Lo religioso después del 11 de septiembre

Lo religioso después del 11 de septiembre
Bernardo Barranco V.

El presidente Barack Obama, en el último acto oficial de la conmemoración del décimo aniversario de los ataques terroristas del 11 de septiembre, señaló: refrendamos hoy: Estados Unidos nunca hará la guerra contra el islam o ninguna religión. Los inmigrantes vienen aquí de todas las partes del mundo. En ese mismo tenor, en Alemania el presidente de aquel país, Christian Wulff, pidió una alianza de las culturas y las religiones, en un encuentro mundial por la paz, en Munich. Él y el cardenal Marx lamentaron que en la última década, tras los atentados del 11 de septiembre, el mundo se hubiese hundido en situaciones de guerra y en una retórica de lucha que imbrica y arrastra lo religioso en los discursos de fundamentación y justificación de la violencia. Efectivamente, los discursos sobre lo sagrado y lo secular, en principio autónomos y hasta excluyentes, ahora se enlazan, se hacen hasta interdependientes. Esto ha ocurrido en los grandes relatos para comprender el 11 de septiembre como un hecho histórico de proporciones planetarias.

Todo ese episodio traumatizante para el occidente noratlántico está empalmado hasta hoy de simbolismos religiosos. A este atentado habría que sumar las heridas causadas el 11 de marzo en Madrid, del 7 de julio en Londres, del 21 de julio último en Oslo y otros, así como las invasiones violentas de países y las agresiones contra su población civil por las grandes potencias. Tan sólo en Irak se calculan más de 50 mil muertes.

Hace 10 años, la zona de las torres en Manhattan se convierte de un lugar apocalíptico para transformarse hoy en espacio semisagrado. Efectivamente, la zona cero pasó a ser un terreno de culto y de peregrinaje. Resulta igualmente interesante el simbolismo entre la sacralidad existente, incluso antes de los atentados, hacia el dinero y el poder; recordemos que las torres albergaban al World Trade Center, representación del corazón del capitalismo global. Ahora ese lugar es objeto de culto patriótico y es un nuevo lugar sagrado de inmolación. El fondo lo que sacraliza es la esencia del modelo económico bajo la era de la globalización.

George W Bush, inmediatamente después de los atentados, se erige guardián de la civilización occidental; recordemos uno de sus primeros discursos en el que evoca las cruzadas, cuyo cometido es aquel que se propone: salvaguardar la sociedad occidental y cristiana. Hace 10 años, por su parte, Osama Bin Laden hace exactamente lo mismo: cosifica la religión y reutiliza su simbología para sacralizar su causa; de manera análoga sataniza a Estados Unidos e Israel, invocando a los musulmanes a desplegar una guerra santa. La argumentación política estadunidense se carga de simbolismos religiosos para repudiar el eje del mal: el fanatismo vengativo del islam radical. Mientras, el eje del bien es la sociedad occidental de raíces cristianas, abierta a toda forma de cultura. El eje del bien es la sociedad de mercado capitalista globalizado. A partir del 11 de septiembre, los grandes medios de comunicación han monopolizado la construcción social de la realidad que sacraliza los motivos y el modo de vida occidental.

La narrativa periodística, meses y años después del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, exalta la tesis de Samuel Huntington sobre el choque de las civilizaciones; así, el enfrentamiento de las culturas es la colisión civilizatoria entre religiones. En Estados Unidos y en Europa se genera un boom editorial inimaginable años atrás, sobre la irrupción religiosa en la vida social, el diálogo y pluralismo religioso y la crítica religiosa. Hay una efectiva irrupción del islam en occidente, pero al mismo tiempo se desata una isalamofobia.

Los fundamentalismos ya presentes antes de los atentados se develan y la sociedad contempla con cierto horror hasta dónde pueden llegar los fanatismos inspirados en contenidos religiosos. El fundamentalismo religioso, sea islámico, judío o cristiano, tiende a la absolutización de la tradición, a la actitud inamovible en un mundo cambiante; la comprensión de la vida pasa por el literalismo de los textos sagrados desencarnados del contexto histórico. Sin embargo, la soberbia fundamentalista radica en la pretensión de que su verdad es absoluta y está por encima de una realidad contemporánea caracterizada por la complejidad y por la defensa a ultranza de una moral inmutable en una sociedad de tiempos líquidos, como la ha caracterizado Zygmunt Bauman. Sin embargo, ante los fundamentalismos religiosos también han emergido los fundamentalismos seculares. En el caso de la Iglesia católica, ha entrado con prudencia a los debates. Sin embargo, el papa Benedicto XVI no ha podido controlar sus ímpetus conservadores que desalientan las posturas aperturistas del Concilio Vaticano II. El Papa tiende a afirmar la catolicidad y cristicidad de la salvación como patente absoluta; en los tiempos actuales de diversidades culturales, ha sido una postura imperturbable y hasta intolerante. Habría que añadir su postura en la Universidad de Ratisbona, mal leída según sus apologistas, sobre la violencia en el islam, que le creó en el otoño de 2006 una verdadera crisis diplomática con el pujante y sensible universo islámico.

En suma, hay, sin duda, nuevos escenarios religiosos después del 11 de septiembre, cargados de perplejidades. Por un lado la sociedad percibe que el pluralismo cultural y religioso es un hecho y al mismo tiempo emergen con furia los fundamentalismos rabiosos que sólo miran hacia atrás. Hay necesidad de un diálogo y de tolerancia hacia la alteridad de las identidades; a pesar de ello, prevalecen la segregación y exclusión por motivos religiosos. Es central trabajar la paz desde nuevos enfoques del pluralismo, la solidaridad, la interculturalidad y la policentralidad porque el neoconservadurismo gana terreno en diferentes sectores sociales, desde las cúpulas de las grandes iglesias hasta sectores de la política, de la economía y de los servidores públicos. Las grandes religiones abrahámicas guardan semillas de intolerancia y soterrada justificación de la violencia que habrá que superar con búsquedas colectivas de coexistencia.

La Jornada, miércoles 14 de septiembre de 2011

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