiciliaria. Para el columnista uruguayo Washington Uranga, del diario argentino Página 12, ha sido un paso muy importante desde el punto de vista institucional para la justicia y la vida de la sociedad argentinas, porque generalmente la Iglesia y en especial la jerarquía habían sido intocables. Uranga nos plantea: Se trata, ni más ni menos, de la aplicación de un principio elemental del derecho: todos somos iguales ante la ley. También los curas y los obispos. No siempre fue así. Tal igualdad, que es sana para las instituciones y para toda la sociedad, lo es, sin duda y en primer lugar, para la misma institución católica (Página 12, 31/12/09).

La pregunta clave es: ¿se está resquebrajando el llamando fuero eclesiástico?; es decir, el trato privilegiado y preferencial, especialmente en aquellos países de mayoría católica, que hasta ahora han gozado miembros del clero, teniendo un trato ventajoso por la justicia civil a lo largo de todo el siglo XX. ¿Se está desmoronando lentamente la impunidad secular, la complicidad y el encubrimiento del Estado para beneficio del alto clero? En Argentina existe otro caso que falta sustanciar: se trata del sacerdote pedófilo Julio César Grassi. En Panamá también se desató un gran escándalo en torno a un albergue juvenil en Colón, que está a punto de ser cerrado no sólo por la Iglesia, sino por la presión de la sociedad panameña. Encontramos igualmente las visitas de los visores apostólicos del Vaticano a los Legionarios de Cristo, y una de las grandes interrogantes es el grado o los alcances de abusos sexuales que existen en la orden. Y qué decir de la aguda crisis de la Iglesia en Irlanda, en la que diversos y bien documentados informes han demostrado que desde los años 50 miles de niños y jóvenes han sido sometidos a abuso sexual por diferentes generaciones del clero católico de aquel país. El informe judicial de Dermot Ahern relata crueldad y complicidad entre las autoridades religiosas, civiles y mediáticas para acallar y disimular los hechos que estuvieron impunes durante décadas; la crisis ha llegado a tal nivel que hasta el momento han dimitido cuatro obispos irlandeses y ha ocasionado cuantiosas derramas económicas.

El año pasado fue funesto para el papa Benedicto XVI: la bomba lefebvrista, la crisis mediática en la que personajes le reprocharon alejarse del Concilio y en especial sus detonadoras declaraciones sobre el condón durante su visita a África, en marzo de 2009, que provocaron una verdadera crisis diplomática, especialmente en los países europeos. Pese a todo, Joseph Ratzinger se ha mantenido firme en el rechazo de complicidades y encubrimientos, condena tajante dichas prácticas. El papa Benedicto XVI ha desaprobado reiteradamente estos métodos, subrayando que sacerdocio y pederastia son incompatibles. Frente a los casos de abuso sexual a menores, al menos la Iglesia, en su más alto nivel, manifiesta tolerancia cero; es decir, rechaza el fuero interno y todas al argucias para proteger al clero depredador. En particular las diferentes formas en que las víctimas son presionadas y silenciadas por conducto de constricciones morales, sicológicas e incluso amenazas y, sobre todo, el silencio cómplice que guardaron por años miembros de la Iglesia. Hoy ya no existe la disyuntiva entre pecado y delito: si antes el pecado era sancionado ad intra por las reglas católicas, hoy se llama encubrimiento, pues constituye el ocultamiento y la complicidad de un delito criminal.

¿En México estamos preparados para poner fin al fuero eclesiástico? Lamentablemente aún somos dados a la prerrogativa, la gracia y el privilegio del religioso ante la justicia. Esta prebenda debería erradicarse desde los propios actores eclesiásticos. Expresiones como la ropa sucia se lava en casa, en torno a la pederastia clerical, formulada por el progresista obispo, entonces de Jalapa, Sergio Obeso, en 2002, refleja la preponderancia de las leyes religiosas sobre las normas de la sociedad. Otro ejemplo lo encontramos en las diferentes acciones y declaraciones del cardenal Norberto Rivera para defender y encubrir a su mentor Marcial Maciel a finales de los años 90; este mismo cardenal ha pasado, recientemente, por un proceso legal internacional que aún no concluye, en el que se le imputa la protección de un sacerdote violador. Son ejemplos visibles de una cultura institucional viciada que requiere profundas transformaciones.

Los medios de comunicación han jugado un papel central. Más allá de algunos sensacionalismos, su presencia inquisitiva ha ayudado a la transparencia; sin embargo, también algunos medios se caracterizan por sus silencios cómplices. Aún queda presente el boicot de empresarios afines a Maciel, en 1997, contra el canal 40, o la salida de Círculo Rojo, conducido por Carmen Aristegui y Javier Solórzano. Aún falta mucho, pero ya hay signos que pondrán fin a los mantos sagrados, a los rostros de la vergüenza y la impunidad.

La Jornada, miércoles 6 de enero de 2010

La sobremediatización de Enrique Peña Nieto Bernardo Barranco V.

Diciembre 24, 2009 por bernardobarranco

La sobremediatización de Enrique Peña Nieto

Bernardo Barranco V.

El excesivo protagonismo mediático del gobernador Enrique Peña Nieto, ha provocado esté inmersoen el ojo del huracán a propósito de su reciente visita al Vaticano. Su reiterada presencia en los medios, principalmente electrónicos,  estimula posicionamientos críticos  de sus adversarios y contrincantes, quienes desde las más diversas trincheras cuestionan sus actos, declaraciones y determinaciones. Es una reacción propia a la inequidad con que los medios enfocan su privilegiado trato hacia el actor mexiquense. Igualmente emergen gallardos defensores de oficio, ensanchando y estimulando la polémica de un hombre no solo público, en lo político, sino en el mundo de la farándula. Desde hace meses, Peña Nieto, reprocha que se ha convertido en “pato de feria, al que todos le tiran”, sin embargo, esa ha sido su opción; y ahora expone aun más,  flancos de vulnerabilidad al abrir su vida privada con su noviazgo en los medios del espectáculo  cuya frivolidad podría acarrear lamentables consecuencias.

El tema tiene más fondo. Y nos lleva a la relación entre los medios electrónicos  y el poder. La posición privilegiada y la influencia de las televisoras sobre la población, las convierte en factor ineludible de poder y de gobernabilidad. Además de jugosas ganancias las televisoras se han venido convirtiendo, como todos sabemos, en el fiel de la balaza en la cultura política, capaces  de  exaltar trayectorias políticas pero también de destruirlas. Por ello, es preocupante que el congreso local no haya sido fino en las diferentes partidas, en el presupuesto del 2010,  destinadas a la promoción e imagen del gobierno; el acto es una mala señal. Por ello, es igualmente preocupante que en otras entidades como la de Monterrey, legisladores declaren la existencia de partidas simuladas para apoyar aspiraciones  políticas de otros actores en otras entidades  (http://www.milenio.com/node/343458).

Las grandes tendencias de los medios electrónicos tienden a la expansión y a seguir la movilidad de los mercados. CNN y canales europeos, por ejemplo,  apuestan por la internacionalización de sus emisiones. El escalamiento hacia la multimedia son estrategias que han seguido TV Globo en Brasil o Grupo Caracol en Colombia dominando simultáneamente las audiencias de radio, prensa y TV. Así mismo la convergencia tecnológica es una importante opción que busca complementar vastísimos recursos y oportunidades de Internet. Sin embargo existe otra tendencia importante, tentación diría, de la politización de los medios. Los ejemplos más actuales de dicha inclinación la encontramos en Silvio Berlusconi el magnate de los medios en Italia, quien los ha manipulado para arribar y sostenerse en el poder. Otro caso  reciente y cercano lo tenemos en el chileno Sebastián Piñera un empresario político que en 2005 compró “Chilevisión” para apuntalar sus ambiciones políticas. Fue puntero en la primera vuelta, del domingo pasado,  con un 44% de los sufragios y es amplio favorito para llevarse la presidencia de Chile. Las grandes empresas televisoras, aprovechan su condición oligopólica no solo para hacer grandes negocios con los actores políticos sino convertirse en factores de acceso y sostenimiento en el poder. Ahora algunos empresarios de la comunicación quieren detentar el poder político.

Por ello, el libro de Jenaro Villamil: “Si yo fuera presidente, El reality show de Peña Nieto”, señala que Televisa más allá de los negocios ha asumido al gobernador mexiquense como su candidato propio. Más allá de los riesgos a la democracia y a la legalidad, pareciera se inaugura una nueva manera de proyectar una carrera política donde el político se convierte en un producto, según Villamil. El discurso político cede a los mensajes que arrastren mayor rating. La política se conduce según el marketing, el liderazgo sigue las reglas de la mercadotecnia y la realidad política se convierte en un espectáculo. En la carrera por el acceso al poder, se da fin a la política y la política muta hacia formas de promoción mercadotécnica. La innovación de Peña Nieto se da más por las formas de acceso al poder que en planteamientos estratégicos; su peso radica en las alianzas con los poderes fácticos: televisoras, empresarios e iglesia católica con una política comunicativa persuasiva, masiva  y constante. Los escándalos y  remolinos provocados por su incursión vaticana, son premonitores, no son un accidente ni un hecho aislado, más cuando Enrique Peña Nieto puntea todas las encuestas como claro favorito para contender por la presidencia de la república. Su estrategia, podría mostrar los límites y peligros de un efecto que podría revertirse en su contra. ¿Hasta cuando y hasta dónde podrá mantenerse el llamado “efecto Peña Nieto”?

La impostura católica de Peña Nieto

Diciembre 23, 2009 por bernardobarranco
La impostura católica de Peña Nieto
Bernardo Barranco V.

Serios retrocesos a la laicidad ha representado este año 2009 que está a punto de concluir. La clase política entra a festejar el bicentenario habiendo traicionado los fundamentos juaristas que dieron sustentos modernos al Estado mexicano contemporáneo. Me refiero no sólo a la contrarreforma antiaborto, promovida por el PRI en 18 entidades de la República, o al acotamiento de libertades laicas, sino a la bochornosa polémica que Enrique Peña Nieto ha protagonizado con su aparatosa y mediática visita que recientemente realizó al Vaticano.

El montaje va más allá de la burda utilización de la esplendorosa escenografía pontificia y de los reflectores televisivos para anunciarnos no nada más la boda del gobernador mexiquense, sino el arranque formal de su candidatura hacia la Presidencia de la República. Peña está anunciando que va con todo y no importan los cómos; junto a gobernadores aliados, incluidos sus presupuestos; su acometida es absoluta y total, no tiene reparos, incluso está dispuesto a sacrificar raíces políticas e identidades ideológicas.

Las imágenes del joven político de Atlacomulco con el papa Benedicto XVI simbolizan una supuesta posición político-religiosa conservadora, apropiada a la atmósfera que ha reinado en nuestro país en los últimos 10 años de gobiernos de la alternancia panista. Con oportunismo, Peña Nieto enarbola los principios cristianos como parte esencial de la estructura ética que lo envuelve. De frontera a frontera, parece anunciar que ha ido ya más allá del casting para convertirse en actor protagonista de primer reparto. De su constante irrupción mediática, pequeñas apariciones, ha dado un salto cualitativo: del posicionamiento al asalto político hacia el poder. El llamado efecto Peña Nieto pasa a una fase operativa; de galán de culebrón se convierte en eminente protagonista, en medio de un complejo reparto político plagado de infames, su inevitable y dramática misión será conducir bien a México y salvarlo de la catástrofe.

En cierta forma, en este episodio pontifical Peña Nieto ha emulado a Vicente Fox, quien también arrancó prematuramente su campaña ondeando el estandarte guadalupano al estilo de Miguel Hidalgo. Evidentemente, el asunto tiene más fondo que los excesivos gastos de la puesta de escena en Roma y la distinción entre lo público y lo privado del actor. La pragmática estrategia mexiquense parece inspirada en las tesis de Zygmunt Bauman, quien sostiene en su libro Tiempos líquidos el abandono de los compromisos, lealtades y sólidas posturas ideológicas para dar paso a la liquidez de lo inmediato, a la volubilidad del interés presente, a la hiperflexibilidad, al pensamiento maleable de corto plazo y, sobre todo, a la separación entre poder y política. El riesgo de alcanzar el supremo objetivo a costa del desdibujamiento de la tradición política del PRI. Muy probablemente juegue a favor la obsesión tricolor por reconquistar Los Pinos, sacrificando su raigambre liberal e implantando un pragmatismo oscurantista que ha llevado a establecer alianzas, es el caso de las leyes antiaborto, con los sectores más recalcitrantes de la ultraderecha. Quizá cuente también la enfermiza obcecación del inexistente grupo Atlacomulco por encumbrar a uno de sus miembros en la silla presidencial, para permitir la construcción de un perfil híbrido, más afín a los principios panistas que a la trayectoria del Revolucionario Institucional.

Efectivamente, el look y la impostura que seguramente han diseñado los publicistas y marketineros de Televisa en Peña Nieto se asemeja más a las características distintivas de un candidato panista: joven, metrosexual, conservador, eficiente, dinámico, católico, patriota, defensor de la familia, apasionado y apuesto. Es la máscara y el maquillaje aplicado para satisfacer los altos niveles de audiencia, posicionándolo a tal grado que le aseguren una inevitable postulación por su partido como hizo hace 10 años Vicente Fox.

La Iglesia católica, astuta como siempre, no es responsable de la apuesta de Peña Nieto; sin embargo, sabrá sacar provecho político con creces, ejercer todo su peso simbólico y lobby para posicionar su visión, misión y acentos políticos propios.

Peña Nieto y el PRI han abierto la puerta para que de nueva cuenta la jerarquía católica irrumpa con gravitación en la escena política del país; veremos las consecuencias. Ésta se ha beneficiado de un diagnóstico errado de la clase política que establece un supuesto peso electoral de los obispos católicos y de un aparente liderazgo en la orientación y en las preferencias políticas subyacentes en los fieles-electores.

El gobernador mexiquense parece desempolvar las viejas tesis salinistas sobre el papel político de la Iglesia y asignarle un papel de aliada estratégica. Y no me sorprendería que lo incorpore como parte de su discurso político; en todo caso, ya dio línea públicamente para que su Congreso endurezca penalizaciones en caso de aborto a las mujeres de la entidad. Esta tentación ha estado presente en muchos gobiernos, particularmente en momentos de apuro, con altos costos y facturas.

Con estilos muy diferentes, la esencia de Juanito y Peña Nieto es la misma: son subyugados por el protagonismo y el canto de las sirenas. Los próximos meses presagian sordas disputas donde presenciaremos duros golpeteos y se pondrá a prueba la apasionada adhesión del gobernador a los principios cristianos.

El PRI ha traicionado el Estado Laico

Diciembre 10, 2009 por bernardobarranco

El PRI ha traicionado el Estado Laico

Bernardo Barranco V.

Vivimos tiempo de regresiones. El debate suscitado en torno a repenalización del aborto en 17 entidades del país, pone en evidencia del retraimiento institucional que llega al extremo de la agresión, criminalizando la opción de las mujeres. La cuestión tiene más fondo, el país no solo vive una recesión económica sino también política, los grandes principios, identidades y tradiciones políticas están deflacionadas, en su lugar se vive el reino del pragmatismo como un factor exaltado hasta niveles oscurantistas.  Dichas reformas fueron votadas al vapor, sin discusión ni consultas, mostrando un inusitado rostro autoritario que convierte a los poderes legislativos en la nueva inquisición. Con justa razón Juan Ramón de la Fuente, denunció hace unos días que “nos acercamos a Estados que van tomando tintes más autoritarios, más fundamentalistas y menos diversos, menos plurales y respetuosos…El verdadero Estado democrático debe garantizar los derechos de todos, incluyendo las minorías, porque imponer políticas públicas a partir de creencias personales genera polaridades, revive confrontaciones y caldea los ánimos”.

La ultraderecha católica ha encontrado un nuevo y generoso aliado, el PRI. Las reformas fueron operadas con el apoyo decidido del PRI desde los más altos niveles. La jerarquía católica hizo impecablemente su trabajo, cabildeó con los gobernadores, así lo reconoce abiertamente el obispo de Acapulco Felipe Franco (Milenio 29/11/2009).

El PRI no solo esta traicionando la tradición laicista del Estado que este mismo partido  impulsó desde los años veinte sino se traiciona a sí mismo. El partido fundado por Plutarco Elías Calles, asume la postura laicista de la Constitución de 1917; dicha orientación se envilece hacia una actitud anticlerical cuyo clímax se vive en el enfrentamiento cristero 1926-1929.  Del laicismo anticlerical se llega a los llamados “arreglos” o mudus vivendi que le permite a la clase política encontrar convergencia y serenar los ímpetus políticos de un sector católico que al igual que en España aspiraba construir una república católica. Décadas de simulación, aseguraron que la alta jerarquía avalara la rectoría priista en el Estado, hasta las reformas constitucionales de 1991 y el restablecimiento de relaciones diplomáticas con la Santa Sede. El entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, encuentra en el nuncio apostólico Girolamo Prigione  y en la Iglesia  aliados estratégicos para su proyecto modernizador. ¿Será que el l PRI ha desempolvado las tesis salinistas sobre las alianzas políticas con el alto clero?.  Sin embargo, salvo el delirio salinista, el PRI había cuidado las formas y su comportamiento fue cuidadoso. En los últimos 15 años, apoyándose en la izquierda, el PRI extendió garantías para que en casi todos los estados del país hubiera excepciones que permitieran el aborto, como en caso de violaciones o la salud en riego de la madre. Recordemos que a iniciativa precisamente del PRI, el 24 de abril de 2007 la Asamblea Legislativa del Distrito Federal despenalizó el aborto en las primeras doce semanas de gestación, lo que permitió a las mujeres acceder a la interrupción voluntaria de embarazos no deseados.¿Entonces, qué ha pasado?. Pareciera que la obsesión política del PRI por regresar a Los Pinos es tal que le lleva a  establecer alianzas, inverosímiles e imprudentes con los sectores de la ultraderecha, del PAN y miembros del alto clero, renunciando así su propia tradición liberal y laica. ¿Qué tan real es el voto católico y que tan efectivo es el liderazgo electoral de la jerarquía?

El costo político ha sido alto y pareciera que se ha desencadenado un efecto bumerang. Su presidenta Beatriz Paredes ha sido objeto de escarnio político mediático, especialmente  de sus antiguas aliadas: las feministas. Martha Lamas, por su parte, narra que un grupo de mujeres asistió a la última reunión del consejo de la Internacional Socialista para denunciar que el PRI, integrante de dicha organización, está aprobando leyes que atentan contra los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. María de la Heras en base a encuestas advierte que casi la mitad de los electores del partido desaprueban dichas acciones (El País, 23/11/2009). Para colmo, surgen desacuerdos internos como lo reconoció el senador priista Pedro Joaquín Coldwell; por un lado los legisladores dan marcha atrás en las penalizaciones, Veracruz, y de plano se deja el tema en Michoacán.  Francisco Labastida Ochoa llama a reformar el artículo 40 de la constitución para establecer plenamente el carácter laico del Estado, mientras el diputado priísta César Augusto Santiago presentó una iniciativa para garantizar que las mujeres cuenten con atención médica para abortar. Se percibe desorden y desdibujamiento del partido frente a las acciones consumadas. Ante este escenario, convendría preguntarse por el debate en el Estado de México y los contenidos así como la oportunidad, en torno a la visita del gobernador Enrique Peña Nieto a Benedicto XVI en Roma. ¿Será que por la misteriosa acción del espíritu santo, la clase política se esta convirtiendo a los principios éticos, religiosos y doctrinarios de la Iglesia?.

Milenio Estado de México, 10 de diciembre de 2009

La exclusión religiosa de los homosexuales

Diciembre 9, 2009 por bernardobarranco
La exclusión religiosa de los homosexuales
Bernardo Barranco V.

Las polémicas declaraciones del cardenal Javier Lozano Barragán, a pesar de haber sido desmentidas, han dado la vuelta al mundo y desatado las más agrias protestas de actores que reconocen la diversidad y la pluralidad como condiciones de existencia de un mundo culturalmente cada vez más globalizado, por ello la suerte básica de esta multiculturalidad es la tolerancia.

Recordemos las discutidas declaraciones de Lozano al sentenciar que tanto los gays como los transexuales no entran en el reino de los cielos porque todo lo que va contra la naturaleza y la dignidad del cuerpo, ofende a Dios; y no lo digo yo, sino San Pablo. Enseguida Federico Lombardi, vocero del Vaticano, descalificó al cardenal mexicano. Refirió las bondades con que el nuevo catecismo aborda la condición homosexual e invocó las acciones del Vaticano en el plano internacional tendientes a dignificar los derechos de los homosexuales.

Por su parte, el vaticanista italiano Andrea Tornielli, defensor de oficio del Papa, explicó que la Iglesia hace bien en condenar una cierta ideología homosexual, pero no puede cerrar las puertas del paraíso a los homosexuales y transexuales, porque el juicio, gracias a Dios, espera a Dios, y la teología católica siempre ha enseñado que hasta el final siempre está la posibilidad de arrepentirse de los propios pecados, invocando la misericordia divina.

Tornielli, fingiendo no conocer el pensamiento de Lozano, remató disculpándolo: no puedo creer que (el cardenal), siendo teólogo, haya hecho esas afirmaciones, que con toda probabilidad son una indebida síntesis de su entrevistador, el periodista italiano Bruno Volpe, quien publicó la nota en el ortodoxo portal católico www.pontifex.roma.it. Empero, la postura de Lozano Barragán no está del todo lejana del actual pensamiento conservador de Roma en los tópicos de la sexualidad.

Tan sólo hace un año, ahí están los registros, Benedicto XVI criticó crudamente a los homosexuales en su discurso de fin de año, en el cual calificó de grave amenaza para la humanidad la confusión de los sexos, porque es la negación de las leyes de la naturaleza. Dicha posición recibió fuertes críticas de asociaciones y personalidades homosexuales tanto en Italia como en el resto de Europa. Este severo pronunciamiento ocurrió pocos días después de que el Vaticano rechazó aprobar la propuesta de despenalización universal de la homosexualidad, presentada el 18 de diciembre de 2008 en las Naciones Unidos por 66 países.

Históricamente la Iglesia ha venido condenando no nada más la homosexualidad, sino toda expresión de la sexualidad que no tiene su fundamento y ejercicio en el matrimonio heterosexual, cuyo principio esencial es la procreación. El placer es relegado, se asume con vergüenza y entra en una pantanosa zona oscura.

Así, por ejemplo, la masturbación, las relaciones pre y extramatrimoniales, el sexo entre personas del mismo sexo, el sexo intergeneracional o en grupo, el fetichismo, la prostitución, el voyeurismo, etcétera son considerados perturbaciones, desórdenes morales inadmisibles ética y religiosamente. Lo cual desencadena, según expertos en sicología, comportamientos patológicos en sectores católicos que llevan a vivir culpígenamente la sexualidad.

Por supuesto, las uniones homosexuales son tajantemente repudiadas. Joseph Ratzinger, siendo prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, en un breve documento intitulado Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales (3/6/03), de manera tajante pide a los políticos: Desenmascarar el uso instrumental o ideológico que se puede hacer de esa tolerancia; afirmar claramente el carácter inmoral de este tipo de uniones; recordar al Estado la necesidad de contener el fenómeno dentro de límites que no pongan en peligro el tejido de la moralidad pública y, sobre todo, que no expongan a las nuevas generaciones a una concepción errónea de la sexualidad y del matrimonio… A quienes, a partir de esta tolerancia, quieren proceder a la legitimación de derechos específicos para las personas homosexuales conviventes, es necesario recordar que la tolerancia del mal es muy diferente a su aprobación o legalización.

Los homosexuales son seres cargados de pecados de los que deben arrepentirse; la Iglesia podría aceptarlos siempre y cuando renuncien a ejercer sus preferencias y prácticas sexuales; una especie de homosexualidad casta. Son referidos como enfermos que deben sujetarse a tratamientos de terapeutas y sacerdotes que permitan revertir el mal.

A raíz de los escándalos de pederastia, la Iglesia expresó su preocupación extrema por la propagación de la imagen del sacerdote homosexual que abusa de menores varones. En 2005, Benedicto XVI firma una instrucción que prohíbe la entrada a los seminarios y la ordenación de personas homosexuales o de aquellos que presenten rasgos o apariencias homosexuales.

Marco Politi, vaticanista y biógrafo de Juan Pablo II, deploró entonces que en la Iglesia católica el sacerdote gay sea visto como un triple traidor: rompe el compromiso sagrado del celibato, traiciona la masculinidad de la institución y atenta contra el ícono de Cristo, representado por el sacerdote.

Si bien los pontífices y el Vaticano se han pronunciado por respetar la dignidad de homosexuales en la práctica, su actitud es contradictoria y excluyente, aun más severa con los miembros de su clero que se atreven a reconocerse en tanto tales.

Lamentablemente, las declaraciones de Javier Lozano Barragán no fueron el accidente de un cardenal senil semirretirado: expresan una postura muy viva en los pasillos vaticanos. Sin embargo, retomando íntegramente la cita de San Pablo en la que fundamentó la exclusión de los homosexuales, ahí mismo también excluye del reino de Dios a borrachos, maldicientes, robadores y mentirosos. Por tanto, quedan fuera del paraíso también los muchísimos diputados, senadores, dirigentes políticos, altos funcionarios, miembros del alto clero y conductores de noticieros.

La Jornada 9 de diciembre de 2009

Los secretos de la ultraderecha católica

Noviembre 25, 2009 por bernardobarranco

Los secretos de la ultraderecha católica

Bernardo Barranco V.

 

El Yunque es una sociedad semisecreta que nace en México a mediados de los años cincuenta en plena guerra fría, alentada por religiosos poblanos, persigue la finalidad de  “instaurar el reino de Cristo en la tierra”. Traducido al leguaje llano,  el objetivo del Yunque es incidir en el poder público para instaurar en México un Estado católico. Actualmente detenta importantes niveles de poder e influencia política, económica y religiosa a través principalmente del PAN. Así lo refiere Luis Paredes (alias Enrique Cid) en el libro que acaba de aparecer en los estantes de las principales librerías, titulado “Los secretos del Yunque, historia de una conspiración contra el Estado mexicano”, de la editorial Grijalbo. Digámoslo claro, el texto no aporta datos nuevos ni revelaciones espectaculares a las investigaciones sobre el tema,  realizadas por Álvaro Delgado y Edgar Gonzáles Ruiz. Sin embargo, el valor del texto es que es un valioso testimonio de un arrepentido militante yunquista, activo desde 1968,  que se atreve afirmar que la organización ha sufrido mutaciones y desviaciones que la coloca por sus métodos de coacción como una asociación de carácter delictivo. El autor revela que el PAN ha tenido tres presidentes surgidos de la organización: Luis Felipe Bravo Mena, Manuel Espino y el actual César Nava. En el poder destacan actualmente, tres gobernadores yunquista en los estados de Guanajuato, Jalisco y Morelos. De ellos, descuella despunta el “gober piadoso” Emilio González quien apoya fervorosamente con recursos públicos la construcción de un megamonumento cristero. Altos funcionarios públicos han surgido de las filas de esta organización católica como Carlos Abascal, Luis Pazos, José Luis Luege Tamargo, Alberto Cárdenas,  Cecilia Romero, Ana Teresa Aranda. Y muchos más nombres,  entre los que destacan sus verdaderos dirigentes Bernardo Ardavín (Coparmex) y Guillermo Arzac (movimiento blanco).

 

La ultraderecha católica mexicana, busca instaurar un orden social cristiano. Es heredera de lo que el sociólogo francés, Emile Poulat, denominó el catolicismo social intransigente, cuyas raíces se remontan al rechazo de los valores y sistemas sociales construidos por la modernidad que se sustentan en la racionalidad y en la noción de progreso e individuo. Esta ultraderecha católica es depositaria del radical pensamiento cristero, rabiosamente anticomunista, antiliberal masónico y antijudío. La versión más contundente  de este  antimodernismo católico es personificada por el Papa Pío IX en su famoso Sylabus de 1864. Ya Guillermo Arzac, en su clásico libro: “La democracia en México”,  alertaba con preocupación la reactivación de estos grupos en 1961,  que además de exaltar campañas anticomunistas, “cristianismo sí comunismo no”, manifestaban preocupación por la “ profanación de las costumbres”  Esa misma matriz intransigente ha llevado a la violencia no solo a grupos de derecha sino a católicos de izquierda. La ultraderecha católica mexicana fue  ingeniosamente caricaturizada por el periodista Manuel Buendía, a la que llamó la “Santa Mafia”.

 

En los secretos del Yunque, Luis Paredes, describe las negociaciones y alianzas con prominenetes políticos priistas que van desde el presidente  José López Portillo, Mario Marín hasta Manuel Bartlet; igualmente se develan redes de acción y complicidad con organizaciones afines,  destacan las históricas como MURO, GUIA, FUA: Así como  las actuales: Pro Vida, Desarrollo Humano Integral y Acción Ciudadana (DHIAC), la Asociación Nacional Cívica Femenina (Ancifem), la Unión Nacional de Padres de Familia, Caballeros de Malta, entre otros. Y estrechos contactos con los Legionarios de Cristo y Opus Dei. Del libro se desprende claramente, la lucha por el poder interno. El permanente sabotaje yunquero sobre Felipe Calderón tendiente a debilitarlo y coparlo

 

En una sociedad mexicana cada vez más abierta y sensible a la globalización de los mercados; una sociedad más  plural, diversa y multicultural la propuesta yunquista es no solo anacrónica sino peligrosa porque trata de imponer una sociedad teocrática de pensamiento único que como algunas repúblicas islámicas, reinan el autoritarismo, la intolerancia y el totalitarismo. ¡Qué Dios nos proteja del Yunque!.

Milenio Estado de México, Jueves 26 de noviembre de 2009