Presidentes mexicanos y Papas: relaciones de escándalo




Arturo Rodríguez García
Proceso
MÉXICO, D.F. 29 de abril (apro).- Los encuentros entre presidentes mexicanos y Papas han sido escandalosos, pues pese a la histórica separación entre el Estado mexicano y la religión, han aprovechado la influencia religiosa papal para fines personales e incurrido en excesos durante las últimas cuatro décadas.

La reforma juarista en el siglo XIX y la “guerra cristera” en la segunda y tercera décadas del siglo XX derivaron en violencia y en una separación Iglesia-Estado elevada a rango constitucional. Fue Carlos Salians de Gortari, en 1992, el presidente mexicano que decidió restablecer las relaciones diplomáticas con El Vaticano.

Sin embargo, durante todo el siglo XX, la jerarquía religiosa mexicana, en especial la católica, insistió en la modificación de varios artículos constitucionales: El 3 (sobre educación laica), 5 (sobre garantía de libertad), 24 (sobre el culto), el 27 (que prohibía a la Iglesia pudiera tener bienes) y el 130 (de separación Iglesia-Estado).

Salvo el artículo 3, las reformas se alcanzaron en 1992, con el régimen salinista, cuando también se aprobó y entró en vigor la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público.

No obstante la ausencia de relación diplomática, los contactos entre los presidentes mexicanos con El Vaticano, se mantuvieron mucho antes que la reforma salinista y fueron ampliamente comentados desde que Luis Echeverría visitó la sede católica en 1974.

En entrevista con Apro, el experto en religiones Bernardo Barranco recuerda la polémica desatada con el primer contacto público de un presidente mexicano con un Papa: La visita de Luis Echeverría al Vaticano, en 1974, cuando acudió ante Paulo VI, con el propósito de agradecer su apoyo para la Carta de los Derechos y Deberes Económicos de los Estados, conocida comúnmente como Carta del Tercer Mundo.

Sin embargo, la primera vez que un contacto de esa naturaleza detonó un escándalo político, fue durante la primera visita de Juan Pablo II a México en 1979.

Barranco refiere la primera visita del sumo pontífice en enero de 1979, cuando era presidente José López Portillo, quien, a juicio del investigador, “reveló la hipocresía de la clase política mexicana”.

El mandatario recibió al Papa en el hangar, lo saludó y le dijo: “Lo dejo con la feligresía”, acentuando así la cortesía política con una sana distancia Iglesia-Estado.

En esa ocasión, por primera vez en muchos años, el gobierno autorizó una misa al aire libre que, también por primera ocasión, se transmitió por televisión; pero lo que más escandalizó fue una de las excentricidades al estilo López Portillo, pues consiguió que la gira se detuviera en Los Pinos, la residencia oficial, para que el Papa oficiara una misa ahí, a fin de satisfacer un capricho de su madre.

Expuesto en la opinión pública, López Portillo minimizó las complicaciones legales y políticas derivadas de la ausencia de relaciones diplomáticas y, ante las críticas a la recepción en la residencia oficial, tuvo un desplante más: respondió diciendo que pagaría de su bolsillo la sanción prevista en la ley, por violar la laicidad del edificio público.

El secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, herido en su liberalismo juarista, renunció al gabinete.

Para Carlos Salinas de Gortari el reproche fue “por lo animoso, mimoso y dulce de su conducta, en palabras y como gran patrocinador de la faraónica visita de Juan Pablo II en 1990, que constituyó el preámbulo para los cambios constitucionales de 1991 (sobre la relación Iglesia-Estado)”, dice Barranco.

Respecto a Ernesto Zedillo, el investigador afirma que tomó distancia. Tan indiferente fue a la Iglesia que llegó a tener problemas diplomáticos cuando, en enero de 1996, estaba por iniciar una gira por Italia sin haber incluido al Vaticano.

La cancillería quiso agregar la visita al Vaticano de última hora para una salutación a Juan Pablo II, quien ya tenía programada una gira en el extranjero, a la que debieron hacerle ajustes.

Empantanados en los yerros diplomáticos, el Papa  regaño a Zedillo públicamente.

“El momento más crujiente fue con Vicente Fox, en la última visita de Juan Pablo II, un Papa disminuido, cansado y enfermo, que vino a canonizar a Juan Diego en 2002. El escándalo fue porque Fox se hincó y le besó la mano”, recuerda Barranco.

Ese exceso de Vicente Fox fue justificado por el entonces secretario de Gobernación, Santiago Creel Miranda, quien sostuvo que al arrodillarse y besarle la mano a Karol Wojtyla, Vicente Fox hizo uso de su libertad religiosa, sin hipocresías.

En el caso de Vicente Fox, que asistió a las exequias de Juan Pablo II en abril de 2005, no hubo polémica, pues el presidente acudió a los funerales de otro jefe de Estado, como lo hicieron decenas de líderes mundiales.

Eso no ocurre esta vez con Felipe Calderón. La polémica, aunque menos estridente que las de sus predecesores, en relación a su viaje al Vaticano, es por la forma en que la Oficina de la Presidencia de la República y la cancillería, justificaron, en la calidad de jefe de Estado, la asistencia del presidente a un acto netamente litúrgico, en compañía de su esposa.

Fuente: Proceso

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