La Iglesia católica ante los derechos humanos

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La Iglesia católica ante los derechos humanos

En la escena actual, se presentan no pocas contradicciones sociológicas de una institución que culturalmente ha ido confrontándose con la concepción más universal y secular de los derechos ciudadanos. Temas como la equidad de género, los nuevos roles que la mujer ha asumido en la sociedad, el reconocimiento a las diversidades sexuales, el bien morir, la bioética, etc., ha sido parte de una densa disputa cultural ante una Iglesia que de manera forzada ha tenido que ir adaptándose.

Por: Bernardo Barranco V. (@Bernar2Barranco)

Texto redactado para  La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos A.C. (CMDPDH) publicado por Animal Político el 14 de septiembre de 2015

 

 

En cada religión subyace una filosofía, una concepción antropológica y hasta un modelo social. Religare, significado de religión nos sugiere un determinado ordenamiento de relación entre la humanidad y la divinidad, también los vínculos e interrelación entre los hombres y las mujeres entre sí. Si bien las religiones y sus iglesias son proclives a la estabilidad social y socialmente son poco innovadoras, también es cierto que ante atropellos sociales mayúsculos e incuestionables reaccionan porque atentan al plan de Dios y alteran el equilibrio social.

 

Abordar el tema de la relación entre los derechos humanos y la Iglesia católica es compleja y en algunos tramos espinosa. ¿Cómo entender a la Iglesia que reivindica y exige los derechos humanos, cuando al interior de la estructura eclesiástica, ella misma no los cumple? A lo largo de la historia, la Iglesia presenta un perfil ambiguo, por un lado una institución que impone a la sociedad su visión del mundo aun cuando avasallan y someten la dignidad de las minorías. Por otro lado, encontramos actores internos que se rebelan e incluso contradicen la disciplina imperante de la misma Iglesia. Un claro ejemplo lo encontramos en el dominico Fray Bartolomé de las Casas (1584-1566), que no solo defendió la libertad y dignidad de los indígenas sometidos por la conquista española sino sentó las bases filosóficas, jurídicas y morales de lo que siglos después serían los derechos humanos modernos. En el siglo XVI, denunció la Encomienda como una forma cruel de esclavitud encubierta hacia los pueblos mesoamericanos. Sus cuestionamientos tuvieron eco en Carlos I y originó debates en la metrópoli hacia 1540, sobre el dominio que ejercía España en las Indias. Es decir, de las Casas se adelanta en la defensa de lo que hoy entendemos como los derechos humanos. Ahí están desde 1552 una serie de escritos críticos, entre los que se incluía la Brevísima relación de la destrucción de las Indias; en ella denunciaba los abusos de la colonización española con una amplitud de miras incomprensible para su época. Sin embargo, en el conjunto del cuerpo eclesial, en especial muchos franciscanos sostenían la visión de abuso de los colonizadores españoles y criollos. El contraste con de las Casas es la Santa Inquisición, finalmente el cuerpo eclesiástico es parte del poder militar, económico y cultural de la colonia de nuestro país.

 

Legado y compromiso de actores religiosos en América Latina por los Derechos Humanos

 

Estas dicotomías se han desplegado a lo largo de toda la historia de la Iglesia en todo el continente. Para no irnos tan lejos, tenemos los casos de los golpes militares que azotaron América Latina en los años sesenta y parte de los setentas bajo la siniestra Doctrina de la Seguridad Nacional. Fruto de la Guerra Fría, la doctrina fundamenta la violenta intervención militar en una guerra civilizatoria contra el comunismo. Los frentes no solo los externos geopolíticos este/oeste sino internos. El enemigo interno a vencer se encuentra principalmente en los entramados subversivos de la sociedad civil: sindicatos, partidos, universidades, Iglesias. Por lo tanto la guerra es total: hemisférica y de contrainsurgencia interna; particularmente sus acciones fueron violatorios de los derechos humanos[1]. El general Augusto Pinochet, el golpista dictador chileno, justificó la violencia militar contra la sociedad para salvar la civilización occidental y cristiana; así se suceden golpes militares como en Brasil 1969, Bolivia 1971, Chile 1973, Uruguay 1973, Argentina 1976. Y las viejas dictaduras como la de Alfredo Stroessner en Paraguay, la dinastía de los Somoza en Nicaragua y los gobiernos de El Salvador, recrean su dominio autoritario en dicho corpus nutrido por el Pentágono y la CIA.

 

Bartolomé de las Casas precursor de los derechos humanos en America

Bartolomé de las Casas precursor de los derechos humanos en América

En esos momentos sangrientos y dramáticos, surgen voces y actores eclesiales que defienden los derechos humanos y muy pronto, también son alcanzados por la brutal represión castrense. Nos referimos a las figuras emblemáticas de obispos como Herder Cámara en Brasil, Enrique Angelelli Argentina, Cardenal Silva Enríquez en Chile, Manuel Bugarín en Paraguay, Sergio Méndez Arceo en México. Probablemente el magnicidio perpetrado contra monseñor Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador en 1979, sea el caso más representativo de toda una generación de clérigos comprometidos con causas de denuncia y defensa de los derechos humanos. Algunos prelados focalizaron su actuación en defensa de sectores sujetos más específicos de violaciones como Mons. José María Pires, Brasil, defensor de los negros. Leonidas Proaño, Ecuador; Pedro Casaldáliga, Brasil, y Samuel Ruiz, México, defensores de los derechos humanos de los indígenas. [2]

La Iglesia adquiere una enorme relevancia humanitaria que va más allá de la salvaguarda y denuncia de violaciones, sino que en muchos países se convierte en un espacio de libertad y de resistencia social. Muchos obispos crean espacios de agregación social, de denuncia, organización y promoción de la cultura de los derechos universales. La famosa Vicaría de la Solidaridad 1976 del arzobispado de Santiago, Chile, se convierte en un paradigma latinoamericano que inspira la creación de numerosas organizaciones de la sociedad civil en toda América Latina en los años ochenta.

 

Tensiones contemporáneas de la Iglesia con la sociedad secular

 

En la actualidad, aún podemos apreciar esta figura bifronte de la Iglesia. Por un lado tenemos personajes cerrados al reconocimiento de los plenos derechos ciudadanos como el cardenal Norberto Rivera y Juan Sandoval Íñiguez, contrastados por personajes como los sacerdotes Miguel Concha, activista, y Alejandro Solalinde, defensor de los migrantes centroamericanos. A nivel episcopal resalta la figura del dominico Raúl Vera quien ha apoyado los derechos de grupos homosexuales, iniciativa que ha sido cuestionada por la curia romana.[3]

 

En la escena actual, se presentan no pocas contradicciones sociológicas de una institución que culturalmente ha ido confrontándose con la concepción más universal y secular de los derechos ciudadanos. Temas como la equidad de género, los nuevos roles que la mujer ha asumido en la sociedad, el reconocimiento a las diversidades sexuales, el bien morir, la bioética, etc., ha sido parte de una densa disputa cultural ante una Iglesia que de manera forzada ha tenido que ir adaptándose. Lentamente, aunque no lo parezca, se acomoda y se reconfigura. La encíclica de Juan XXIII Pacem in terris (1963) reconoce los derechos humanos compatibles con el mensaje cristiano. Así lo deja sentir el Concilio, y en los numerosos viajes, los Papas no dejan de ensalzar el respeto de los derechos de la persona, reconociendo raíces bíblicas e históricas como la famosa Escuela de Salamanca, fundada por el dominico Francisco de Vitoria, de donde surgieron grandes figuras como el mencionado Bartolomé de las Casas y Antonio de Montesinos, entre otros, defensores tenaces de los derechos de los indígenas americanos en el siglo XVI. Sin embargo, no puede dejarse de lado la percepción de un desfase entre el discurso más mediático sobre los derechos humanos hacia fuera y las condiciones de diferentes grupos hacia adentro.

Alejandro Solalinde y Miguel Concha son sacerdotes católicos comprometidos con los derechos humanos

Alejandro Solalinde y Miguel Concha son sacerdotes católicos comprometidos con los derechos humanos

La estructura de mando, de ejercicio del poder, de participación en toma de decisiones, de identidad, de disciplina y memoria de la Iglesia son prácticas pre modernos, casi medievales. Por ello, el espíritu de los derechos humanos modernos provenientes de la cultura secular choca con la práctica autoritaria y vertical establecida en otra lógica y conformación histórica. Se opera una gran contradicción que en algunos contextos la Iglesia abogue por la democracia liberal humanista en la sociedad, mientras que a su interior ella no la aplica. La práctica de democracia está ausente en su organización, porque la Iglesia se ha configurado de manera estamental, funciona de modo piramidal, que no facilita cauces de participación de las bases ni mucho menos asoma de modo algunos rasgos democratizadores. Prima el dogma, la disciplina y la autoridad de jerarquía en torno al poder del Papa, con el argumento que la Iglesia no es un sistema de poder, sino una institución cuyos fundamentos son divinos y sus fines espirituales.

 

El periodista jesuita Enrique Maza, uno de los fundadores de la revista Proceso, advierte que en nuestra época, en pleno auge de la modernidad, la libertad de expresión de los cristianos al interior de la Iglesia está tamizada y coartada En su libro sobre la libertad de expresión en la Iglesia, el jesuita Maza sostiene: “cuando la autoridad se convierte en dominio, teme a la libertad, se refugia en el secreto y se erige en dueña de la verdad. Sólo la autoridad auténtica acepta sus límites. El poder es autoritario, porque lo es, no sólo teme a la verdad, sino que teme al futuro. Por eso controla o cancela los canales de expresión”.[4] Efectivamente, Maza pone el dedo en la llaga, existe una distancia a veces contradictoria y conflictiva entre el mensaje religioso y los intereses de la institución religiosa. La Iglesia católica, tal como está organizada: jerárquica, gerontocrática, autoritaria y homofóbica no puede, en su interior, ser escrupulosa en el ejercicio de una cultura de los derechos humanos tal y como fueron redactados en 1948 en el texto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Los escándalos de pederastia mostraron un imperio de complicidades y silencios cómplices entre la estructura hermética del clero y sus delincuentes sexuales; el caso Marcial Maciel nos revela un modus operandi siniestro que bloqueó durante décadas la impartición de justicia y el esclarecimiento de la verdad.[5]

 

El reconocimiento de la Iglesia católica de los Derechos Humanos

 

Si bien el magisterio pontificio rechazó inicialmente las nociones básicas de los derechos de la persona, porque secularizaba sus nociones del derecho natural, fue a partir de la segunda guerra mundial y de los estragos políticos a las que muchos regímenes laicos habían sometido a la Iglesia que impusieron una mayor flexibilidad. Los derechos ciudadanos comenzaron a ser invocados para obtener mayor libertad religiosa y de enseñanza. Pero el viraje teórico fundamental es el de León XIII (1810-1903) quien replantea en su encíclica Rerum Novarum los derechos económico-sociales, en torno de la cuestión obrera, pero también a la idea de que los derechos humanos son positivos, porque dependen de la ley natural querida por Dios, custodiada por la Iglesia.

 

Filósofo francés que incide en la declaración universal de los derechos humanos en 1948

Filósofo francés que incide en la declaración universal de los derechos humanos en 1948

Las posiciones católicas a favor de los derechos humanos, la más notable fue sin duda la de Jacques Maritain (1882-1973), filósofo católico francés que después de la segunda guerra mundial incidiera de manera notable en la redacción de la Carta de 1948. Pero el verdadero escollo a la aceptación total por parte de la Iglesia es la libertad de conciencia. El Papa Juan XXIII con la encíclica Pacem in terris (1963), da carta de ciudadanía a los derechos humanos con la sensibilidad católica en los siguientes términos: “En la época actual se considera que el bien común consiste principalmente en la defensa de los derechos y deberes de la persona humana. De aquí que la misión principal de los hombres de gobierno deba tender a dos cosas: de un lado, reconocer, respetar, armonizar, tutelar y promover tales derechos; de otro, facilitar a cada ciudadano el cumplimiento de sus respectivos deberes. Tutelar el campo intangible de los derechos de la persona humana y hacerle llevadero el cumplimiento de sus deberes debe ser oficio esencial de todo ser público”.[6]

 

La Iglesia cuando habla de derechos fundamentales no se refiere a los derechos humanos como están concebidos en el derecho internacional sino guarda matices a los derechos de las personas tal y como los considera su Magisterio. Por tanto la Iglesia pretende resignificar permanentemente conceptos como libertad, laicidad y libertad religiosa, incluso los derechos humanos. Por ello eso intenta influir en la concepción universal de los derechos universales, para que ésta se adapte a su concepción y así nos encontramos que los derechos humanos han sido influenciados por la ideología y lobbies de la Iglesia

 

Los derechos y libertades al interior de la Iglesia católica

 

Este es un apartado, como hemos visto muy contradictorio y sensible. En primer lugar, despunta las diferencias entre el laico y el clero. El laico es un miembro de la Iglesia que no pertenece formalmente al clero, ni secular ni de ninguna orden religiosa, que tiene un papel supletorio que debe disciplinarse a las disposiciones y mandatos de la jerarquía. Una especie de ciudadano de segunda. También resalta el rezago y la desigualdad de las mujeres, laicas y religiosas, en el interior de la institución. Mientras en las sociedades seculares a las mujeres se le reconocen mayores derechos y hay avances, en la Iglesia priman la cerrazón y la demagogia. En segundo lugar, la pluralidad formalmente está acotada. Como bien lo ha demostrado Enrique Maza, la libertad de expresión y el derecho a disentir están realmente muy restringidos en la estructura eclesial piramidal. Las medidas disciplinarias no tienen apelación ni posibles recursos jurisdiccionales. Aquí resalta la restricción a la libertad de pensamiento.

 

Sobre la libertad de pensamiento e investigación teológica al interior de la Iglesia, la cuestión está muy condicionada. Las iniciativas en el Tercer Mundo de una Teología de la Liberación y en Estados Unidos sobre moral y sexualidad, el Vaticano las ha desalentado condenando toda innovación que atente contra la ortodoxia y la tradición. Desde mayo de 1990, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó el documento Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo, en el número 36 de ese documento se lee lo siguiente: “no se puede apelar a los derechos humanos para oponerse a las intervenciones del Magisterio”. Esta afirmación fuerte, se fundamenta así: “un comportamiento semejante desconoce la naturaleza y la misión de la Iglesia, que ha recibido de su Señor la tarea de anunciar a todos los hombres la verdad”. En tanto institución divina está por encima en términos de excepción de los derechos seculares dela persona. La verdad religiosa está por encima de los derechos de la persona en la institución. Así, la lista de los derechos humanos reconocidos por la naciones, que apela la Iglesia su ejecución, salvo al interior de su institución. Dichas contradicciones  se podrían alargar mucho más: democratización en la designación de cargos, simulación y discriminación a personas con diferente orientación sexual, celibato obligatorio, subordinación de la mujer en cargos de responsabilidad como el sacerdocio y muchos etcéteras.

 

Por otro lado, los derechos laborales también saltan. Queremos resaltar, al menos en México y muchos países de América Latina, las condiciones laborales de miles de empleados y funcionarios de la Iglesia, sobre todo de las parroquias, que además de recibir modestísimos emolumentos no cuentan con las prestaciones básicas de seguridad social, seguro de vida, mucho menos con asistencia efectiva para la edad en retiro.

 

En el campo internacional, la Iglesia Católica y confesiones religiosas intentan incidir en la políticas públicas con mecanismos de presión directa sobre los Estados y sobre las organizaciones internacionales para imponer su concepción sobre la familia, el matrimonio, la moral; está envuelta en una batalla contra las mujeres y contra el ejercicio de la sexualidad así como en contra de los derechos de los homosexuales. Pero también sobre las políticas demográficas y de planificación de la reproducción; reproducción asistida y la experimentación genética le enfrenta a los científicos e intenta limitar los avances en estos campos influyendo en las legislaciones nacionales.

Cierre

El carmelita mexicano Camilo Macisse quien fue elegido prepósito general, superior general, con sede en Roma, ahí alcanzó ser presidente de la Unión de Superiores Religiosos entre 1994 y 2001, máximo puesto que un religioso puede alcanzar; escribió en sus memorias un texto altamente revelador sobre el comportamiento de la cúpula vaticana que conviene recoger porque reivindica los derechos humanos de los actores religiosos dentro de la Iglesia, una de las cuestiones más candentes. Maccise manifiesta la existencia de tres formas distintas de violencia al interior de la cúpula del Vaticano: el centralismo, el autoritarismo y el dogmatismo doctrinal. “El centralismo –expresa– es una forma refinada de violencia, porque concentra el poder de decisión en una burocracia eclesiástica que ignora los retos que afrontan los creyentes en los diversos ámbitos socioculturales y eclesiales”; la violencia del autoritarismo se reviste de un poder sagrado y se ejerce bajo la discrecionalidad y el secreto de los hombres que legislan sobre temas que no conocen. Finalmente, la violencia del dogmatismo, que no admite el hecho de que vivimos en un mundo pluralista e impone una sola perspectiva teológica, la tradicionalista, elaborada a partir de condicionamientos filosóficos y culturales de épocas pasadas.[7]

 

Finalmente, el diálogo de los derechos humanos y las iglesias no serán sencillos mientras éstas no desarrollen congruencia entre los postulados universales y las milenarias prácticas autoritarias prevalecientes a su interior. Sin embargo, la presencia de un Papa como Francisco ha despertado expectativas entre los feligreses católicos de mayor apertura, sensatez y una actitud renovada para enfrentar las dicotomías que sacude a la catolicidad actual.

 

 

 

* Bernando Barranco V. es sociólogo especializado en creencias religiosas y cultura.

 

 

 

 

 

[1] Cf. Comblin, Joseph Le pouvoir militaire en Amerique latine: l’ideologie de la securite nationale. Ed. Delarge, París 1977.

 

[2] Cf. Enriq Dussel. De Medellín a Puebla, una década de sangre y esperanza. Edicol, México 1979

 

[3] Bernardo Barranco, El Evangelio Social de Raúl Vera, Grijalbo México 2014.

 

[4] Enrique Maza, Libertad de expresión de la Iglesia, Océano México, 2006, p.79

 

[5] CfGonzález et all. La Voluntad de no saber. Grijalbo México 20012

 

[6] Papa Juan XXIII, Pacem in terris, 11 de abril de 1963, Roma. No. 60. Cf

 

[7] Camilo Maccise. En el invierno eclesial, memorias de un carmelita profeta. Ed Debate, México 2015. P.264

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