El despido de Bernardo Barranco, ¿presión o complicidad entre dos poderes fácticos?

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El despido de Bernardo Barranco, ¿presión o complicidad entre dos poderes fácticos?

imagesPor: Ivonne Acuña Murillo*

 

El experto en temas religiosos, el sociólogo Bernardo Barranco, fue despedido de Radio Centro por presiones de los Legionarios de Cristo, inconformes con la línea editorial que ha mantenido por años y que se centra en una postura crítica en torno a las “debilidades” de la Iglesia Católica y la visible crisis por la que atraviesa, a decir de él mismo en entrevista radiofónica.

El pretexto: dio entrevistas a programas de la “competencia”, en especial a Carmen Aristegui. El detonante: sus comentarios durante el proceso de elección del nuevo papa en torno a que el cardenal Norberto Rivera no tenía posibilidades para acceder a un puesto de ese nivel dado que su autoridad moral ha sido puesta en duda por las acusaciones hechas en su contra por proteger a sacerdotes pederastas. Incluso formó parte de la llamada “sucia docena”, una lista de los cardenales “no papables”.

El hecho no tendría mayor trascendencia si lo pensamos en el contexto de una empresa de comunicación que decide prescindir de las colaboraciones de uno de sus especialistas por una supuesta deslealtad. Sin embargo, estamos frente a una compleja relación entre poderes fácticos.

El derecho de las audiencias son derechos ciudadanos

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El análisis de esta relación puede abordarse, al menos, desde dos perspectivas. Por un lado, podría estudiarse como la presión de un miembro de un poder fáctico -la Iglesia católica-, sobre otro miembro de otro poder fáctico – los Medios de Comunicación; esto es, los Legionarios de Cristo presionando a Radio Centro para censurar a un analista que continuamente hace comentarios críticos sobre la actuación de la jerarquía católica. Por otro lado, puede suponerse que no hubo presión sino acuerdo entre dos poderes fácticos decididos a imponer a la sociedad mexicana una sola visión, la suya.

En este escrito se apuesta por la segunda vertiente y se afirma que lo que se pretende con esta decisión es homologar los criterios a partir de los cuales las personas interesadas en temas religiosos formen su propia opinión. El sesgo que esto conlleva está en contra de derechos centrales en una democracia, a saber: la libertad de expresión y el derecho a la información.

La actitud de la Iglesia no sorprende pues, por siglos, se ha esforzado, muchas veces con éxito, en imponer al mundo una visión unilateral de éste. En relación a los Medios no se desconoce que a partir de las últimas décadas han pasado de ser justo eso, medios, para convertirse en actores políticos empeñados en supeditar a la sociedad a sus propios intereses. No sorprende tampoco la complicidad entre poderes fácticos. Lo que sí es una novedad es que, a través de la programación y contenidos de la televisión, los medios se presten a reforzar en la población no sólo una cosmovisión sino una forma de actuar relacionada con la creencia de que ponerse bajo el amparo de Dios, Jesucristo, la Virgen de Guadalupe o un santo o santa es suficiente para resolver cualquier tipo de problema, por grave que sea, dejando en segundo término soluciones seculares como el acudir a las autoridades gubernamentales, instituciones de la sociedad civil o la búsqueda de especialistas. Y por supuesto, ni hablar de denunciar a los sacerdotes que abusen sexualmente de niños o niñas, tema no tratado en sus transmisiones.

Para constatarlo basta con ver los programas “La rosa de Guadalupe”, transmitido por Televisa, o “A cada quien su santo”, de TV-Azteca: en ambos programas se abusa de la religiosidad popular para llevar a la audiencia a una clase de inmovilismo que sólo puede beneficiar a quienes detentan el poder, sea éste mediático, político, económico, religioso.

Censura, poderes fácticos e Iglesia condicionan la libre expresión en materia de creencias

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Dejarle todo a la divinidad no puede más que provocar el abandono de la exigencia hacia quien ofrece servicios de muy mala calidad, cobra tarifas excesivas, mal gobierna, reprime, roba, cobra impuestos inequitativamente, vende el patrimonio nacional, contamina el aire, el agua, nos envenena con productos transgénicos, enajena nuestras semillas, etc. Por otra parte, la inclusión de este tipo de programas en el contexto de una oferta por demás mediocre, falta de opciones de mejor calidad, de contenidos que lleven a la audiencia a reflexionar, cuestionar, problematizar su entorno, a formar una opinión pública que cumpla con la función para la que históricamente nació, a saber, la observación y crítica de quien gobierna, forma parte de la tradición de hacer una televisión para “jodidos”, como dijera el fundador de Televisa.

El despido de Barranco no puede más que inscribirse en esta lógica sectaria que presenta una realidad que se ajusta a los fines político-religioso-comerciales de dos poderes fácticos: los Medios y la Iglesia Católica y que tiene en el pueblo de México a una audiencia cautiva, una masa silenciosa constreñida por la manipulación de sus más íntimas creencias.

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