Un papa para la reforma de la curia

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Un papa para la reforma de la curia

Bernardo Barranco

No existe un claro candidato al pontificado. A diferencia de hace ocho años, ahora se barajan muchos nombres, sin que se perfile un claro aspirante. Pareciera que hay dramáticos vacíos de liderazgos internos: no se vislumbra ningún cardenal que brille con luz propia, ninguno tiene un fuerte ascendiente, ni está precedido de antecedentes legendarios, merecedor de votos y admiración. Pocos poseen un protagonismo eclesial digno de un epígrafe o de plausibilidad tal que lo coloque en la antesala del papado. Reflejan la oscura y gris generación de un prolongado invierno eclesial. Esto explica por qué los cardenales que constituyen el colegio cardenalicio aún no han fijado la fecha para la realización del próximo cónclave; quieren conocerse más e intercambiar sus diagnósticos sobre el desastre en que se ha convertido el más alto gobierno de una iglesia sacudida y debilitada por los escándalos. Los purpurados que han llegado a Roma no quieren apresurarse en la lógica del cónclave hasta no ahondar en la clarificación de ciertos problemas como el Vatileaks y las nuevas filtraciones, al parecer hechas desde el despacho de Ratzinger, sobre degradación sexual, financiera y política de la curia. Sobre todo los llamados cardenales foráneos han llegado a Roma preocupados más por frenar los escándalos y finiquitar las luchas intestinas de la curia romana como primer paso, establecer consensos y pactos, para después elegir un nuevo papa como subsiguiente curso. Muchos cardenales recién llegados a Roma piden no apresurarse para entrar en cónclave hasta no precisar y discernir esos problemas que la Iglesia presenta como apremio de corrupción interna, que no son otra cosa que la consecuencia de su falta de transparencia y escaso espíritu evangélico. El proceso del cónclave vive bajo la presión, no de los atentos medios, sino de las divisiones internas, las desconfianzas de bloques de la curia y recelos antagónicos de aquellos actores que durante ocho años rodearon al ahora ex papa Benedicto XVI. Queda claro que el proyecto conservador de la Iglesia católica ha fracasado estrepitosamente; la tendencia autoritaria que bloqueó el ímpetu progresista emanado del concilio ha mostrado su agotamiento e inviabilidad y ha colocado a la Iglesia al borde de un cisma. El conservadurismo intransigente del bloque Juan Pablo II y Benedicto XVI disciplinó y reprimió a los sectores progresistas, alegando que atentaban a la identidad eclesial y ponían en riesgo la continuidad y tradición de la Iglesia. Dicho bloque se ha derrotado a sí mismo y ha puesto a la Iglesia al borde del abismo e infortunio. La Iglesia, en términos generales, está en estado de shock, de crisis, y mientras no se reconozca será muy difícil buscar salidas. Una iglesia envejecida, sus templos cada vez más solitarios, dificultad para encontrar vocaciones, menos sacerdotes en relación con el crecimiento de la población y más parroquias desatendidas. Los jóvenes no se sienten cómodos y tienen dificultades para interactuar con la Iglesia. Las mujeres encuentran en la retórica clerical una amenaza a su cuerpo y su dignidad. La Iglesia requiere más que nunca, bajo el acoso de escándalos y pérdida de autoridad moral, un nuevo papa que, como Juan XXIII, proclame la necesidad de volver a abrir las ventanas para que entre aire nuevo. No se trata de una nostalgia sesentera sino de una apremiante necesidad de encontrar nuevos equilibrios e hipótesis de salida al naufragio actual. La Iglesia debe recuperar el espíritu optimista del Concilio Vaticano II o diseñar uno nuevo para que dialogue con franqueza y naturalidad con la cultura contemporánea.

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La primera congregación general, reunión pre cónclave entre todos los cardenales, tuvo un buen inicio. El diario italiano La Repubblica, en su edición del 5 de marzo, registró que que el cardenal alemán Walter Kasper, secundado por los estadunidenses O’Malley y Dolan, demandó información precisa directamente al cardenal de la prelatura del Opus Dei, Julián Herranz, cabeza de la investigación que solicitó Benedicto XVI acerca de las filtraciones delVatileaks. Curiosamente, los tres purpurados que formaron la comisión cardenalicia creada por Benedicto XVI para esclarecer el robo y filtración de documentos personales enviados a él y del Vaticano: el español Herranz, el italiano Salvatore de Giorgi y el eslovaco Jozef Tomko, se encuentran reunidos con sus iguales en las sesiones preparatorias para el cónclave. Sin embargo, la respuesta del canonista cardenal Julián Herranz fue genérica y evasiva. Trató de preservar la voluntad de Ratzinger de que sólo el próximo papa debería conocer los contenidos de la relatio. La actitud de los autores del informe puso en jaque a todos los cardenales de la curia, especialmente los italianos, pues podrían estar entredichos en ese misterioso documento de 300 páginas y, por lo tanto, quedar fuera de la carrera por la silla pontificia. En seguida, relata La Repubblica, el cardenal decano Angelo Sodano hizo una abigarrada defensa a capa y espada de la oscura maquinaria de poder del gobierno vaticano. El presidente de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil, el cardenal Raymundo Damasceno Assis, arzobispo de Aparecida, en una entrevista al diario italiano La Stampa, ha reconocido que el caso Vatileaks influirá en las votaciones de los purpurados, y por ello ha pedido conocer el contenido central del informe secreto.

Hans-Küng

Hans-Küng

Este improvisado interrogatorio y discusiones en el interior del colegio cardenalicio es una buena señal de recuperar el espíritu colegiado de la Iglesia. Tomó distancia del fatal regreso a los viejos hábitos monárquicos de la Iglesia en que tanto se empeñaron Wojtyla y Ratzinger. Coincido plenamente con el soplo de Hans Küng, cuando Euronews le preguntó sobre el perfil del nuevo papa: “En mi opinión, no es importante de dónde venga. La cuestión es si será competente, capaz de guiar a la Iglesia para que salga de la profunda crisis actual, si tiene fuerza, independencia y valentía para hacerlo. Y eso va a ser muy difícil, porque todos los obispos han sido colocados por el papa polaco en una línea muy específica… Y la pregunta es si se encontrará ahora a alguien que consiga la mayoría de dos tercios para sacar a la Iglesia de la crisis”.

La Jornada, jueves 7 de marzo de 2013

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