Francisco y la laicidad del Estado en México

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Francisco y la laicidad del Estado en México

Bernardo Barranco

La clase política mexicana en verdad es patética. Se presenta toda perfumada a Palacio Nacional, recibe serios señalamientos del Papa, el mensaje resbala de inmediato y lo único que interesa a la mayoría es aproximarse al personaje, tomarse una foto, estrecharlo y estar cerca del líder religioso. Velasco, el gobernador de Chiapas, se inclina y le besa el anillo; la acción es calificada de imprudente, sobre todo cuando preside la entidad con mayor diversidad religiosa en el país. Esta actitud ha despertado críticas y preguntas sobre la vigencia del Estado laico. Máxime cuando el presidente Enrique Peña Nieto, en su mensaje protocolario ante el Papa, reitera el carácter laico del Estado: la importancia de tener un Estado laico, como lo es el Estado mexicano, que al velar por la libertad religiosa protege la diversidad y la dignidad humana. Sin embargo, al despedirse del pontífice con su pueblo expresa: En las calles, en los estadios que visitará, se encontrará con un pueblo generoso y hospitalario; con un pueblo orgullosamente guadalupano. Pueblo es una categoría tajante que abarca a todos. ¿Dónde quedan los más de 20 millones de mexicanos que no son guadalupanos? Estamos hablando de una población que abarca varios países centroamericanos juntos, al doble de las poblaciones de Paraguay y Uruguay juntos. ¿No son pueblo por el hecho de no ser guadalupanos? Más que criticar un desliz o una debilidad conceptual, el tema ameritaría una reflexión mayor. No se trata sólo de que los políticos y funcionarios públicos asistan a misa. Incluso transgrediendo lo establecido por la ley de asociaciones religiosas y culto público. Unos días previos a la visita, el diputado Zambrano Grijalva sugirió a las autoridades de los tres niveles de gobierno tener cuidado con cruzar los límites de la buena convivencia y la preservación del Estado laico, pues en el afán de estar a tono con la visita del jerarca católico podrían infringir la ley. Felizmente con sensatez, el papa Francisco declinó comparecer ante el Poder Legislativo, petición de un nutrido grupo de diputados y senadores. Todo ha sido en vano: la fiebre religiosa de los políticos es ya una epidemia altamente contagiosa.

Si bien después de la reforma al artículo 40 constitucional nadie cuestiona la laicidad del Estado, el problema es que cada quien la entiende de modo distinto. Unos, calificados por los católicos de laicistas, sostienen que las religiones y las acciones de las iglesias deben recluirse a la esfera de lo privado. La esfera pública es un espacio vedado para las instituciones, sólo corresponde a sus feligreses en calidad de ciudadanos intervenir en política y otras esferas. Por otro lado, los católicos y no pocos evangélicos sostienen una extraña noción de laicidad propositiva, fabricada por Benedicto XVI y promovida por Nicolás Sarkozy, ex presidente de la República Francesa, en la cual el Estado se muestra neutral y equidistante de las distintas religiones, pero tanto las iglesias como su feligresía intervienen en el espacio público con absoluta naturalidad, apelando al concepto de libertad religiosa.

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Ante los señalamientos y críticas de Francisco la clase política respondió con aplausos y vivas pero no hubo recepción, el mensaje resbaló

Laicidad, laicismo y laical son conceptos cercanos que se han saturado hasta el desgaste; con el paso del tiempo, la laicidad requiere constantemente ser redefinida ante las nuevas circunstancias. Por ejemplo, en marzo de 2007 el papa Benedicto XVI advirtió que el laicismo era una amenaza a la libertad religiosa. El pontífice se ha pronunciado en diferentes ocasiones por una laicidad tolerante, opuesta al viejo laicismo liberal de tufo masónico que durante el siglo XIX y parte del XX se enfrentó radicalmente a toda forma de clericalismo. Los católicos reivindican la laicidad positiva de Ratzinger, pero son intolerantes a otras concepciones o las llaman anacrónicas y trasnochadas. Por ello es importante ser muy precisos para utilizar dicho concepto y evitar equívocos y distinguir las lecturas clericales de la laicidad como de las jacobinas. La laicidad es una dimensión propia del Estado moderno. El carácter del Estado laico como herramienta de convivencia y de paz social. El Estado que de verdad se reconoce laico no se arroga autoridad alguna sobre cuestiones religiosas, sino considera que el ámbito de su autoridad viene de su imparcialidad y respeto a todas las libertades. Por tanto, no se superpone ni a la religión ni a la moral, sino que se circunscribe a la política.

El problema de nuestra clase política es que asume dichos postulados en el discurso, pero en la práctica los traiciona. Cuando le conviene, en el espacio público se asume condescendiente y en sus mensajes privilegia a la Iglesia católica. No sólo honra sus personalidades, como el pontífice que nos visita, sino asume como propia la agenda de la jerarquía católica. Ahí están los hechos en torno a la repenalización del aborto en 18 entidades del país en 2009 o la reforma constitucional al artículo 24, por la que la Iglesia pretendía entrar a la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, en 2012, la cual se pretendía otorgar como un regalo o muestra de buena voluntad ante la visita en marzo del papa Benedicto XVI.

Durante esta visita, el Papa ha sido cuidadoso y no ha reivindicado cambios, ni ha reclamado mayor libertad religiosa; es más, no está provocando el carácter laico del Estado mexicano. Es la clase política del país.

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