Crisis de la confianza social y democracia

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Bernardo Barranco V.

La Jornada, miércoles  11 de marzo de 2015

Hoy día, la crisis de confianza viene de una esperanza decepcionada. No sólo es el bajo fondo de la popularidad presidencial, sino el descrédito y erosión de actores e instituciones que acentúan el futuro incierto de un país lastimado y de las expectativas precarias en la vida cotidiana de los mexicanos. La clase política en el poder reconoce bien la crisis, los niveles de decepción y desconfianza, pero no acierta a dimensionar ni encontrar alternativas. El 16 de febrero se dio a conocer una entrevista en el Financial Times donde Luis Videgaray, secretario de Hacienda, afirmó: No se trata sólo de reformas; tenemos que hacer frente a lo que es en la actualidad realmente importante para la sociedad mexicana, que no es (sólo) la corrupción y la transparencia. Va más allá de eso, se trata de una cuestión de confianza. Por su parte el dirigente del PRI, César Camacho, reconoció el 26 de febrero que actualmente se vive una crisis de confianza y hartazgo social. Estamos, aceptó, en tiempo en el que si algo está en crisis en este momento es la confianza. Y una relación difícil, en situación crítica entre los ciudadanos y el poder. Entre los ciudadanos y los partidos. Entre los ciudadanos y las instancias que se han ideado para servir eficazmente a los mexicanos. Antes de la gira presidencial en Reino Unido, el presidente Peña Nieto declaró: Hoy hay, sin duda, una sensación de incredulidad y desconfianza (…). Ha habido una pérdida de confianza y esto ha demostrado suspicacia y dudas, esta crisis de confianza es una oportunidad. Creo que aún estamos a tiempo de dar resultados, de entregar beneficios a los mexicanos. Soy optimista.

Luis Videgaray, incómodo

Luis Videgaray, incómodo

En primer término es importante constatar que se ha reconocido el malestar social en la crisis de confianza. Sin embargo, ésta no puede resolverse con el continuo anuncio de resultados ni propaganda mediática de signos alentadores en la economía y la vida social. Aquí cabe el lugar común que dicta que la confianza es difícil de obtener, fácil de perder y casi imposible de recuperar. Francis Fukuyama, en su libro Trust, la define así: Confianza es la expectativa que surge en una comunidad con un comportamiento ordenado, honrado y de cooperación, basándose en normas compartidas por todos los miembros que la integran. Estas normas pueden referirse a cuestiones de valor profundo, como la naturaleza de Dios o la justicia, pero engloban también las normas deontológicas como las profesionales y códigos de comportamiento. El autor neoconservador de El final de la historia no es un liberal a ultranza, sino un liberal comunitarista, partidario de la comunidad como legitimadora de la moralidad; reconoce que la confianza se basa en una presunción sobre la conducta futura del otro, es decir, en la expectativa como actitud que concierne el futuro, en la medida en que este futuro depende, en cierto sentido, de la responsabilidad y de la acción del gobierno. El capital social, que es tejido del sentido común de una sociedad, señala Fukuyama, nace a partir del predominio de la confianza. Esta confianza como lazo tácito facilita una economía fluida, transacciones, fomenta la creatividad individual y justifica la acción colectiva. La confianza es la base en la que construye la relaciones entre el gobierno y la ciudadanía, pero, cuando impera la desconfianza social se produce una ruptura entre el poder y el individuo, e inexorablemente la gobernabilidad se atrofia.

La palabra es rica y compleja. Confianza, nos dice el diccionario, es la esperanza en algo o en alguien. Es el hecho de creer ( Con-fide). Hay, pues, una relación clara entre confianza y creencia. Vemos aparecer allí la idea de la fe en un sentido no religioso. Esta fe secular es la que unía y enlazaba al señor feudal de sus siervos en la Edad Media. La fe conyugal, también, es una relación interpersonal. En latín fides relaciona fe, fidelidad y confiabilidad. Pero también fedu, palabra vecina, se refiere al tratado, el pacto, el acuerdo, las ideas a federar. Estas expresiones son una fuente política de la confianza pública. Por tanto, el primer término de la idea de la confianza es la creencia, pero también el crédito (fiar). Por ello la confianza es interacción y reciprocidad. Las crisis en el INE y los partidos políticos minan el núcleo del sistema electoral y la fuente de legitimación de los futuros gobiernos. La política se ve ahora como el negocio sucio de los políticos; podría convertirse en un ejercicio amplio con instituciones creíbles e inherentes a la democracia. Si el gobierno del presidente Peña Nieto no interactúa con la sociedad, ofrece señales claras de reciprocidad, toma decisiones atinadas, conductas y actitudes que acierten en las expectativas colectivas, jamás recuperará el crédito social.

Por ello recuperar la confianza social no depende de actos unilaterales ni sólo de seducciones gubernamentales. Son insuficientes los anuncios de logros en la economía, en la seguridad y espectaculares detenciones de capos. Se requieren instituciones sólidas, transparencia, rendición de cuentas y rechazo absoluto de la corrupción. Buen gobierno y razonable austeridad. Se aspira de la reciprocidad de una sociedad agraviada. Y el advenimiento de una sociedad civil fuerte y dinámica.

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