Mons. Óscar Romero, Mártir de América

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Mons. Óscar Romero Mártir de América

Por Bernardo Barranco V.

El Papa Francisco ha autorizado el martes 3 de febrero  la promulgación del decreto que reconoce el martirio de Mons. Óscar Arnulfo Romero Galdámez, Arzobispo de San Salvador, asesinado en 1980. La autorización la ha dado en audiencia privada con el Cardenal Ángelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.   El papa Francisco decretó que Mons. Romero, fue asesinado por odio a la fe y aprobó una declaración de martirologio que allana el camino a la beatificación.

La causa fue iniciada por el arzobispo sucesor de Romero  Arturo Rivera y Damas (1923-1994) y estuvo bloqueada hasta 1994. El cardenal Viscenzo Paglia dijo en conferencia de prensa, desde Roma, que al Vaticano llegaron “montañas de cartas” en contra de la beatificación, bajo el argumento que Monseñor Romero era un subversivo, que incitaba a los obreros y campesinos a levantarse en contra del gobierno. Pero era la derecha católica que no soportaba su giro. El odio a la fe es provocada, fraguada y ejecutada, por católicos bautizados que no toleraban la vivencia religiosa del Arzobispo y mucho menos, sus opiniones difundidas a través de la radio durante sus homilías dominicales, y que cuestionaban los abusos de poder cometidos por el régimen de turno y la injusticia estructural del  sistema oligárquico de entonces. Los reparos venían de sectores de la curia, poderosos actores latinoamericanos conservadores y del propio El Salvador.

Efectivamente, el 24 de marzo de 1980, a las 6:25 de la tarde mientras oficiaba misa fue asesinado con un tiro certero al corazón por un miembro del escuadrón de la muerte, organización paramilitar  que en un año, había ultimado de más del mil luchadores sociales. Un día antes de su asesinato, el cardenal leyó una homilía en que se dirigía a los militares golpista diciendo: “les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”. El informe de la Comisión de la Verdad, señala en uno de sus párrafos que el mayor Roberto D’ aubuisson, militar salvadoreño que en 1983 funda el partido de derecha ARENA,  fue el autor intelectual del crimen y que para ello se valió de un grupo de personas cercanas a su entorno de seguridad.

Después del artero y dramático asesinato de Mons. Óscar Romero

Después del artero y dramático asesinato de Mons. Óscar Romero

Más que un sacerdote revolucionario o seguidor incondicional de la Teología de la Liberación, Mons. Romero fue un pastor que se atrevió a proteger a su  pueblo de la barbarie  de la guerra. Fue un mártir de la paz que se arriesgó a cuestionar los excesos de las catorce familias oligárquicas que predominaban la vida económica y política del país, que sometían a las fuerzas militares y de seguridad.  Algunos biógrafos aseguran que en su juventud Romero era conservador y que veía con desconfianza las aperturas del Concilio Vaticano II. Sin embargo siempre tuvo una actitud muy pastoral y de cercanía con el pueblo; sensibilidad social hacia los pobres y desamparados en un país como el Salvadora tan marcado por  las brutales desigualdades e injusticias. Cuando fue nombrado arzobispo de San Salvador y toma posesión el 22 de febrero de 1977, el ambiente era hostil pues se le consideraba conservador y el puesto moralmente le correspondía a Rivera Damas con una larga trayectoria.

El asesinato del sacerdote jesuita Rutilio Grande, a quien lo unía una gran amistad, le sensibiliza ya que el gobierno no cumplió su palabra de aclarar el crimen.  Al primer mes de que Monseñor Romero fuera investido como arzobispo en San Salvador, el padre Rutilio Grande (1928-1977) fue asesinado arteramente por su compromiso social junto con otros dos salvadoreños, en una emboscada. Hecho que lo impulsó a  insistir que el gobierno investigara la acción y exigir justicia. Este evento marco su distancia frente al gobierno y la oligarquía que sin pudor alguno reprimían principalmente pobres y actores que intentaban articularse. Ver el cadáver lacerado del jesuita Grande, con armas de grueso calibro solo de uso militar, hace,  según el testimonio de Jon Sobrino, que se le “cayera la venda de los ojos”

Roberto D’ aubuisson militar de origen francés, presunto autor intelectual del asesinato de Mons. Romero

Roberto D’ aubuisson militar de origen francés, presunto autor intelectual del asesinato de Mons. Romero

No bastó el artero asesinato de Mons. Romero para impacientar la coerción, en sus funerales tumultuarios  el 30 de marzo se desata una nueva masacre en el atrio de la catedral en  la que más cuarenta personas pierden la vida. Ante el hecho,  lleva a los clérigos testigos   provenientes de todos los rincones de América Latina declarar: “Los que vinimos a honrar la vida y la muerte de Mons. Romero hemos podido experimentar la verdad de sus palabras cuando denunciaba incansablemente la represión del pueblo salvadoreño”

Hay que recordar que en octubre de 1979 hubo un golpe militar en El Salvador que pone fin a la disyuntiva de apertura democrática ante un contexto de crisis económica y política.  El Vaticano fue tibio ante el hecho, el papa Juan Pablo II no reaccionó como muchos en el continente esperábamos. Pesaron las aparentes  diferencias ideológicas y la desaprobación que diversos miembros de la curia tenían con Oscar Romero. Hay que ver  cómo reaccionaba el pontífice polaco con los mártires detrás de la cortina de hierro de la Europa oriental.  Si bien Juan Pablo II durante su visita a El Salvador en 1983, oró postergado ante la tumba de Romero, en su momento  no fue lo suficientemente enérgico ni usó el peso de la Iglesia para demandar justicia.  Habría que analizar la actitud del Papa Wojtyla  ante el asesinato  del padre polaco Popiełuszko en 1984 para delimitar grandes diferencias. Cuentan personas cercanas a Romero que el papa Juan Pablo II había despedido a Monseñor Romero, unos meses antes de su muerte, después de una audiencia en Roma  en torno a las violaciones de los derechos humanos, le había pedido mayor prudencia en sus homilías y  un “no me traiga muchas hojas que no tengo tiempo para leerlas… Y además, procure ir de acuerdo con el gobierno”.

Mons. Romero tenía como grandes enemigos como el colombiano Alfonso López Trujillo presidente del CELAM y después miembro de la curia romana;  al conservador Ángelo Sodano  que al momento de su muerte era nuncio muy cercano al dictador  Augusto Pinochet. Siendo Secretario de Estado en 1990 fue un franco opositor de la causa de Romero. Y  por supuesto a Marcial Maciel todos ellos, conformando, un frente antagónico contra la corriente de la Teología de la Liberación latinoamericana

Oscar Arnulfo Romero ya gozaba en su país y en América Latina aureola de santo pese a la displicencia de Roma. Ahora el Papa Francisco lo coloca vía el martirio en camino a  la beatificación.  Mons. Romero acompañó, creció y sufrió con sus fieles. Hoy es ícono que cumple la sentencia: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

 

Trágicos funerales de Mons. Romero

Trágicos funerales de Mons. Romero

Funerales y masacre

El sol caía a plomo, el calor húmedo se acrecentaba con la multitud que se había atrevido a salir a las calles para despedir a su obispo. Estamos en el centro de San Salvador, es domingo 30 de marzo de 1980, en la catedral aun no terminada que da la cara a contra esquina del  palacio de nacional de gobierno. El féretro metálico donde reposa apacible, monseñor Romero, es flanqueado por sacerdotes tanto de la arquidiócesis como de decenas que han venido de diversas partes del continente. La misa es presidida por el Arzobispo de la ciudad de México, Ernesto Corripio Ahumada, quien asiste en representación del papa Juan Pablo II. Entre los asistentes se puede observar a Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca,  Marcos Mc Grath arzobispo de Panamá, Dom Luciano Méndes  Almeida secretario de la poderosa CNBB (obipos Brasileños), Luis Bambarén del Perú y entre los muchos sacerdotes estuvieron Jesús García de México, Gustavo Gutiérrez teólogo peruano padre de la Teología de la Liberación y Luis María Goicoechea asesor de los movimientos universitarios MIEC-JECI en América Latina. No cabía un alma, se calcula unas 250 mil personas en la misa abierta en el atrio de la catedral, hoy  llamada la plaza cívica.  Justo en el momento de  la homilía de Corripio, se escuchan detonaciones y disparos,  la misa se interrumpe y la gente aterrorizada corre en diferentes direcciones a resguardarse. Hubo caos y confusión,  gritos ensordecedores;  las personas se arremolinaban en diferentes direcciones buscando un refugio que no existía.  Muchos murieron apretujados contra las rejas de la catedral. Momentos antes, de la confusión se habían unido la celebración un numeroso contingente de 10 mil  militantes de

La curia cuestionaba a Mons. Romero

La curia cuestionaba a Mons. Romero

izquierda que se habían atrevido a marchar pacíficamente. El saldo trágico fue de más de 40 muertos y cientos de personas heridas. Ese mismo día, la junta militar de gobierno señaló con cinismo a la coordinadora revolucionaria de masas como responsable de la tragedia pues “pretendía secuestrar” el ataúd de Mons. Romero. Hecho que los observadores internacionales compuesto por decenas de sacerdotes desmintieron categóricamente. Era claro que la Junta se atemorizó con la presencia multitudinaria del pueblo salvadoreño que reclamaba justicia y que señalaba a los militares como responsables del magnicidio.

En la prensa mexicana hubo una amplia cobertura de los hechos. Recuerdo bien una caricatura en la que el arzobispo Ernesto Corripio Ahumada va corriendo entre la multitud, levantándose las sotanas para ir más rápido, su cara denota preocupación y va diciéndose: “más vale que aquí Corripio que aquí Quedipio”

Luis María Goicochea,  un testimonio

Luis María Goicochea

Luis María Goicochea

Luis María sacerdote vasco encargado en aquel entonces de la asesoría de los movimientos universitarios de la JECI y del MIEC Pax Romana en Latinoamérica tuvo contactos con Mons. Romero y fue  testigo del trágico sepelio.  Con Luis María  colaboré por cerca de 4 años, ofrece un testimonio que guardo en mis recuerdos. Escribe en la editorial del ICLA, lo siguiente: “Lo que he vivido en los funerales de Mons. Romero es expresión de la inseguridad del pueblo salvadoreño y afirma también que la esperanza se ha hecho camino. Mons. Romero nos mostró cómo es posible conjugar ser maestro de la verdad, ser profeta, rindiendo a Dios el culto que le agrada. Me parece que la repulsa por la muerte de Mons. Romero no se ha hecho sentir con suficiente fuerza. La Iglesia entera debió proclamarse en duelo. Mons. Romero acompañó a su pueblo, creció con él como pastor y este pueblo acompañó a su pastor en la vida y en la muerte y creció con él como pueblo y como Iglesia” (informativo Católico Latinoamericano, no. 6 marzo de 1980, p.3).

Mi experiencia con Mons. Romero

Lo conocí hacia finales de 1979, estuve solo una hora con él en una vieja y fresca casona en San Salvador. Creo tener por ahí una foto con él. Centroamérica era un polvorín entonces, la revolución sandinista en Nicaragua y el golpe de Estado en El Salvador marcaban dos contrastes en una región  rubricada por la Guerra Fría aun vigente. En gran parte de  América del sur reinaban los gobiernos autoritarios y las dictaduras militares.  En ese momento con apenas 25 años, el que escribe,  era secretario general  del secretariado latinoamericano  Pax Romana MIEC-JECI  una vasta red latinoamericana e internacional de estudiantes católicos.  La conversación giró en la disyuntiva de cómo desarrollar una pastoral universitaria en aquel país, marcado por un contexto de guerra. Los jesuitas eran clave pues detentaban con celo  la educación superior en el país. Los viejos jesuitas más cautos no querían abrir frentes de discordia ni de  provocación.  Mons. Romero sabía de la importancia de la formación intelectual y espiritual de los futuros profesionales y líderes sociales pero también tenía los pies bien asentados en la realidad. Sus prioridades en ese momentos eran otras,  por las dramáticas circunstancias se centraban en la defensa de los derechos humanos y su nombre en desde el año pasado había figurado como candidato al premio nobel de la paz. La circunstancia salvadoreña ayudaba poco. Nuestra conversación fue breve y su actitud cálida. Su voz era suave, en su rostro sobresalía su amplio mentón y labios gruesos que iba a tono con su complexión  pero contrastaba con su aparente timidez. Con entusiasmo  me platicó su aprecio por los medios de comunicación como forma de información alternativa. Pensaba que los católicos hacían poco uso de medios tan poderosos como la radio o la televisión. El trasmitía sus homilías por la radio de la arquidiócesis. Me contó algunas utilidades que realizó con la radio  corta cuando era obispo de la diócesis de Santiago de María en una atmósfera campesina con poco menos de 400 mil habitantes y solo 20 parroquias. Y por supuesto no desaprovechó oportunidad para bromear con la soberbia mexicana hacia Centroamérica.  Guardo aun copia de algunas cartas que intercambiamos en aquel periodo.

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