Balance de la Beatificación del Juan Pablo II

El domingo primero de mayo, la plaza de San Pedro lucía pletórica. la mancha de un millón y medio de personas se extendía hasta la Vía de la Conciliazione y las calles alternas a città del Vaticano , estaban literalmente abarrotadas. Miles de personas estando tan cerca tuvieron que ver la ceremonia de beatificación a través de las pantallas gigantes colocadas en lugares estratégicos. Era una romería multicultural en la que destacaban jóvenes de todas partes del mundo. Juan Pablo II sigue atrayendo multitudes aun después de seis años de muerto, la curia romana regresaba a las viejas fórmulas del espectáculo litúrgico y a los majestuosos eventos masivos que tanto gustaban al ahora beato Juan Pablo II. Pero después de tanto ruido mediático, tinta y diversas opiniones, ¿qué balance podemos hacer? Le propongo 4 puntos concretos:

1.- Beatificación de Estado. El Vaticano ha llevado a cabo un proceso canónico de beatificación apresurado. Como todos sabemos se saltó su propia normativa y protocolos, para elevar a los altares a un ícono católico como lo fue el papa Wojyla. Privilegió la fe y la espiritualidad del personaje sobre el carácter de jefe de estado, el hombre político, el gobernante cuyo poder ejerció  durante 27 años. Separar al hombre de fe del jefe de Estado es equivalente de separar a Karol Wojtyla del Papa Juan Pablo II. La precipitación conlleva riesgos.

2.- Nostalgia por el Glamur perdido. No solo hay una dimensión religiosa, la beatificación fue un acto político. Después de la crisis 2009-2010, provocada por los escándalos de pederastia, la curia ofreció en este evento un signo de recuperación y de reposicionamiento del terreno perdido.  No solo hay la exaltación al héroe de la fe,  también se exaltan   las fórmulas que el propio Juan Pablo II impuso; esto es, de una Iglesia que convocaba masas, que se mostraba triunfalista, una Iglesia mediática,  avasalladora, majestuosa e imperial. Probablemente Benedicto XVI, tan tímido y parco cambie de estrategia ante el éxito apoteótico del domingo primero de mayo.

3.- Papel patético de los medios electrónicos de comunicación. Junto con la boda real, los medios principalmente televisivos hicieron su agosto. A la beatificación,  las grandes cadenas y canales, presentaron coberturas directas y especiales. Desde Roma enlazaban transmisiones exaltando testimonios, hechos, anécdotas y estadísticas del personaje. Particularmente la televisión mexicana  se caracterizó por sobre adjetivar las virtudes de Juan Pablo; de manera acrítica nos vendía a un héroe y a un santo. Se aclamaban las emociones sobre la razón; el personaje opacaba su circunstancia y el análisis crítico estuvo ausente. Los conductores parecían convertirse en telepredicadores  baratos. Preocupante en verdad el rol ideologizado que trasgrede, incluso,  el carácter laico del Estado.

4.- ¿A que fue el presidente Calderón? Hasta ahora, ningún presidente mexicano ha ido a la Santa Sede para asistir a un acto o ceremonia religiosa. Que un presidente, en lo privado,  concurra a un acto litúrgico de su religión no es novedad ni debe ser censurable,  pues se debe respetar su libertad religiosa. El problema es la torpeza con que la Secretaría de Relaciones Exteriores fundamentó la visita del presidente, para “fortalecer las relaciones con el Estado Vaticano” y sobre todo salvaguardando el carácter laico del Estado. Hubo evidentemente un interés político de reacercamiento con la jerarquía católica y los intereses electorales del 2012 priman. Particularmente el presidente Calderón quiere nuevamente congratularse con la jerarquía católica que ha visto con desconfianza su acercamiento entusiasta al grupo evangélico ultraconservador Casa sobre la Roca . En los escasos cuarenta segundos que tuvo contacto con el pontífice, Calderón, de manera dramática le invita a México porque estamos sufriendo la violencia. “Santo Padre echemos una manita”, en buen castellano y así de milagrero se muestra nuestro presidente.

4.- Beatificación impugnada. Personas indignadas con el proceso de beatificación, le han entregado a José Barba, Alberto Athié y Fernando González un expediente de 212 documentos,  desde los archivos secretos del Vaticano, sobre Marcial Maciel y Los legionarios, que van desde los años cuarenta hasta el 2002. Ahí se muestra documentalmente el encubrimiento de sistémico de las estructuras hacia los pederastas y degenerados clericales. La acusación va más allá de Juan pablo II y  pone en duda el rigor con que el dicasterio de la causa de los santos condujo el proceso al negar evidencias que ahora se descubre que están en sus propios archivos.

El panteón de los beatos y santos son reminiscencias del viejo politeísmo de la antigüedad. Sus personajes son modelo de creyentes a imitar y al mismo tiempo son objetos de veneración. Ninguno ha sido un ser perfecto e inmaculado. El caso de la beatificación de Juan Pablo II, es notable el uso político que la Iglesia católica hace de su exaltación. El papa Benedicto no se atreve a buscar nuevas síntesis de relación entre la fe y la cultura contemporánea que es el verdadero nudo de la crisis católica, por ello recurre a la viejas fórmulas probadas  de burbujas mediáticas. Vira hacia atrás y recurre a la nostalgia.

Versión original,

Milenio Estado de México, jueves 5 de mayo de 2011

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