Onésimo Cepeda: difícil decir adiós

 

 
POSTEANDO Bernardo Barranco
Mienio 2012-05-24 • ACENTOS

Frivolidad, adicción al poder y a los poderosos son constantes en la vida del obispo Onésimo Cepeda. Durante su última homilía reconoce que se va con una sensación agridulce: “He estado en el huracán de los chismes, las mentiras y las calumnias todo el tiempo, porque he dicho la verdad y he ganado dos juicios porque he tenido la razón”.

En tiempo récord, el Vaticano aceptó su renuncia conforme el canon 401 del derecho canónico porque es un obispo atípico, cargado de polémicas y escándalos que comprometen la imagen, de por sí dañada, de la propia Iglesia.

La gran tragedia de personajes religiosos como Onésimo Cepeda es que sacralizan el poder en detrimento del evangelio. Son actores que se van haciendo soberbios alejados de la humildad, la dulzura y la libertad que otorga el espíritu. El obispo Cepeda se convirtió en mercader de la fe, incómodo para Roma que lo sanciona con un rotundo y súbito retiro.

El obispo hoy jubilado, hizo de la clase política su mercado religioso.

A pesar que él mismo se definía daltónico, insípido e insaboro en términos políticos su corazón siempre fue tricolor. Le decían el “capellán de PRI”, “aumônier del grupo Atlacomulco”. Sin embargo, tuvo gran habilidad para colarse con los panistas al grado que llegó a ganar la confianza e intimidad con la también frívola pareja presidencial de Vicente y Marta Fox.

Onésimo tiene la herencia genética de Simón, el mago que aparece en los Hechos de los Apóstoles, quien quiso comprar, según la cita bíblica, al apóstol Simón Pedro su poder para hacer milagros. En la tradición de la Iglesia “Simonía”, es una práctica muy condenada, es decir, la compra o venta de lo espiritual por medio de bienes materiales.

Es notable la actitud burlona con la que Onésimo Cepeda afrontaba los diferentes temas de la realidad. Irreverente, alburero y socarrón, el obispo siempre daba nota a los medios que luego criticaba; además de su adicción al poder, el obispo de Ecatepec tuvo siempre la necesidad de los reflectores. Los pastores deben empezar por apacentarse a sí mismos.

Ser obispo es una tarea de servicio, es un honor dentro de la Iglesia que distingue a unos cuantos a ser sucesores de los apóstoles que Cristo envió a todas las partes del mundo; ser ejemplo de fidelidad y de gracia.

Cuando Onésimo en su última homilía, se declara inocente y víctima de conjuras mediáticas, “no fui ratero, ni cometí fraude”, indica independientemente de su voluntad que anduvo en fronteras peligrosas de su ministerio. Más allá de la danza de los 130 millones de dólares que siguen en litigio y de una trayectoria eclesiástica polémica, el retiro abrupto de un personaje religioso llama la atención. Roma tomó su decisión: Onésimo se va.

Milenio Estado de México, jueves 24 de mayo de 2012.

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