Renovación más que reforma de la curia romana Bernardo Barranco V.

El Papa ha dejado la comodidad de su biblioteca y sus proyectos editoriales para asumir con mayor determinación el rumbo y la gestión de una Iglesia católica atrapada en un pozo profundo de contrariedades que parecen no tener fin. Benedicto XVI parece regresar a tiempo completo y afrontar no sólo una tormenta perfecta, sino accionar en varias tempestades simultáneas que han causado estragos en la nave de san Pedro, bajo el riesgo del naufragio. A los escándalos mundiales de la pederastia se han sucedido nuevos estruendos de corrupción financiera inmobiliaria en las altas estructuras y la intervención radical de las autoridades belgas, al estilo Código da Vinci, como se lamentara Messori, episodio que amenaza con cancelar los privilegios e inmunidades del Vaticano. En poco más de un año habrá que sumar la crisis provocada por el perdón a los lefrevristas y el sucio caso Boffo. En todos estos ciclos problemáticos y comprometedores el Papa ha estado casi solo. Salvo Bertone y algunos cardenales, la curia romana ha mostrado no sólo agrietamientos, sino deslealtad de algunos de sus integrantes hacia el pontífice. Es evidente que Benedicto XVI no se siente seguro con esta curia y ha tomado medidas que afectan importantes intereses y proyectos eclesiales que tienen repercusiones no sólo en el gobierno de la Santa Sede sino en la correlación de fuerzas de la Iglesia a escala mundial.

La cascada de nombramientos y reacomodos en diversos puestos claves de la Santa Sede obedecen más a conformar un equipo compacto y leal al Papa que permita afrontar la delicada posición que guarda la Iglesia. Se presenta una renovación de cuadros más que una verdadera reforma de la curia, como han demandado diferentes episcopados, actores religiosos y hasta el propio Concilio Vaticano II. El Papa insiste desde el viaje a Portugal en abril pasado, que el enemigo más peligroso está adentro: Los daños más importantes vienen de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y sus comunidades, debilitando su capacidad de testimonio y de profecía, dijo Benedicto XVI en su homilía, el 29 de junio pasado, celebrada en la basílica de San Pedro en honor a los patronos de Roma, Pablo y Pedro. No es sólo el pecado interno, sino también los enemigos íntimos, el fuego cruzado. Más que simbólica resulta la sustitución de Giovanni Battista Re, prefecto de la Congregación para los Obispos, encargado de elaborar las ternas finales de obispos que deben ser nombrados en el mundo. Battista Re, representa parte la vieja guardia de la curia wojtyliana, aliado del poderoso Angelo Sodano y de uno de los líderes de la Iglesia italiana, el cardenal Camilo Ruini, cabeza de un sector del clero muy afín a Berlusconi. Esta vieja guardia curial ambiciona una Iglesia poderosa, imperial, geopolítica, masiva, cuya influencia vaya más allá de lo espiritual para incidir en lo económico y en los poderes fácticos de las sociedades. Por ello Benedicto XVI, en la homilía antes citada, plantea lo siguiente: “Hemos escuchado un pasaje que habla de los peligros de los ‘últimos tiempos’, identificándolos con actitudes negativas que pertenecen al mundo y que pueden contagiar a la comunidad cristiana: egoísmo, vanidad, orgullo, apego al dinero”.

Una verdadera reforma de la curia supone principalmente la descentralización del poder y toma de decisiones así como afirmar la colegialidad en el gobierno de la Iglesia desde una perspectiva policéntrica. El Papa incorpora personajes de absoluta confianza y mueve sus piezas para fortalecerlo. Tales son los casos de Rino Fisichella, muy conservador, quien será el presidente de un consejo pontificio de próxima creación, cuyo objetivo será luchar contra la secularización de Occidente en los países donde se ha producido un eclipse del sentido de Dios. Otro caso notable es la selección del cardenal de Quebec, Marc Ouellet, tradicionalista y autoritario, quien precisamente sustituirá a Battista Re en tan delicada misión.

Por otra parte, se fortalece la figura de Tarcisio Bertone, secretario de Estado, persona cercanísima al Papa y casi único soporte presente y testimonial en las diferentes crisis que Benedicto XVI ha soportado. En estos cinco años, el Papa ya cambió a casi 80 por ciento de la curia vaticana, sin embargo la ha europeizado aún más. Está lejos la recomendación del espíritu del concilio para internacionalizarla. Si bien los movimientos tienden a fortalecer el conservadurismo, éste es teológico y doctrinal, por tanto, felizmente, se aleja de la perspectiva más politizada de los halcones clericales del poder.

Más allá de tormentas apocalípticas de la Iglesia, en tanto entidad que aspira a recuperar autoridad moral, especialmente de su pontífice, está obligada a la rendición de cuentas y mayor transparencia social. De tal suerte que se avizoran nuevos cambios tanto en el portafolio como en los protocolos de los delicados asuntos financieros. Más que una esperada reforma de la curia, el Papa ha realizado cambios que lo cobijen y de manera más orgánica, sin tantas fisuras, para que pueda gestionar la Iglesia en medio de amenazas crecientes. En pocas palabras los cambios buscan fortalecer la figura, la autoridad y la capacidad del Papa para conducir la Iglesia

La Jornada, miércoles 7 de julio de 2010

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