El pontificado trágico de Benedicto XVI

El pontificado trágico de Benedicto XVI
Bernardo Barranco V.

El quinto aniversario del actual pontificado se presenta en el peor momento. La credibilidad de la Iglesia está contaminada por los numerosos escándalos de abusos sexuales a menores y por el silencio sistémico que durante décadas mantuvo la Iglesia regida por el Vaticano, que ahora enfrenta sus propias contradicciones. La crisis tiene tal magnitud que dejará huellas permanentes en la historia de este pontificado como un momento de parte-aguas. El Papa ha ido de crisis en crisis, o como Marco Politi define el pontificado de Benedicto XVI, en un estado de crisis permanente, ahora tiene la disyuntiva de tomar medidas contundentes, como aconseja el manual de control de daños, o seguir una gradual y desgastante ruta de maquillajes; volver a la antigua línea o asumir una política de transparencia y de limpieza espiritual.

Hace cinco años, Joseph Ratzinger era un candidato de continuidad y, por su edad, de transición. Mismo modelo, mayor rigor, pero sin el carisma de Juan Pablo II. Benedicto XVI no es un Papa de multitudes ni tampoco se ha sentido cómodo ante los reflectores. Él quería llenas las Iglesias no los estadios, sin embargo, no ha logrado ni una ni otra.

A la caída del muro de Berlín la Iglesia de Juan Pablo II abandona la actitud anticomunista y a partir de la encíclica Centecimus Annus, 1991, enfoca sus baterías críticas contra la hedonista y consumista dictadura del mercado. En ese mismo carril, Ratzinger, en los funerales de su predecesor, le declara la guerra a la dictadura del relativismo y a la Ilustración. Benedicto endurece sus implacables críticas a las prácticas consumistas, erotizadas, de una sociedad que quiere ir sin Dios y sin los valores acreditados por la cultura cristiana. Qué paradoja más dramática, cinco años más tarde, reconocer que los supuestos valores de la sociedad relativista están incrustados hasta de manera patológica en la propia Iglesia.

La mayoría de los balances de estos cinco años resaltan los errores del propio pontífice, quien ha contribuido con sus posicionamientos a encumbrar polémicas colaterales. El discurso de Ratisbona que desata la ira del mundo musulmán, abrir las puertas a ultraconservadores lefebvristas; la contrarreforma de la liturgia y el regreso de la misa en latín; la ambivalencia con la que el Papa ha tratado a la comunidad judía; sus desconcertantes declaraciones sobre el condón durante una gira en África; el deplorable caso Boffo, y, por supuesto, la injusta apreciación del pontífice sobre la evangelización del mundo indígena que expresó en Brasil en 2007. En contraparte, hay que agradecer sus sólidas encíclicas, especialmente la Deus Caritas est, 2005 en la que aborda precisamente el tema del amor y del erotismo.

Sus críticos más cercanos geográficamente reprochan que el Papa no tenga una buena gestión de los asuntos de la Santa Sede, pasa demasiado tiempo con sus expedientes, como buen alemán, con sus libros y su música. Que no ha constituido un equipo sólido y eficiente de colaboradores, y los vaticanistas cortesanos insisten en cuestionar el pobre desempeño de la sala de prensa vaticana, encabezada por Federico Lombardi.

Sin embargo, sería un error distraer nuestro balance al no establecer el paulatino alejamiento a la centralidad del Concilio Vaticano II, que ha llevado a Benedicto XVI a acercarse aún más a los sectores ultraconservadores de la Iglesia. Ha sujetado el impulso del catolicismo post-conciliar, manteniendo la preminencia en Roma y sometiendo así la apuesta por la inculturación de la teología cristiana en el mundo no europeo.

Este punto es especialmente grave, coincido con el teólogo Hans Kung, quien en su carta abierta declara: Una y otra vez, este Papa relativiza los textos conciliares y los interpreta de forma retrógrada contra el espíritu de los padres del concilio. Incluso se sitúa expresamente contra el concilio ecuménico, que según el derecho canónico representa la autoridad suprema de la Iglesia católica. Benedicto XVI no quiere saltos hermenéuticos, sino reformas graduales desde la tradición de la Iglesia, que van más allá del propio Concilio.

En este lustro, Benedicto XVI ha dejado claro que es un pontífice eurocéntrico, una de sus mayores preocupaciones es la descristianización de Europa y el agotamiento de las vocaciones sacerdotales en el viejo continente. El Papa tampoco realizó la deseada reforma de la curia, sí hubo cambios en los diferentes conductores tanto de las congregaciones como de los dicasterios; además de personas conocidas que gozan de la confianza del pontífice, la nomenclatura vaticana está envejecida, pues el promedio de edad rebasa los 72 años.

Existe la imperiosa necesidad de repensar la estructura, ahora tan vertical y autocrática de la Iglesia, y encontrar nuevos equilibrios para alcanzar una organización más flexible que incorpore claramente dos nociones conciliares: la colegialidad y el policentrismo que abordó el sínodo de 1986; establecer medidas que garanticen que Roma no se aleje tanto de la realidad pastoral, especialmente de la periferia.

En estos cinco años, muchas de las presiones del Papa no provienen sólo del exterior de la Iglesia. El Papa ha estado tensionado por los sectores conservadores que pugnan por un rol más político de la Iglesia, y por los progresistas, muy disminuidos en su incidencia, que piden convocar a un nuevo concilio que ponga claridad y genere consenso en torno al diálogo con la cultura contemporánea.

Cómo sostener un discurso universal y absoluto válido para todos los contextos con un aparato de gestión débil y demasiado pesado para operar en un mundo globalizado de muchas culturas y aceleración de los medios de comunicación. Sexualidad, género, celibato y, sobre todo, el tema de los ministerios, que pasan por una severa crisis.

Benedicto XVI tendrá que ir a fondo y con valentía para superar la actual depresión que vive la Iglesia. La crisis del Papa es la misma de la cultura actual. El descrédito de la Iglesia se asemeja a la tragedia griega con componentes sagrados, mitos y la caída de grandes personajes. Sin embargo, Ratzinger tiene aún la oportunidad, pese a todo, de salir fortalecido.

La Jornada, lunes 19 de abril de 2010

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