Los sentimientos neoapocalípticos

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Los sentimientos neoapocalípticos

Bernardo BarrancoV.

 

La supuesta predicción maya sobre el fin del mundo que acaecerá entre el 21 y 23 de este diciembre pone en evidencia lo irracional y supersticiosa  que aun es la humanidad actual. Pese a su  racionalidad como soberbia, a los avances científicos y su aparente alejamiento de Dios,  el hombre moderno contemporáneo conserva intacta la gravitación de lo mistérico y sobrenatural. El mito del fin del mundo maya es una preciosa oportunidad para aquilatar las obsesiones  catastrofistas de  un final absoluto de la historia. El filósofo rumano Mircea Eliade, sostiene que el hombre irreligioso en estado puro casi no existe, incluso el hombre sin religión en la sociedad más desvangelizada sigue, sin saberlo, un comportamiento religioso. La supuesta narrativa maya es insostenible porque en la cosmovisión mesoamericana la historia como territorio sagrado es circular. Empieza y se recrea por donde termina, los acontecimientos son cíclicos  como los cultivos de la vida. El catastrofismo proviene de la racionalidad judeocristiana occidental, ahí  la historia es lineal y progresiva.

 

Los sentimientos milenaristas del fin del mundo siguen intactos. En el occidente actual se ha convertido en una obcecación masoquista casi patológica. Los comportamientos sociales pueden ser peligrosamente alterados, por ejemplo, la madre de Adam Laza perpetrador  la masacre de Connecticut, era “prepper” o preparacionista, es decir, se alistaba para sobrevivir el fin del mundo en el 2012.

 

Hay todo un paralelismo con los presagios apocalípticos del inicio del primer milenio de nuestra era. El  erudito  historiador francés George Dubby en su libro “El año mil”, nos narra la anarquía apocalíptica que en que caen las sociedades medievales del siglo X. Las costumbre y los hábitos morales se relajan, incluso se abandona el interés por aprender frente a la inminencia del fin de los tiempos. El contexto del momento condiciona, el estado de ánimo. Las pestes y epidemias azotaron las más remotas regiones de Europa, la influencia islámica se acrecentaba con  fuerza beligerante y militar sobre todo en el mediterráneo; el cristianismo se dividía en dos grandes tradiciones la romana y la bizantina ortodoxa de oriente; el universo romano no acababa de transformarse.  Los terrores y arquetipos del fin de milenio eran congruentes con un mundo dividido y azotado por el caos.

 

Llama poderosamente la atención, la percepción representativa del mundo de Humberto Eco, en su diálogo  con el cardenal Carlo María Martini; resume en un párrafo, los sentimientos neoapocalípticos actuales : “En esta espera…  no hay más las siete trompetas, el granizo y el mar que se convierte en sangre, la caída de las estrellas, las langostas que emergen con el humo del pozo del abismo, los ejércitos de Gog y Magog, y la Bestia que surge del mar, sino el multiplicarse de los depósitos nucleares ya incontrolables, la lluvia ácida y el Amazonas que desaparece, el agujero de ozono y las migraciones de hordas desheredadas que salen a tocar, a veces con violencia, a las puestas del bienestar, el hambre de continentes enteros, nuevas e incurables pestes, la destrucción interesada del suelo, los climas que se modifican y la ingeniería genética que construirá a nuestros replicantes.” El pánico apocalíptico después de la segunda guerra mundial fue el ataque nuclear hoy es la devastación de ecológica de nuestro planeta.

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