Los 50 años del Concilio Vaticano II

ceremonia de inauguración del Concilio Vaticano II en 1962

Los 50 años del Concilio Vaticano II

Bernardo Barranco V

2012-10-11 • ACENTOS

Juan XXIII, un papa anciano de cuna campesina fue elegido en 1958 como un pontífice de transición. El también llamado “Papa bueno” convoca sorpresivamente la realización de un concilio ecuménico ante el azoro y oposición de muchos miembros de su propia curia. El Concilio se lleva cabo en cuatro sesiones de 1962 a 1965.

Estamos en la década luminosa de los 60’s, de los milagros económicos europeos que avizoraban un futuro promisorio. En la sesión solemne de inauguración, mediáticamente espectacular, se respiraba una atmósfera de renovación. La Iglesia se abre a dialogar con el mundo moderno secular y laico. De gran impacto en el universo católico, los polvos imperiales de la Iglesia son sacudidos por un nuevo espíritu renovador de apertura hacia una estructura menos jerarquizada; se dio más libertad a la reflexión e innovación teológica.

Las reformas litúrgicas, abandono de la misa en latín, son un signo visible de una Iglesia que se sacude un pasado plagado de petrificación. Si bien el Concilio fue una apertura a la modernidad, especialmente europea, la recepción latinoamericana es de enormes consecuencias.

Los obispos latinoamericanos reunidos en Medellín, Colombia, en 1968, van más allá del Concilio; en medio de las dictaduras militares de la época proclaman justicia social, respeto a derechos humanos y la opción preferencial por los pobres. Esta “tempestad de novedades”, búsqueda y respuestas, ensayo y error no llegó a durar 10 años. Las cúpulas de la Iglesia sienten amenazada la identidad de la Iglesia y disciplina de todo el cuerpo eclesial.

Se inicia lo que el teólogo brasileño Joao Baptista Libanio llamó un periodo de “triangen”, es decir, una fase de separar las experiencias consideradas válidas de aquellas consideras nocivas a su vitalidad. Y se cierra el espacio a las innovaciones. Se prohíben nuevos ensayos para concentrarse en el discernimiento, es la vuelta a la gran disciplina.

Durante el pontificado de Juan Pablo II se regresa a la ortodoxia y a la autoridad del magisterio, a la centralidad en un proceso de encuadramiento. Es el fin del progresismo católico y a toda euforia aperturista. Bajo Juan Pablo II (1979-2005), desde Roma se determinan nuevos equilibrios internos, llamado por el Giancarlo Zízola: restauración.

Esta es la postura del actual Papa Benedicto XVI, quien en entrevista con Victor Messori (“Rapporto sulla fede”, 1985), Ratzinger dice: “si por restauración entendemos la búsqueda de un nuevo equilibrio después de las exageraciones de una apertura indiscriminada al mundo, después de las interpretaciones demasiado positivas de un mundo agnóstico ateo, entonces esta restauración es deseable y, de hecho, ya se está dando”

A 50 años, el Concilio Vaticano II se presenta como un ensayo fallido. La Iglesia se ha vuelto a cerrar y a condenar los valores y los principio de la sociedad moderna contemporánea. Ha politizado la disputa de la moral en la sociedad, debatiendo temas como aborto, homosexualidad, feminismo, nuevas parejas, eutanasia, control natal, laicismo, libertad religiosa, etc. Sin embargo, la Iglesia se ha venido relegando, la caída del número de católicos en Brasil y México son alarmantes. ¿Será necesario hacer otro intento para encontrar una nueva síntesis entre la fe y la cultura?

Milenio Estado de México, jueves 11 de octubre de 2012

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