La geopolítica pastoral de Francisco

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21 DE SEPTIEMBRE DE 2015
ANÁLISIS

Revista Proceso

MÉXICO, D.F. (Proceso).- La visita de Francisco a Cuba y Estados Unidos es delicada, coinciden muchos expertos. El Papa la ha preparado cuidadosamente y ha confesado sentirse nervioso, por lo que cada discurso, referencia y gesto está meticulosamente programado. Se entretejen diversas y encontradas expectativas. Como pocas veces la derecha religiosa estadunidense, apoyada por importantes sectores de la curia romana, será hostil al Papa. Paradójicamente en esta visita pastoral predominan más los intereses políticos específicos que los pastorales.

La gira de Francisco durará cerca de 10 días, va más allá del deshielo y el restablecimiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Están en juego intereses geopolíticos entre la Santa Sede y la nación más poderosa de Occidente. Tiene, por tanto, una notable relevancia.

Francisco asiste a Estados Unidos cuya agenda interna ya está dominada por las elecciones presidenciales. Muchos republicanos conservadores cristianos y católicos estarán enfadados con el discurso crítico del Papa sobre el modelo económico hegemónico mundial, su petición de acelerar la apertura de relaciones con Cuba, su reivindicación por los pobres y su acento tercermundista. Desde luego Donald Trump se incomodará por la elocuencia de Francisco al reivindicar los derechos de los migrantes y refugiados. Por ello, su discurso ante el Congreso estadunidense será uno de los momentos cruciales de la visita.

Aunque Bergoglio ha dado pasos importantes y modificado sus posturas en relación con sus predecesores, los demócratas tampoco saldrán satisfechos con la postura atenuada sobre temas como el aborto, las parejas gay y la homosexualidad. Sin embargo, la prédica moderada en materia moral, si bien irrita en extremo a los conservadores, es en cambio bien vista por muchos católicos y por sectores que se han distanciado de la Iglesia.

Francisco ante el Congreso de Estado Unidos

Francisco ante el Congreso de Estado Unidos

Se ha alegado mucho sobre las fluctuaciones de popularidad del Papa Francisco en suelo estadunidense. Hasta enero de 2015 era muy alta, pero en su encíclica Laudato Sí criticó –aunque sin mencionar específicamente a Estados Unidos– el modelo de vida consumista de este país.

Y en gira reciente por Sudamérica tuvo giros retóricos anticapitalistas que provocaron rechazos. Por tanto, se explica la caída de 90% de aceptación a 68% actual. Sin embargo, esta cifra ya la quisiera cualquier candidato y actual líder político.

La presencia internacional de la Iglesia ha guardado coherencia y constancia notables. Francisco sigue los grandes trazos de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, con los acentos propios de un Papa del sur. Hay continuidad pero no continuismo. Francisco es heredero del sueño bolivariano de la Patria Grande cuyo destino del área latinoamericana está vinculado al desarrollo de la cultura católica. La geopolítica del Vaticano transita por la frágil relación entre la religión y poder; entre el plan de Dios y el posicionamiento político en el espacio de la esfera pública.

Emile Poulat, sociólogo francés recientemente fallecido, denominó a la política global de Roma como Eclesiósfera; es decir, el Imperio del Papa que se adapta e interviene en las diversas formas de democracias modernas para defender, hacer prevalecer y apuntalar su agenda propia.

Así, en los últimos 40 años, la Iglesia católica ha venido ganando terreno paulatinamente en la escena internacional y ejerce creciente influencia para: a) asegurar que la institución pueda seguir desarrollando su misión, portadora de un código ético cristiano y de un ideal histórico; y b) robustecer las condiciones materiales, económicas, jurídicas y políticas de las estructuras sociales y políticas de las Iglesias locales, particularmente frente a los Estados, que faciliten esta misión (Cf. Emile Poulat, L’Eglise c’est un monde, Cerf, Paris).

En Cuba es muy claro el interés del Vaticano para que su actuación robustezca no sólo la viabilidad de su Iglesia local sino que, al fortalecerla, la convierta en un actor central en la transición que se espera en la isla.

Las visitas de Juan Pablo II (1989), Benedicto XVI (2014) y ahora Francisco han ofrecido una mediación internacional para sacar del aislamiento económico y político de Cuba a cambio de consideraciones especiales para el desarrollo pastoral, institucional y estructural de la Iglesia local. La famosa frase de Juan Pablo II: “que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba”, puede leerse de la siguiente manera: que el régimen cubano tolere, facilite y favorezca a la Iglesia católica local y la Iglesia universal encabezada por el Papa facilitará las gestiones diplomáticas internacionales para sacar del aislamiento al régimen cubano. La visita multitudinaria a la isla, incidirá no sólo en lo religioso sino en los debates locales seculares sobre el futuro de Cuba.

Papa Francisco en las calles de Nueva York

Papa Francisco en las calles de Nueva York

La relación del Vaticano con Estados Unidos ha sido de cercanía y lejanía. Juan Pablo II consideró al gobierno republicano de Ronald Reagan como aliado estratégico es su lucha contra el comunismo. Al caer el muro de Berlín, las baterías críticas de Roma –sobre todo a partir de la encíclica Centesimus Annus, de 1991– se concentran en los debates morales sobre el aborto, la mujer, la condena a la homosexualidad, la bioética, etcétera.

Con Benedicto XVI se fortalecen las derechas católicas que ahora encaran a Francisco. Ante el fin de la Guerra Fría, Roma se opone a la hegemonía unipolar y a un modo cultural de vida secular cuyo eje geográfico, al menos uno de ellos, se practica y desarrolla en suelo estadunidense. Se opera un cambio de paradigmas: de la confrontación bipolar que se ejecuta en el terreno ideológico y político se pasa a la confrontación civilizatoria en la que la Iglesia se autoerige en Occidente como guardiana y censora de la ética y los valores morales y enemiga frontal de lo que denomina la “cultura de la muerte” y a la que Francisco llama la cultura del descarte.

Como ha insistido John Allen, vaticanista norteamericano, Francisco ve a Estado Unidos como parte del problema tanto como parte de la solución a los males globales. Ahí Francisco enfrenta a una doble derecha: no sólo la derecha católica ultratradicional y republicana, también la derecha cubana en el exilio que le reprocha a Francisco legitimar al régimen castrista y aletargar aún más la transición; que el deshielo de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos pase primero por el deshielo de la relación entre el gobierno con el pueblo cubano.

Francisco es una de las figuras más populares del mundo desde su ascenso al papado en 2013. Se le reconoce su humildad y sus esfuerzos por hacer que la Iglesia preste más atención a los pobres y los necesitados. También se le reconoce como un sincero reformador que quiere llevar a la Iglesia a recuperar la esencia de su misión pastoral y espiritual. La maltrecha imagen de la Iglesia estadunidense necesita la frescura de un personaje incluso impredecible como Francisco para renovarse y dejar atrás el lastre de los abusos sexuales, denuncias y escándalos. Así lo ha declarado con insistencia el cardenal Timothy Dolan de Nueva York, presidente de la Conferencia Episcopal de Estado Unidos: “Necesitábamos un cambio de imagen, cambiarle el rostro a la Iglesia, y el Papa Francisco lo está haciendo”.

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