Obispos mexicanos en vísperas de un nuevo ciclo

Obispos mexicanos en vísperas de un nuevo ciclo
Bernardo Barranco V.
28 de diciembre de 2016
En los próximos meses habrá numerosos cambios en las sedes episcopales. Más de 10 diócesis esperan recambios de obispos y arzobispos. Sin duda, la joya de la corona será el arzobispado de Ciudad de México. Por tanto, no se descartan jaloneos y rivalidades sacras que involucran no sólo al papa Francisco y dicasterios romanos, sino al nuncio Franco Coppola, cardenales y a la propia Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM). Aunque el Papa podría retrasar algún tiempo la salida de Norberto Rivera, es un hecho que se acentúa un relevo generacional importante en la élite católica. Es el fin y el inicio de un nuevo ciclo en la vida de la Iglesia, que empezó con el pontificado de Francisco. ¿Qué es lo que está en juego con el recambio? ¿Francisco nombrará obispos más pastores que administradores y políticos del sacramento? ¿Los nuevos obispos pugnarán por una Iglesia en salida con sensibilidad por los pobres y la justicia social?

El episcopado mexicano ha vivido en 2016 un año crucial. Fue sacudido de manera severa por el papa Francisco en su mensaje de Catedral, el pasado 13 de febrero, en su visita a México. Los obispos no se imaginaron los reproches a la desunión imperante, la falta de pastoralidad y sobre todo su apego hasta la subordinación al poder y a los poderosos. Por otra parte, se enfrentaron con alevosía al debilitado gobierno de Enrique Peña Nieto en torno a la iniciativa de reforma constitucional sobre los matrimonios igualitarios. La hostilidad hacia al mandatario rebasó los recatos y pudores sagrados. El vocero de la arquidiócesis primada, Hugo Valdemar, envalentonado, denunció alta traición del Presidente y lo acusó de haber apuñalado por la espalda a la Iglesia.

El fondo no fue cómo enfrentaron las bodas gays, sino con quiénes. Una buena parte de los obispos legitimaron de manera abierta a organizaciones de la extrema derecha católica en México para convocar, organizar y conducir a la grey católica en numerosas y nutridas marchas en todo el país. La presencia del nuncio Franco Coppola puso orden en la disputa, despresurizando las demandas clericales y mandatando apertura de diálogo y entendimiento con el gobierno federal. Sin embargo, los grupos vinculados a El Yunque supieron sacar provecho, posicionándose como estructuras no sólo de contestación, sino de movilización; no sólo al servicio de la Iglesia, sino del Partido Acción Nacional. Por tanto, irrumpen en la contienda de poder interna que incluye designación del candidato hacia 2018 con relativa gravitación.

El año que termina muestra una jerarquía católica enferma, desunida y cuestionada hasta por su propia autoridad pontifical. Desde hace lustros esta jerarquía no ha tenido la capacidad de dialogar ni compenetrarse en la cultura contemporánea. La CEM se ha contentado con reiterar la agenda moral vieja de denuncia, defensa de la familia tradicional, contra los homosexuales y el aborto, etcétera. Al mismo tiempo, entabla relaciones muy complacientes ante el poder. Es evidente que la jerarquía no es toda la Iglesia, hay una vasta red de religiosos y religiosas, sacerdotes y laicos, así como de un considerable entramado de instituciones católicas como escuelas, seminarios, universidades y parroquias. Sin embargo, dada la estructura vertical de la Iglesia, es el obispo la autoridad plenipotenciaria, definitoria y territorial de la acción de la Iglesia en el ámbito diocesano. Junto con la arquidiócesis de México, escribe desde Guadalajara Rubén Alonso, las arquidiócesis de Acapulco (vacante), y en proceso de quedar en esa situación Oaxaca y San Cristóbal de las Casas, así como Torreón, Veracruz y Mixes, y cubrir las ya vacantes de Matehuala, Tarahumara y Tlaxcala. En unas se prevé la promoción de obispos en funciones o traslado de obispos(Milenio Jalisco, 26/12/16). Algunos analistas católicos festejan cambios generacionales desde Benedicto XVI; hablan desde entonces de una primavera episcopal. Yo no sería tan optimista, los hechos no han demostrado que los nuevos nombramientos sean obispos con olor a ovejas. Es más, el birrete cardenalicio a Carlos Aguiar Retes es otorgado a un actor con perfil más de príncipe que de pastor, más cercano a los poderes que al pueblo. Le salva que ha sido severamente cuestionado por la derecha yunquista. En la designación de los nuevos obispos tampoco hay mucho de dónde elegir, en realidad el problema es más de fondo. Recordemos el memorable libro Cruce de espadas: política y religión en México (Oxford University Press, 1997), del estadunidense Roderic Ai Camp, en el que demuestra que la mayoría de los miembros de la élite eclesiástica en México proviene y tiene un origen humilde y popular, tanto urbano como principalmente campesino. Incluso señala un paralelo institucional con la composición social de las fuerzas armadas de México. Habría que sumar que los candidatos actuales pertenecen a la generación Wojtyla/Ratzinger. Son religiosos formados en la disciplina a Roma, la mayoría de los presbíteros de corte conservador, sin chispa intelectual ni carisma mediático, carreristas con bajo perfil, diestros en las intrigas palaciegas. En una palabra: clericalizados.

Aunque le retarden la renuncia a Norberto Rivera, su ciclo ha concluido. Adicto al poder, el cardenal ha cosechado escándalos y muy baja aceptación de la feligresía capitalina. Hace unas semanas, en un desayuno con periodistas, afirmó que nunca ha protegido a ningún pederasta. En verdad el cardenal insulta a la sociedad porque la considera crédula y desmemoriada. Deben resonar sus propias y reiteradas declaraciones en defensa abigarrada del mayor pedófilo clerical de México, su mentor y guía: Marcial Maciel. En ese mismo desayuno respondió que aún no había sido invitado a oficiar misa por los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Pese a que el cardenal tenía conocimiento, la prensa ha consignado las trabas, los obstáculos y malos tratos de responsables de la Basílica hacia los padres del movimiento. Sin facilidades ni micrófono, el obispo Raúl Vera, de Saltillo, presidió los servicios religiosos. Puede ser que a los casi 75 años Norberto Rivera esté perdiendo la memoria, pues ha olvidado que ha encubierto a diferentes pederastas clericales y la fecha de la misa de los padres de los 43 jóvenes desaparecidos en Iguala.

Francisco ha ejecutado un poco más de 20 nombramientos en México, que se suman a los 10 en ruta. Representaría que en cuatro años el Papa habría cambiado el rostro de la Iglesia, en cerca de 30 por ciento del episcopado mexicano. Se percibe el advenimiento de importantes cambios en el rostro de la élite católica, esperemos que sea para bien. Que el efecto Francisco traiga un nuevo y renovado ciclo.

http://www.jornada.unam.mx/2016/12/28/opinion/017a1pol

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