Querer no saber

Querer no saber

Denise Dresser

El Papa vino y se fue sin  reunirse con las víctimas de Marcial Maciel. Sin encontrarse con los que padecieron la pederastia clerical y sin mencionar el tema siquiera. Un ejemplo más de la actitud de muchos actores que quieren olvidar el “caso Maciel”. Rehuirlo. Diluirlo. Sepultarlo. Fingir que nunca ocurrió. Verlo tan sólo como un trágico accidente en la vida religiosa de la Iglesia y no como un problema estructural que ha recorrido la cartografía mexicana y mundial. Concebirlo como una patología individual y no como parte de las patologías de la Iglesia Católica y de la sociedad, en particular la mexicana. Rechazar que forma parte un patrón de inmoralidad e impunidad religiosa. Intentar desentenderse de la responsabilidad de quienes lo defendieron, lo legitimaron y ahora la apuestan al silencio.

Pero la apuesta que el País y los católicos que lo habitan debería ser otra. Debería ser la apuesta por la verdad. Como lo explican Alberto Athié, José Barba y Fernando González en su libro “La voluntad de no saber: lo que sí se conocía sobre Maciel en los archivos secretos del Vaticano desde 1944”, Marcial Maciel no puede ser entendido como un extraño personaje solitario, una especie de insólito accidente eclesial, del cual la cúpula de la Iglesia Católica se enteró hasta el año 2000, según lo ha afirmado Benedicto XVI. Como lo demuestran los documentos contenidos en el libro y disponibles para consulta pública en http://www.lavoluntaddenosaber.com, el Vaticano conocía desde los años cuarenta el comportamiento delictivo e inmoral de Maciel y su doble vida. Y optó por callar. Eligió la complacencia y la dilatada tolerancia institucional, reflejada en el silencio del Papa en su paso por México.

Acallamiento evidenciado por el hecho de que el Papa sí se reunió con víctimas del abuso sexual en Estados Unidos, en Australia, en Portugal, en Malta, en Inglaterra, en Alemania. Allí sí, acá no. Allí sí hubo tiempo y espacio en su agenda, acá ni se tocó. Por presiones del Episcopado mexicano, dicen. Porque la Iglesia “no conoce” a las víctimas, argumentan. Pero el vacío en esta visita se explica por otras razones: las autoridades religiosas actúan –así lo subraya Bernardo Barranco en el prólogo– como si Maciel y sus víctimas fueran de otro planeta. Como si no merecieran la verdad y la justicia y la compensación y el consuelo que han recibido en otras latitudes. Como si México no se mereciera un pronunciamiento público, amplio y detallado que deslinde responsabilidades y reconozca culpas y detecte cómplices al estilo de Onésimo Cepeda y Norberto Rivera.

En torno a Maciel, la Iglesia Católica mexicana y el Vaticano ilustran eso que Alessandro Baricco llama “algo que sabía desde siempre, pero de esta manera de no saber nunca”. Algo reportado desde los años cuarenta en diversos documentos y cartas enviadas a las autoridades eclesiásticas. Algo que un artículo parteaguas en el periódico The Hartford Courant se hizo público por primera vez en 1997. Algo que el Canal 40 y los periodistas Salvador Guerrero Chiprés, Carmen Aristegui y Javier Solórzano reportaron en los noventas. La pederastia practicada por Maciel. La adicción a la morfina que tenía. Los hijos que había procreado. La familia que había ocultado. Y ante la avalancha de acusaciones quedan las respuestas reprobables de Norberto Rivera: “Son totalmente falsas, son inventos (los periodistas) deben platicarnos cuánto les pagaron”. O lo que dijera Onésimo Cepeda: “hombres que hablan (así de Marcial Maciel) después de cuarenta años o están mintiendo o les gustó”.

Y qué pensar de Juan Pablo II, quien en el mejor de los casos pecó de ingenuo porque supuestamente no le ofrecieron la información pertinente sobre alguien a quien nombró “ejemplo de la juventud”. Alguien que la Iglesia busca desvincular del beato a pesar de la estrecha relación que existió entre ellos. Alguien que fue protegido durante décadas a pesar de la información disponible y contenida en la Sagrada Congregación de Religiosos, en el archivo personal del Papa y de la propia Legión. Alguien cuyo único castigo fue llevar una vida de “oración y penitencia” y que según Benedicto XVI se retiró “por motivos de edad avanzada”. Alguien sobre el cual -según la “Guía para responder algunas preguntas” que los Legionarios diseminaron en 2009- los superiores no contaban con pruebas y no sospechaban nada.

Ante todo ello no sorprende el silencio sepulcral del Papa en México. Está tan íntimamente implicado en el tema que no puede afrontar complicidades sin admitir la suya. No sorprende pero sí desilusiona, sobre todo cuando él mismo ha dicho que “las víctimas tienen que ser nuestra preocupación prioritaria”. Parecería que el caso de México no se va a hacer nada con el pasado. Ni hurgar ni sancionar ni compensar ni reconfortar a los que sufrieron por lo que pasó. He allí a la Iglesia que no entiende el verso de Martí: “En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre”. En lugar de reconocer el golpe que ha propinado quiere seguir no sabiendo.

La Vanguardia, 16 de abril de 2012

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