La Iglesia en pecado

La Iglesia en pecado
Bernardo Barranco V.

El Papa sigue acosado por reclamaciones y acusaciones por encubrimientos a pedófilos no sólo por el enraizado y sistemático encubrimiento de la estructura eclesiástica en los casos presentados a la luz pública, sino acciones que directamente lo involucran. El tsunami parece no darle descanso: es golpeado una y otra vez con las armas del escándalo mediático provenientes de diversas latitudes del planeta. En esta Semana Santa, la oficina de prensa del Vaticano, en Roma, quedó impresionada por el arribo de cientos de cámaras, periodistas, equipos informativos de grandes cadenas y medios informativos estadunidenses y europeos pendientes de las especulaciones sobre una posible dimisión del pontífice. Difícilmente Ratzinger renunciará, a pesar de la bola de nieve. Pero se debe reconocer que este pontificado, como pocos, ha sido cimbrado al grado de propiciar conjeturas de que la pedofilia del clero es el “Watergate del Papa”.

En entrevista con L’Osservatore Romano, el ex secretario de Estado del Vaticano, actual decano del Colegio Cardenalicio, Angelo Sodano, comparó los ataques contra Benedicto XVI con los grandes terremotos por los que ha atravesado la Iglesia en la era moderna, dijo: “Primero se tuvieron las batallas del modernismo contra Pío X, después la ofensiva contra Pío XII por su comportamiento durante el último conflicto mundial, y finalmente contra Pablo VI por la encíclica Humanae vitae contra el aborto y los anticonceptivos”. A la lista somera de Sodano habría que añadir la misteriosa muerte bajo conjeturas de complot del papa Juan Pablo I, en 1978, e inmediatamente después los escandalosos movimientos financieros del banquero de Dios, monseñor Marcinkus, y los vergonzosos vínculos con el banco ambrosiano y la mafia italiana. Sin embargo, esta crisis es diferente porque es cultural; esta crisis es de escala planetaria, el litigio no es político ni es provocado por el choque de proyectos ideológicos; la crisis de pederastia muestra la disfuncionalidad e incoherencia de la institución frente a la cultura contemporánea; reflejándose en la actitud inquisitiva de los grandes medios de comunicación, donde este pontificado parece cosificado a una tradición petrificada y que va a contracorriente de la lógica del mundo.

La defensa mediática del Vaticano no sólo ha sido insuficiente, sino contraproducente. Falta contundencia, transparencia y relajamiento. El manejo de la crisis ha rebasado de lejos a Lombardi, quien carece de estrategia y argumentos sólidos. Basta citar al mismo vocero del Papa, quien ve en la secularización de los años 60 el origen de los abusos, o a Tarciso Bertone, secretario de Estado, que declara en Chile que la homosexualidad es la causa de la pedofilia en la Iglesia: ¿dónde estás, Joaquín Navarro Vals?

El encubrimiento sistémico, el mutismo institucional, la doble moral, la complicidad y la hipocresía han minado la credibilidad de la Iglesia y de sus pastores; así lo demuestran encuestas serias tanto en España como en Alemania, situando al conjunto de la estructura eclesial en una situación de pecado institucional. El discurso de la Iglesia se hace farisaico porque se traiciona a sí misma y echa por la borda el corpus de principios que pregona.

Frente a los agrietamientos comunicativos de Roma, a partir de la semana de Pascua la estratagema cambia, incorpora otras voces y personalidades que buscan apuntalar la imagen del Papa. Efectivamente, en torno al pontífice alemán han cerrado filas casi todos los episcopados en el mundo; mostrando solidaridad, palabras de aliento y el reconocimiento de que Benedicto XVI no es parte del problema, y que está decidido, como ningún otro actor religioso, a limpiar la casa eclesial de pederastas. Igualmente, altos miembros de la curia romana y vaticanistas plegados al pontífice advierten el peligro de la persecución al Papa, pues solamente se inhibirán las importantes acciones correctivas, que pronto pondrá en práctica

Estamos parcialmente de acuerdo con la sentencia del editorial Desde la fe, órgano de comunicación del cardenal Norberto Rivera, en el que todos los críticos de la Iglesia morirán y sus furiosas críticas y malévolos deseos quedarán en el olvido mientras la Iglesia permanecerá. En efecto, la Iglesia en sus largos dos mil años ha sobrevivido a cismas, reformas, cautiverios, ocupaciones, conspiraciones y ha mostrado una gran capacidad de adaptación a diferentes configuraciones civilizatorias. Sin embargo, el comentario además de soberbio, calificado así por el editorial de La Jornada, se abstrae de la historicidad de la propia Iglesia, de sus cambios y mutaciones. Una de las grandes lecciones de esta crisis es que la Iglesia no es ajena a los antivalores de la sociedad contemporánea a la que critica con vehemencia implacable. La iglesia no es una entidad blindada, encapsulada o aislada de la cultura; de hecho está atravesada por cada una de las grandes corrientes de la modernidad por tanto debe reconocerse, con humildad y hasta misericordia, como parte de esta complejidad. Recuerdo un texto lúcido del propio Ratziger cuando habla fuertemente de la doble condición de la Iglesia santa y ramera, en los siguientes términos: “Digámoslo una vez más, estos hombres son la Iglesia, que no puede separarse simplemente y sin más ni más de ellos… siendo así que ella vive en los hombres, aun cuando los trascienda por el misterio de la misericordia divina que ella les lleva. En este sentido, la santa Iglesia permanece en este mundo siendo Iglesia pecadora” (El nuevo pueblo de Dios, Ed. Herder 1972, pág. 285). No es solo una cuestión de nueva actitud ni de superación de hipocresías, mucho menos de soberbia que por cierto es uno de los siete pecados capitales, sino de capacidad de diálogo e interlocución sincera con la diversidad cultural contemporánea. Esta crisis planetaria sin precedentes ha cimbrado el atavismo y fariseísmo clerical que vive la Iglesia, sin embargo, puede sentar bases para una profunda reforma o revolución pastoral.

La Jornada, miércoles 14 de abril de 2010

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