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Presidentes mexicanos y Papas: relaciones de escándalo

mayo 3, 2011




Arturo Rodríguez García
Proceso
MÉXICO, D.F. 29 de abril (apro).- Los encuentros entre presidentes mexicanos y Papas han sido escandalosos, pues pese a la histórica separación entre el Estado mexicano y la religión, han aprovechado la influencia religiosa papal para fines personales e incurrido en excesos durante las últimas cuatro décadas.

La reforma juarista en el siglo XIX y la “guerra cristera” en la segunda y tercera décadas del siglo XX derivaron en violencia y en una separación Iglesia-Estado elevada a rango constitucional. Fue Carlos Salians de Gortari, en 1992, el presidente mexicano que decidió restablecer las relaciones diplomáticas con El Vaticano.

Sin embargo, durante todo el siglo XX, la jerarquía religiosa mexicana, en especial la católica, insistió en la modificación de varios artículos constitucionales: El 3 (sobre educación laica), 5 (sobre garantía de libertad), 24 (sobre el culto), el 27 (que prohibía a la Iglesia pudiera tener bienes) y el 130 (de separación Iglesia-Estado).

Salvo el artículo 3, las reformas se alcanzaron en 1992, con el régimen salinista, cuando también se aprobó y entró en vigor la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público.

No obstante la ausencia de relación diplomática, los contactos entre los presidentes mexicanos con El Vaticano, se mantuvieron mucho antes que la reforma salinista y fueron ampliamente comentados desde que Luis Echeverría visitó la sede católica en 1974.

En entrevista con Apro, el experto en religiones Bernardo Barranco recuerda la polémica desatada con el primer contacto público de un presidente mexicano con un Papa: La visita de Luis Echeverría al Vaticano, en 1974, cuando acudió ante Paulo VI, con el propósito de agradecer su apoyo para la Carta de los Derechos y Deberes Económicos de los Estados, conocida comúnmente como Carta del Tercer Mundo.

Sin embargo, la primera vez que un contacto de esa naturaleza detonó un escándalo político, fue durante la primera visita de Juan Pablo II a México en 1979.

Barranco refiere la primera visita del sumo pontífice en enero de 1979, cuando era presidente José López Portillo, quien, a juicio del investigador, “reveló la hipocresía de la clase política mexicana”.

El mandatario recibió al Papa en el hangar, lo saludó y le dijo: “Lo dejo con la feligresía”, acentuando así la cortesía política con una sana distancia Iglesia-Estado.

En esa ocasión, por primera vez en muchos años, el gobierno autorizó una misa al aire libre que, también por primera ocasión, se transmitió por televisión; pero lo que más escandalizó fue una de las excentricidades al estilo López Portillo, pues consiguió que la gira se detuviera en Los Pinos, la residencia oficial, para que el Papa oficiara una misa ahí, a fin de satisfacer un capricho de su madre.

Expuesto en la opinión pública, López Portillo minimizó las complicaciones legales y políticas derivadas de la ausencia de relaciones diplomáticas y, ante las críticas a la recepción en la residencia oficial, tuvo un desplante más: respondió diciendo que pagaría de su bolsillo la sanción prevista en la ley, por violar la laicidad del edificio público.

El secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, herido en su liberalismo juarista, renunció al gabinete.

Para Carlos Salinas de Gortari el reproche fue “por lo animoso, mimoso y dulce de su conducta, en palabras y como gran patrocinador de la faraónica visita de Juan Pablo II en 1990, que constituyó el preámbulo para los cambios constitucionales de 1991 (sobre la relación Iglesia-Estado)”, dice Barranco.

Respecto a Ernesto Zedillo, el investigador afirma que tomó distancia. Tan indiferente fue a la Iglesia que llegó a tener problemas diplomáticos cuando, en enero de 1996, estaba por iniciar una gira por Italia sin haber incluido al Vaticano.

La cancillería quiso agregar la visita al Vaticano de última hora para una salutación a Juan Pablo II, quien ya tenía programada una gira en el extranjero, a la que debieron hacerle ajustes.

Empantanados en los yerros diplomáticos, el Papa  regaño a Zedillo públicamente.

“El momento más crujiente fue con Vicente Fox, en la última visita de Juan Pablo II, un Papa disminuido, cansado y enfermo, que vino a canonizar a Juan Diego en 2002. El escándalo fue porque Fox se hincó y le besó la mano”, recuerda Barranco.

Ese exceso de Vicente Fox fue justificado por el entonces secretario de Gobernación, Santiago Creel Miranda, quien sostuvo que al arrodillarse y besarle la mano a Karol Wojtyla, Vicente Fox hizo uso de su libertad religiosa, sin hipocresías.

En el caso de Vicente Fox, que asistió a las exequias de Juan Pablo II en abril de 2005, no hubo polémica, pues el presidente acudió a los funerales de otro jefe de Estado, como lo hicieron decenas de líderes mundiales.

Eso no ocurre esta vez con Felipe Calderón. La polémica, aunque menos estridente que las de sus predecesores, en relación a su viaje al Vaticano, es por la forma en que la Oficina de la Presidencia de la República y la cancillería, justificaron, en la calidad de jefe de Estado, la asistencia del presidente a un acto netamente litúrgico, en compañía de su esposa.

Fuente: Proceso

La Iglesia ante el bicentenario

septiembre 15, 2010
La Iglesia ante el bicentenario
Bernardo Barranco V.

La Iglesia católica ha tenido un bajo perfil en estas celebraciones del bicentenario. No sólo es marginación, como acusa Valdemar, sino que ha llegado a esta celebración muy erosionada. Pese a su intención original, ha perdido una oportunidad para analizar con una mirada diferente el papel que ésta ha jugado en nuestra historia. Cabe señalar que la historiografía oficial, marcada por el liberalismo, posteriormente por la visión de revolucionarios e intelectuales socialistas en el siglo XX, han estigmatizado a la Iglesia a contracorriente de la historia. La visión oficial, pese a 10 años de gobiernos panistas, es el de la Iglesia reaccionaria que ha abanderado causas a contramano del progreso y del devenir de nuestro desarrollo como país moderno. Sin embargo, pese al actual reconocimiento a las diversidades existentes, la conformación de nuestra cultura está marcada también por el influjo religioso. Ya lo señalaba Jean Meyer: “Después del milenarismo franciscano elucidado por John Phelan, vino el guadalupanismo, estudiado por David Brading, que presentó a la Nueva España a México como el hijo predilecto de la Virgen María: Non fecit taliter omni nationi. Desde el estandarte del cura Hidalgo hasta las banderas zapatistas y cristeras, desde los sermones de fray Servando hasta el discurso de Casauranc en Celaya y la construcción de la nueva basílica, bajo la protección del presidente Luis Echeverría; todos los políticos lo saben. Esa estrecha relación entre la Virgen morena y la nación mexicana llevó a Altamirano a escribir: ‘el día en que no se adore a la Virgen del Tepeyac en esta tierra, es seguro que habrá desaparecido no sólo la nacionalidad mexicana, sino hasta el recuerdo de los moradores del México actual’.” (Nexos, 03/10). Si bien esta última frase puede resultar exagerada, personalmente me quedo con la obra del historiador David Brading, quien enmarca que detrás del nacionalismo político en el pensamiento de Hidalgo y Morelos, se ubica el avivamiento guadalupano y la creatividad del patriotismo criollo.

El martes 30 de agosto de 2010, la Conferencia del Episcopado Mexicano presentó la carta pastoral: Conmemorar nuestra historia desde la fe para comprometernos hoy con nuestra patria. En un intento muy ambicioso para un texto pequeño, la jerarquía católica se abre para dialogar y discernir sobre su papel no sólo en la conformación de nuestra historia, sino ante los actuales debates sobre el futuro del país y la construcción de un proyecto de nación. Ya desde 2008, cuando anunció la realización de un programa de conmemoraciones, sectores salieron críticamente a discutir ¿qué iba a festejar la Iglesia? Por ejemplo, la historiadora Patricia Galeana cuestionaba el hecho de que la Iglesia quiera cambiar la historia y se refirió a los intentos de recuperar a Juárez como católico y guadalupano, y sobre todo la polémica viva en ese momento en torno a la excomunión de Miguel Hidalgo; señaló que aun cuando los religiosos sostengan que Miguel Hidalgo murió en el seno de la Iglesia, “esto es parte del maniqueísmo neoconservador… fue excomulgado porque se revelaba contra la corona española, es decir, tenía una finalidad evidentemente política” (Milenio, 18/11/08).

A pesar de la sugerente intención de los obispos para remirar la historia con una nueva actitud, la carta pastoral no ha tenido eco. El documento tuvo competidores internos; ya en la presentación del texto fue estropeado por las tronantes declaraciones, justo en la víspera, de Hugo Valdemar, que eclipsaron la expectativa del acto; enganchado en su querella contra Marcelo Ebrard, la atmósfera era crispante; inmediatamente después del acto, las declaraciones desafortunadas e inoportunas de Onésimo Cepeda ensombrecieron mediáticamente toda posibilidad para que las propuestas de la carta tomaran vuelo y propiciaran una reflexión más profunda en la sociedad. Las quejas y reclamos de los voceros sobre la marginación a la Iglesia de los festejos del bicentenario son bien poco autocríticos, pues no pueden abstraerse del clima tirante y tenso de un 2010 azaroso entre la jerarquía católica frente a importantes sectores de la sociedad. Si bien esta atmósfera negativa que ha envuelto a la Iglesia, fruto de las acusaciones de pederastia, encubrimientos, revelaciones sobre las patologías de Marcial Maciel y de los legionarios, las polémicas poco venturosas en torno al aborto y uniones gays, han cobrado una factura innegable. También denota que las agendas y cronómetros de la jerarquía tienen compases distintos o de plano se pone en evidencia las diferencias existentes en su seno. Igualmente es reprobable que los medios se hayan dejado llevar más por las jaladas de Onésimo Cepeda y dejaran a un lado un debate de fondo que tienda a mirar la historia con nuevos ojos. Las propuestas de la carta pastoral dan para un debate intenso, sin embargo, el relativo silencio también refleja el bajo o pobre nivel con el que la sociedad mexicana asume su bicentenario en general. Quizá sea mejor quedarnos sólo con la parte festiva, dada la atmósfera generalizada de desánimo y de implosión social, usando el concepto de Roger Bartra.

La carta pastoral propone circunscribirse a los eventos Independencia y Revolución. Pero dedican largos párrafos a la primera evangelización y al hecho guadalupano y dejan prácticamente en blanco el papel de la Iglesia en la Inquisición, la participación del clero en la guerra de Reforma y la cristiada. El texto tiene poca fuerza, la autocrítica es tenue y en verdad con pocas aportaciones pese a que fue precedido de muchos coloquios y reuniones de especialistas. La carta pastoral no termina de revisar la historia ni aportar contundentemente los temas centrales en la agenda actual. Demasiados propósitos y manos para un solo texto. Sin embargo, queda abierta la puerta de parte de los obispos para revisar con otros ojos, con nuevas actitudes y relecturas la larga historia de conflictos en que la Iglesia ha intervenido, pese a todo, formando parte de la construcción de nuestra identidad como nación. Las heridas históricas aún no han cicatrizado y menos en un año como 2010.

La Jornada, miércoles 15 de septiembre de 2010

Schulenburg, el abad de las contrariedades

julio 24, 2009
Schulenburg, el abad de las contrariedades

Bernardo Barranco V.

Guillermo Schulenburg fue abad de la Basílica de Guadalupe durante 33 años. Fue un actor eclesiástico poderoso e influyente en la vida pública de México. Gracias a su estrecha relación con Emilio Azcárraga Milmo, de manera audaz y pionera logra posicionar sus misas dominicales y Mañanitas guadalupanas las madrugadas del 12 de diciembre en la televisión abierta, brincándose toda norma prohibitiva. Probablemente su mayor logro fue haber construido la nueva basílica entre 1974 y 1976, empresa millonaria que sorteó con las aportaciones empresariales y principalmente de los gobiernos de Luis Echeverría y de José López Portillo, en apariencia dos garantes y defensores del Estado laico.

 

Si bien bien en sus memorias se vanagloria de haber pronunciado más de 2 mil homilías ante los 12 o 15 mil peregrinos que acudían regularmente a La Villa, y las casi 100 mil personas que llegan los domingos, Guillermo Schulenburg Prado será recordado más por ser un guadalupano antiaparicionista: el abad que se atrevió a oponerse a la canonización de Juan Diego.

Schulenburg vivió y formó parte del sistema del partido de Estado y del absolutismo presidencialista. Fue heredero de las dotes diplomáticas de Luis María Martínez, arzobispo que supo sacar provecho de la simulación de la separación Iglesia-Estado, que predominó a finales de la década de los años 40.

Era recurrente escucharle que había acompañado en su lecho de muerte a algunos presidentes de México. En uno de sus últimos artículos reprocha a Acción Nacional la falta de resultados en el pasado proceso electoral de 2009; añorante de esos buenos tiempos que vivió, escribió: “Los miembros del PAN poseen una doctrina muy plausible, muy cercana a la católica y valores muy sólidos. La mayoría de ellos van a misa los domingos, pero eso no basta… Lamentablemente, a consecuencia de esa inexperiencia y esa falta de conocimiento –que se deriva quizá de tantos años en la oposición–, el PAN no ha podido sacar adelante al país. México, en ese sentido, sigue dando unos pasos para adelante y otros para atrás” (www.gentesur.com.mx).

La ambivalencia acompañó toda la vida de Schulenburg. Hijo de inmigrante alemán, huérfano a los 12 años, vivió penurias y pobreza; lo encontramos en la década de los 60 en la plenitud de su 50 años, alar-deando parentescos con la nobleza europea de Hannover. Custodio del santuario guadalupano que condensa la religiosidad popular más intensa del continente que practica la gente más humilde, no tiene empacho de darse al mismo tiempo una vida disipada de acaudalado.

Schulenburg reconocía la profunda devoción guadalupana, tan pujante y ardiente que, según él, daba sentido a la identidad y al ethos mexicano; sin embargo, llega a dudar sobre la existencia histórica de Juan Diego y, por tanto, del milagro guadalupano que consistió en el encuentro con María de Guadalupe, encuentro entre dos culturas que para el abad fue más simbólico que real.

Si bien convivió y se mimetizó con las clases de poder y fue capellán de poderosas familias de la elite mexicana, llegó a apoyar causas religiosas progresistas mal vistas por la alta jerarquía, como fueron sus desprendidos apoyos económicos a Cencos, al secretariado social mexicano, al Centro Nacional de Ayuda a las Misiones Indígenas y a obispos como Samuel Ruiz o Sergio Méndez Arceo; incluso llegó a simpatizar y solidarizarse con sectores indígenas de Chiapas, muy a pesar del cerco que el entonces gobierno de Zedillo quiso imponer a la causa zapatista.

Sus mayores escándalos no fueron el reconocimiento de algunos hijos y demandas de paternidad, sino desconocer al indio del Tepeyac. Tenemos presente el testimonio de Javier Sicilia, quien realizó la entrevista original al entonces abad Schulenburg para la revista Ixtus en su número invernal de 1995, donde distinguía, muy de paso, el símbolo religioso guadalupano y sus dudas sobre la existencia de Juan Diego, el personaje histórico. Un año después, el vaticanista Andrea Tornelli, quien se rumora será el nuevo portavoz del Vaticano, publica en 30 Giorni los fragmentos más candentes del diálogo y, descontextualizándolos, cuestiona duramente al abad en momentos en que se desató una batalla entre éste y el nuevo arzobispo Norberto Rivera por el control y los dineros de la abadía.

Refresquemos la memoria para evocar que los Legionarios de Cristo, entonces en el cenit, habían copado y conducido la política comunicativa de Rivera Carrera. La sincronización entre Roma y México, Tornelli-televisoras mexicanas, fueron mediáticamente demoledoras; el linchamiento hacia el abad estaba consumado, su renuncia se hizo formal en septiembre de 1996. Recordemos las interrogantes de Sicilia: “¿Quién hizo llegar a Tornelli esa entrevista que nadie había atendido un año antes? ¿Cuál era el objeto si Juan Diego estaba ya beatificado? ¿Por qué buscar escandalizar la fe del pueblo? Alguien –no diré el nombre de un muy alto funcionario involucrado en el problema– me dijo: fue Norberto y algunos sectores interesados en apropiarse no sólo de la economía de la abadía –por cierto, horriblemente utilizada por Schulenburg–, sino del control de ésta y del propio capital simbólico de Juan Diego” (Proceso 1319, 11/2/02).

Meses antes de la canonización de Juan Diego y seis años después de su renuncia, el propio Tornelli publica una carta interna firmada por varios sacerdotes, entre ellos Schulenburg, dirigida a la Congregación romana de los Santos en la que pidieron sin éxito reconsiderar la santificación.

Schulenburg muere a los 93 años y probablemente se lleve a la tumba cientos de valiosos materiales sobre las apariciones que varias veces amenazó con destruir para no seguir abonando a la polémica (Siempre!)… Y después de todo, ¿dónde quedó San Juan Diego? Creemos que desdibujado por la excesiva comercialización y la incapacidad pastoral de la arquidiócesis. Probablemente Schulenburg tuvo razón.

 La Jornada, miercoles 22 de junio de 2009