El cardenal Pietro Parolin y la circunstancia mexicana

 

 

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Por Bernardo Barranco V.

Jueves 17 de abril de 2014

La desmesurada y melosa acogida al secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, número dos del Vaticano, refleja el interés del gobierno de Enrique Peña Nieto por guardar una excelente relación con la Iglesia mexicana y con la Santa Sede. Porque existe una preocupación por la inesperada actitud crítica del episcopado hacia las reformas y sobre el rumbo que está tomando el país. No es casual la visita de Parolin ni mucho menos se puede desdeñar las posibles repercusiones políticas que pueda tener para el país.

Recordemos que en abril los prelados mexicanos presentaron un conjunto de preguntas críticas sobre los contenidos de las reformas fiscales, educativa, política, energética y mediática; los cuestionamientos están posicionados en un documento titulado “Por México ¡ACTUEMOS!”.

En dicho pronunciamiento, los obispos, en cinco bloques de cuestionamiento resentados en forma de preguntas expresan inquietudes sobre la orientación del país. Es decir, no son preguntas que buscan sólo la aclaración, sino constituyen verdaderas objeciones a los asuntos que abordan las grandes reformas. Por ejemplo, en la reforma hacendaria, los obispos se preguntan en el texto sobre el destino de la renta para que ésta deba ser utilizada con honestidad y transparencia para construir un país con menos desigualdades, que favorezca el empleo digno.

 

Sobre la reforma electoral, los prelados,  piden que se superen las artimañas de los políticos más habilidosos que lucran con el poder. Sobre la reforma energética, los obispos se preguntan sobre su orientación social; advierten el aprovechamiento de unos pocos, sentenciando que si la persona humana no está por encima del dinero, el dinero le pondrá precio a cada persona. En ese sentido abordan sus cuestionamientos a las reformas en telecomunicaciones observando: ¡Sin verdad y sin justicia los monopolios sólo cambiarán de manos, la manipulación de la opinión pública y de los contenidos la definirán los intereses dominantes! Los obispos cuestionan la indiferencia con que asumimos nuestra circunstancia, al banalizar la pobreza de más de 50 millones de mexicanos, muchos en una miseria que los condena a morir sin atención médica.

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Por primera vez en mucho tiempo, los obispos abandonan el lenguaje de terciopelo para confrontar ante los protagonistas de las reformas el destino del país. Ellos mismos señalan que “ante las reformas constitucionales hacemos nuestras las inquietudes de nuestro pueblo y nos preguntamos de qué manera serán benéficas, sobre todo para los que han estado permanentemente desfavorecidos, o si serán una nueva oportunidad para aquellos acostumbrados a depredar los bienes del país”.

En la visita ad limina que en mayo pasado realizaron los obispos a Roma, expresaron sus preocupaciones por la violencia, inseguridad, desempleo, migración, corrupción e impunidad ante el Papa y diferentes dicasterios romanos. Mariano Palacios Alcocer, embajador de México ante la Santa Sede, no tardó en notificar la forma y el tono de los prelados mexicanos ante el Papa.

El giro crítico de los obispos, por supuesto que preocupa al gobierno. Es claro que en el modelo de gobernalidad, la Iglesia juega un papel estratégico para el actual gobierno. En la experiencia de Enrique Peña Nieto como gobernador quedó manifiesta la inmejorable relación de apoyo mutuo con el clero mexiquense. Especialmente con algunos obispos como Onésimo Cepeda, Francisco Javier Chavolla y Carlos Aguiar Retes.

Recordemos que previo a la campaña presidencial, Víctor Rodríguez, entonces secretario de la CEM y hoy obispo de Valle de Chalco, declaró que “Peña Nieto era el mejor gobernador del país”. Por ello, la estrategia del Presidente es mantener excelentes vínculos con el Papa y la cúpula del Vaticano como recurso político y así fortalecer su postura ante la hipotética rebeldía clerical. Así lo hizo Salinas de Gotari en los ochentas bajo la llamada “doctrina Prigione”.

Sin embargo, la postura crítica de los obispos mexicanos tan sumisos y condescendientes con el poder, solo se explica por dos razones. Una es el efecto Francisco, quien es aún mucho más radical en su crítica al modelo económico vigente. Dicho de otra forma: los obispos locales hacen eco de las posiciones del Papa a la situación política y económica del país. En este caso, el gobierno debe entender que la fuente de la discrepancia no es la Iglesia local sino con la visión del Papa Bergoglio.

La segunda razón es que los obispos estén ante la puerta de negociaciones de alguna prebenda o privilegio específico. Políticamente, no debemos pasar por alto ni olvidar que los prelados mexicanos son verdaderos maestros del manejo de tiempos, oportunidades y posicionamiento de su agenda de intereses.

Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado con el Presidente Peña Nieto

Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado con el Presidente Peña Nieto

Efectivamente,  el Papa Francisco en  su exhortación apostólica Evangelii gaudium ( La alegría del Evangelio) denuncia el sistema económico actual: es injusto en su raíz.Esa economía mata, porque predomina la ley del más fuerte. La cultura actual del descarte ha creado algo nuevo: “Los excluidos no son ‘explotados’ sino desechados, son ‘sobrantes’”. Vivimos en una nueva tiranía invisible, a veces virtual, de un mercado divinizado, donde imperan la especulación financiera, una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta. Nos preguntamos si el presidente Enrique Peña podrá encontrar puentes saludables de encuentro en torno a los pobres entre México y el Vaticano, como lo anuncio en un principio,  pues gran parte de los informes de los obispos en la visita ad limina son al respecto severos y críticos. Ya no podrá presumir el descafeinado programa hambre cero de inspiración católica, pues sus resultados han sido decepcionantes.

La respuesta del gobierno no se hizo esperar y el 7 de junio el Presidente Enrique Peña Nieto visita oficialmente la santa Sede y se entrevista con el Papa Francisco. El gobierno quiere atajar un potencial foco de tensión con la Iglesia católica, utilizando el recurso del pragmatismo político. Especialmente cuando la jerarquía mexicana está dado muestras de descontento y malestar que percibe entre su feligresía, no sólo ante la política económica, sino frente a los diversos entornos preocupantes en el país. Uno de los objetivos del Presidente fue explicar, especialmente ante el secretario de Estado Pietro Parolin, las supuestas bondades estratégicas de las reformas y de la política estructural del gobierno. Es el regreso al encantamiento que utilizó el candidato Peña para cautivar a muchos prelados. La visita del Secretario de Estado Parolin, va más allá de los temas de migración y la probable visita del Francisco a México. Se inscribe en el el marco de redefinicones de la relaciones entre la Iglesia y el Estado mexicano y en la configuración de un nuevo tratamiento a la agenda de intereses de la Iglesia local.

 

En política  todo es posible, más en los tiempos actuales  del pragmatismo absoluto que se respira. Mal haría el gobierno mexicano en negociar bajo la mesa alguna concesión clerical. Estaría violando el artículo 40 constitucional que consagra el país como una república laica. Es decir, el Estado mexicano no debe otorgar ningún privilegio a ninguna asociación religiosa, por más mayoritaria que sea, está obligado a guardar equidad con todas las religiones y debe salvaguardar el derecho de las minorías. Como señalábamos en otra entrega, La enorme diversidad religiosa que México ha mostrado en los últimos 20 años reduce las fronteras de posibles negociaciones u ofrecimientos gubernamentales para obtener ventajas coyunturales. El Estado laico mandata al Ejecutivo a fortalecer nuestro sistema de democracia, que lo obliga a incluir, proteger y respetar a las minorías. El crecimiento de las iglesias evangélicas en el país lo llevan a un diseño de inclusión en la construcción plural, porque todas estas confesiones son parte activa de la vida social del país. Por ello, negociar al viejo estilo prigionista puede resultar arriesgado, ya que la condición de monopolio absoluto ha finiquitado. El orden del espacio público en materia religiosa supone no sólo la separación Estado-iglesias, sino un corpus de tolerancia institucional en la cual la inclusión es un factor primordial.

 

Esta nueva soberanía de pluralidad religiosa no puede ser negociada para congraciarse con la religión preponderante. Por más apremiado que esté el Presidente, en el marco de la laicidad no puede mercadear privilegios ni concesiones a cambio de ponderación y apoyo político a proyecto alguno. El Ejecutivo, y no la Iglesia, estarían socavando el carácter laico del Estado mexicano contenido en el artículo 40 de la Constitución.

Un resumen puede leerse en Milenio Estado de México, jueves 17 de julio de 2014

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