La voluntad de no saber

La voluntad de no saber

Roberto Blancarte

2012-04-17 • ACENTOS

Ni el episcopado católico mexicano ni la curia romana quisieron saber algo de las víctimas de pederastia en nuestro país. Como en los peores casos de gobiernos totalitarios y despóticos, los dirigentes de la Iglesia negaron la existencia de víctimas. Quisieron así desconocer un problema, a pesar de contar en México con uno de los mayores símbolos de ese crimen en la figura de Marcial Maciel y en la institución que éste fundó. No fue un tema lo suficientemente importante para incluirlo en la apretada agenda del Papa quien, sin embargo, sí tuvo tiempo para dirigir unas palabras a niños congregados en Guanajuato o incluso para departir con un mariachi. No es únicamente que la jerarquía católica carezca de compasión; es que no le interesa desenterrar muertos, exponer errores, aceptar responsabilidades. Pero las víctimas no se van a ir, ni siquiera cuando mueran. Clamarán, como lo siguen haciendo los vivos que sufrieron abusos, por la paz que solo puede venir del reconocimiento del crimen, del de su encubrimiento y de la justicia postergada. Si el episcopado católico mexicano está esperando que esos crímenes se pierdan en el olvido de las víctimas, se equivoca terriblemente. Primero porque los muertos no dejan de gritar y, segundo, porque si los errores no se reconocen, las víctimas seguirán brotando por todos lados, en espera de un sistema que les proporcione la justicia hasta ahora escamoteada.

Es la negación misma del Evangelio. Es La voluntad de no saber; lo que sí se conocía sobre Maciel en los archivos secretos del Vaticano desde 1944. Así se llama el libro, terrible por lo que prueba y comprueba: escrito a tres manos por Alberto Athié, José Barba y Fernando M. González, con un prólogo de Bernardo Barranco, el libro presenta un primer análisis de 212 legajos vinculados con los Legionarios de Cristo que habían estado resguardados en el Archivo de la Congregación para los Institutos de la Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica (una especie de secretaría encargada de lo que comúnmente denominamos como “órdenes religiosas”) y que abarcan un largo periodo que va de 1944 a 2002. En efecto, más de medio siglo de crímenes y fechorías, pero también de ocultamiento y, por lo tanto, de impunidad, documentadas fielmente mediante centenares de documentos que cualquiera puede ahora encontrar en el sitiowww.lavoluntaddenosaber.com, gracias a lo que se ha dado en llamar vaticanleaks, es decir, a filtraciones hechas por miembros de la Iglesia católica que no están de acuerdo en cómo se están haciendo las cosas en esta materia. Como dice José Barba: “A Alberto Athié, a Fernando González y a mí nos fueron entregados, desde el interior de la Iglesia, por almas con conciencia histórica, los 212 documentos guardados durante mucho tiempo por espíritus más disciplinados que valientes. Quienes nos los dieron no podían soportar por más tiempo que ese acervo de la verdad oculta diese lugar a tanta mentira y a tanta injusticia, contra todo sentimiento cristiano alevosamente soterradas”.

Lo que con estos archivos se muestra es básicamente una cosa simple, pero devastadora: que es imposible que Juan Pablo II y el entonces cardenal Ratzinger no supieran de las múltiples acusaciones, ampliamente fundadas y documentadas, durante muchas décadas, contra el siniestro personaje, fundador de la Legión de Cristo. Y cómo, a pesar de ello, la Santa Sede, es decir el gobierno de la Iglesia católica, decidió apoyar prácticamente hasta el final de su vida la versión de que quienes pedían justicia eran en realidad enemigos de la Santa Madre Iglesia. Poco importó que muchos de los acusadores, en todo caso los principales, fueran ellos mismos miembros del clero, ex miembros de la orden, antiguos y en muchos casos cercanos colaboradores de Maciel. Lo que queda claro también es que no se trataba esencialmente de un problema de credibilidad, sino de conveniencia institucional. El pederasta, drogadicto, engañador y corrupto fundador de los legionarios aportaba vocaciones y dinero a una Iglesia en necesidad de ambas y lo demás era secundario e irrelevante. En suma, el libro demuestra que en el Vaticano y en México hubo quienes consideraron (y seguramente siguen considerando) que lo hecho por Maciel era valioso en sí y bueno para la institución eclesial, por lo cual estaban dispuestos a ignorar los crímenes.

La ausencia de justicia, sin embargo, no elimina a las víctimas. Y muchas de éstas, incluso muertas, aunque hayan concedido el perdón, claman por justicia, como fue el caso del ex legionario, ex sacerdote, ex fundador del Cumbres y del Irlandés y ex rector de la Universidad Anáhuac, Juan Manuel Fernández Amenábar, quien pocos meses antes de su deceso produjo en el sacerdote Alberto Athié una verdadera conversión, que lo tiene ahora fuera del sacerdocio defendiendo la última voluntad de un muerto, víctima de estos criminales (Maciel y sus encubridores): “Perdono, pero pido justicia”. Eso es lo que hace decir ahora a Athié que “no hay paz sin justicia, justicia sin verdad, sin memoria histórica y sin perdón”. Reclamo que se antoja válido en cualquier lugar, pero que se convierte en un grito ensordecedor dentro de la Iglesia católica.

Milenio, martes 17 de abril de 2012

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