CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El cardenal Norberto Rivera ya no tiene quien le escriba. Vive la soledad política de la Iglesia en el crepúsculo de su larga trayectoria marcada por claroscuros. De manera súbita, su ascendente carrera se trompicó cuando uno de sus grandes soportes en El Vaticano, el secretario de Estado Angelo Sodano, cayó en desgracia durante el pontificado de Benedicto XVI en 2006. Con Francisco, Norberto Rivera ha ensanchado sus distancias pues sus posturas religiosas son antitéticas a las del Papa argentino. Por ello sufrió los duros cuestionamientos del pontífice en su visita a México. El mensaje en la Catedral metropolitana tuvo párrafos y expresiones destinadas directamente a Rivera, quien quiso gobernar la Iglesia mexicana sojuzgando a un sector del clero con soberbia y sometimiento. En su discurso en la Catedral, el 13 de febrero de 2016, Francisco desautorizó a los “príncipes de la Iglesia”, también cuestionó a las camarillas, diciendo: “No pierdan tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubes de intereses o de consorterías”. Lejos están los tiempos en que Norberto estaba arropado por poderosos actores religiosos que lo encumbraron en los peldaños más altos de la jerarquía católica mexicana.

Los mentores del cardenal fueron nada menos que Marcial Maciel y Girolamo Prigione, respaldados por otro bandolero eclesial, el número dos del Vaticano de 1991 a 2006, el mencionado Angelo Sodano, hoy mirado bajo la sospecha de la corrupción clerical. Ellos lo encaramaron como arzobispo de México, ellos lo impusieron de la modesta diócesis de Tehuacán a la arquidiócesis primada y, por tanto, lo hicieron convertirse en un actor político y religioso de primer reparto. Norberto Rivera es creación del entonces llamado “Club de Roma” como un grupo de poder en la CEM, un grupo de presión política dentro de la Iglesia, como operador no sólo de la conducción de la Iglesia, sino del establecimiento de alianzas políticas y financieras con los poderes seculares de la sociedad

El término “el llamado Club de Roma” fue utilizado por primera vez por el sacer­dote asesor jurídico del arzobispado metropolitano Antonio Roqueñí, en una declaración al periódico La Jornada. Roqueñí se refería al grupo de Durango 90, en la colonia Roma, sede del arzobispado donde despacha el cardenal Norberto Rivera; equiparaba a los obispos con los banqueros internacionales mañosos y manipuladores. Posteriormente un servidor utilizó esta metáfora para denominar a este grupo de poder dentro de la Iglesia mexicana que propiciaba el centralismo autoritario a la curia romana bajo el pontificado de Juan Pablo II. No es ningún concepto sociológico, sino una simple expresión periodística irónica que definía a un pequeño grupo de obispos que ambicionaban poder, control eclesial, y que hacían valer el respaldo que recibían de Roma.

Y así analistas, columnistas y periodistas lo usaron para designar a los altos prelados con mayor peso, entre los que se encontraban los cardenales Juan Jesús Posadas Ocampo, Norberto Rivera y Sandoval Íñiguez; los operadores en el plano financiero y político como Maciel y Prigione;­ también los obispos Onésimo Cepeda, Emilio Berlié, Héctor González, Luis Reynoso. Prigione, primero delegado apostólico y después nuncio, fue pieza clave de este cártel religioso; entre 1978 y 1997 operó un relevo generacional promoviendo a cerca de 90% de los obispos de los cuales ahora quedan pocos. También tuvo un papel destacado al entablar vínculos privilegiados con los gobiernos, en especial con Carlos Salinas de Gortari, que favorecieron que Maciel y Los Legionarios amasaran fortunas y negocios eclesiales. Contó con la complicidad de los medios de comunicación como caja de resonancia, que hacían aparecer al cardenal Rivera como el interlocutor más importante de la Iglesia. Por ello sus gestos, declaraciones y homilías tuvieron una proyección significativa. Dicha sobreexposición mediática tuvo un negativo efecto búmerang.

La doctrina Prigione sostiene que la Iglesia debe ser parte de la gobernabilidad del Estado, la Iglesia así favorece la construcción de consensos por su influencia y ascendencia social con base en el establecimiento de vínculos permanentes entre la élite del poder y los prelados. Miembros del llamado Club de Roma tuvieron, en diferentes momentos, vínculos ambiguos aún no clarificados con grupos del narcotráfico y del crimen organizado. Ahí están el trágico final del cardenal Posadas Ocampo, las visitas a la nunciatura de los Arellano Félix, el juicio por lavado de dinero que se le siguió a Sandoval Íñiguez y en el caso de Emilio Berlié hay una historia de relaciones turbias con donativos de grupos del crimen organizado en Tijuana, que están documentadas en el libro El PRI y sus obispos. El caso Berlié, del doctor Iván Franco Cáceres. Y qué decir del imperio financiero sucio que engendró Marcial Maciel.

El llamado Club de Roma operaba con rudeza para defender o ensanchar sus intereses; así operó en 1996 para arrebatar el control de la jugosa Basílica de Guadalupe, que durante 33 años había detentado el abad Guillermo Schulenburg. El control pasó a manos del cardenal Rivera en una operación triangulada entre Roma, Televisa y el Arzobispado. Sin embargo, no todos sus golpes fueron contundentes, como se evidenció en el caso de Samuel Ruiz, a quien sometieron a un acoso despiadado, dentro y fuera de la Iglesia, pero a quien no pudieron remover por el apoyo social de los indígenas chiapanecos y de un significativo sector de la Iglesia mexicana. En efecto, dicho grupo tuvo la oposición permanente y sorda de una corriente de obispos a los que se les llamó, en su momento, la “mayoría silenciosa”. En torno al consejo permanente de la Conferencia Episcopal Mexicana, obispos como Ernesto Corripio, Adolfo Suárez Rivera, Sergio Obeso y en su momento el nuncio Justo Mullor, opusieron férrea y prudente resistencia a las ambiciones del grupo de Rivera.

Desde la elección de Francisco como pontífice, Norberto Rivera ha caído en desgracia.

El polémico editorial de Desde la Fe que refuta el mensaje del Papa en México se convirtió en un escándalo internacional y colocó a Norberto Rivera en la periferia de la caducidad. En junio de 2017 está obligado a presentar canónicamente su renuncia, la que seguramente será aceptada. Es sobreviviente de ese llamado Club de Roma, cuyos integrantes cayeron en el descrédito y la mayoría de los cuales han muerto. Su ascendencia y liderazgo se han derrumbado. Norberto ya no tiene proyecto. Sus posturas son anacrónicas, arrastra serias acusaciones de encubrimiento a curas pedófilos. Sus cuentas son deficitarias, pues el promedio de caída de católicos en la Ciudad de México es el doble de la media nacional. La revista Proceso ha documentado diversas operaciones financieras del cardenal calificadas de simonía y se le acusa de haber negociado indebidamente la nulidad del sacramento del matrimonio de la actual primera dama, Angélica Rivera, para convertirlo en un problema de Estado. La imagen del cardenal, según diferentes encuestas, es mala; se le percibe más como un actor político que como líder espiritual. Su retiro y soledad son eminentes, sólo consolado por un extraño grupos de sacerdotes cortesanos y poderosos amigos millonarios, como Carlos Slim y Olegario Vázquez Raña. Peor aún, su inaplazable retiro ha desatado ambiciones sucesorias de prelados tan depredadores como lo fue él mismo en los noventa.

Rivera está pagando su soberbia con facturas feroces, no hay gratificación ni bonos; su ambición de grandeza la está pagando con muchas pequeñeces, sus victorias se convirtieron en derrotas, sus recuerdos en pesadillas y su riqueza en quiebra.