A cinco años de la muerte de Juan Pablo II

A cinco años de la muerte de Juan Pablo II

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Bernardo Barranco

El invierno se prolongó de tal suerte que esa noche del dos de abril de 2005, era muy fría. Poco antes de las diez, Karol Wojtyla fallece a los 84 años después de largas y penosas enfermedades que aquejaban a uno de los personajes que marcaron y simbolizaron el fin del siglo XX.

Su agonía y funerales fueron tan mediáticos como todo su pontificado.

Juan Pablo II es sin duda el pontífice más popular de la Iglesia en los tiempos modernos gracias a su indudable carisma y capacidad de comunicarse tanto en los medios electrónicos como ante las masas.

Juan Pablo II pasa a la historia como un pontífice de contrastes. Es difícil de clasificar como para reducirlo a un sólo adjetivo. Fue un Papa de múltiples facetas, incluso contradictorias. Utilizó, por ejemplo, las técnicas más modernas de comunicación para reafirmar posiciones tradicionalistas y hasta rigoristas sobre el plan ético.

Un Papa defensor de los derechos humanos en el plano social que no ocultó sus reservas a las reivindicaciones feministas. Un Papa intelectual en sus encíclicas utilizando un lenguaje complejo e inaccesible, para las grandes mayorías, se presenta ante las masas del tercer mundo como un líder populista.

En los inicios de su pontificado se le cataloga como el “atleta de Dios” por su vigor y salud, termina sus últimos días marcado por las enfermedades y la ancianidad; a diferencia de otros líderes que pierden imán con la edad, Juan Pablo II fue ganando un aire patriarcal marcado por el sufrimiento extremo que fortalecía su fe.

Karol Wojtyla revolucionó el estilo de ser Papa, llevó su pontificado al encuentro con los diferentes pueblos del mundo; en más de cien viajes oficiales pronunció 2 mil 412 discursos, se encontró con más de 700 jefes de Estado y recorrió según datos oficiales mil163,865 kilómetros.

Wojtyla fue un Papa incansable, dinámico, activista de un mundo globalizado; sin embargo, e independientemente de sus cuestionables posturas conservadoras, era al mismo tiempo un hombre profundamente creyente. Juan Pablo II sabía trasmitir una sólida espiritualidad y convicciones religiosas a prueba de crisis.

Para calificados observadores como la socióloga francesa Daniel Hervieu-Léger, Juan Pablo II es un Papa socialmente intransigente cuyo mesianismo antimarxista polaco era animado por un voluntarismo militante cuyo fin era restaurar la catolicidad sacudida y debilitada por las tempestades modernas.

En cambio para el italiano Giuseppe Alberigo, historiador de la escuela de Bolonia, el rol de la Iglesia bajo Juan Pablo II, está inspirado en el ideal pre-conciliar de la cristiandad, es decir el proyecto histórico de apoyo recíproco entre la Iglesia y los poderes de un Estado afable a los valores católicos.

Otros como Carlos de Sa Rego, ex director del periódico francés Liberation, describe un Papa milenarista cuya preocupación escatológica es fundamental y le lleva a concebir a la Iglesia como una sociedad perfecta, como una instancia tutelar del naufragio de los valores éticos en las sociedades modernas, línea que sin duda ha continuado el actual pontífice Benedicto XVI.

Hay dos aspectos centrales que marcan el largo pontificado de Juan Pablo II. Actor en la caída del socialismo real y protagonista del actual viraje conservador del catolicismo contemporáneo.

Efectivamente, Juan Pablo II, convierte a la Santa Sede en un actor político internacional vigoroso y gravitante, al grado que fue un detonante catalizador del derrumbe del socialismo, “Ningún acontecimiento político habría ocurrido en Europa del Este – ha afirmado reiteradamente Mijail Gorvachov – sin la actividad política de este Papa”.

Hizo alianzas, según analistas, con Ronald Reagan, apoyó al Sindicato Solidarność de Lech Walesa de Polonia y propició el derrumbe en casacada del comunismo europeo.

Sin embargo, a partir de 1991, con la encíclica Centésimus annus, el Papa le declara la guerra al capitalismo salvaje de libre mercado y a la cultura relativista tan cuestionada por su sucesor Ratzinger.

Por otro lado, Juan Pablo II disciplina la Iglesia después de la explosión de pluralidad emanada del concilio. Marca la agenda de los debates intraeclesiales de su tiempo. Se asume como intelectual absoluto y doctrinario de la Iglesia con sus viajes, numerosas intervenciones, 11 constituciones apostólicas, 14 encíclicas, 14 exhortaciones apostólicas y 28 textos de motu proprio.

Las recepciones de su magisterio son diferentes en cada continente así como las polémicas. En Europa las divergencias se concentran en el plano civilizatorio, la ausencia y presencia de un catolicismo a la baja en una sociedad secularizada.

En Estados Unidos la disputa se da en el terreno de los valores en torno al aborto, control natal, divorcio, sexualidad, celibato, etc. Se le reprocha el intento de la Iglesia católica de imponer sus opciones morales en el ámbito civil. En América Latina en cambio los ejes de tensión giraron en torno a lo político: Teología de la Liberación.

A cinco años de su muerte su estampa sigue presente en la catolicidad al grado que su sombra opaca la figura tímida y frágil del actual Benedicto XVI, particularmente en los debates sobre la pederastia.

Milenio Estado de México, jueves 01 de abril 2010

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