Lugo y Cutié: sexualidad y moral católica

Lugo y Cutié: sexualidad y moral católica
Bernardo Barranco V.

El presidente Fernando Lugo sigue enfrascado en una crítica situación de escándalos sexuales que amenazan seriamente su permanencia al frente del Ejecutivo de la nación paraguaya. Si ya venía decepcionando por la falta de resultados con un incierto gobierno, los estrepitosos develamientos sobre su vida subterránea han provocado un desencanto descomunal entre la población que le votó con grandes expectativas para poner fin a una dictadura política de más de seis décadas del derechista Partido Colorado.

El gobernante admitió públicamente el pasado 13 de abril la paternidad del niño Guillermo Armando, concebido con Viviana Carrillo, oriunda del departamento de San Pedro, donde Lugo fue obispo durante más de una década. El niño nació seis meses después de que Lugo renunciara a su estado clerical. El 24 de abril pidió públicamente perdón: “Yo, persona humana imperfecta, fruto de procesos históricos, perfil de mi cultura, asumiré con todas las responsabilidades presentes y futuras aquellas situaciones que me conciernen no sólo con la actitud de respeto a la justicia o la verdad, sino con la multiplicación de afecto y atención”.

Tras ese reconocimiento público han surgido otros dos casos de mujeres que afirman tener hijos del ex obispo católico: Damiana Morán Amarilla, de 39 años, declaró a periodistas que concibió un niño con el ahora jefe del Estado; horas después, Benigna Leguizamón, de 27 años, igualmente solicita reconocimiento filial de un bebé concebido con el ex obispo Fernando Lugo.

El presidente paraguayo y sus voceros aseguran la existencia de un complot político para derrocarlo, mientras se convierte en la comidilla del sarcasmo popular: “Lugo, padre de la patria; padre de la mentira”. Se rumora que hay otros cuatro hijos más, “¿cuántos hijos tiene Lugo?” En su reciente visita a Brasil, varios reporteros se le acercaron e intentaron regalarle preservativos y métodos anticonceptivos modernos.

La Iglesia católica paraguaya ha reprobado su actitud, su doble discurso y su doble vida. Con ello el obispo comprometido con los pobres, simpatizante de la teología de la liberación y defensor de los derechos humanos, ha visto mermada su imagen y muy probablemente truncada su trayectoria política.

Lugo abusó de su investidura religiosa, abusó de su poder secular; Fernando Lugo ocultó sus múltiples relaciones, engañando a la sociedad con doble vida y especialmente porque no asumió con responsabilidad la paternidad ni la manutención de sus hijos. El derecho a su vida privada no puede ser pretexto para cobijar arbitrariedades de un personaje que pretende hablar por los pobres, los oprimidos y los humillados por la injusticia y desigualdad.

En otro contexto, recientemente un sacerdote católico de Miami, el padre Alberto Cutié –igualmente figura pública por su activa participación mediática en programas propios de televisión, radio y revistas– fue captado en la playa abrazando y besando a una mujer por los reveladores lentes de una revista de farándula: TVnotas.

El escándalo fue todo un suculento festín para los espacios electrónicos hispanos en Estados Unidos, dada la popularidad del sacerdote que llenaba la pantalla con abundantes consejos para la familia y el buen comportamiento de las personas. Una reciente encuesta, organizada por Univision, arrojó que 74 por ciento de los usuarios estaba en favor del sacerdote, mientras que en una marcha organizada el pasado jueves 6 de mayo, 200 personas condenaran los actos de Cutié.

“¿Culpabilidad? ¿Me siento mal, horrible? ¡No!”, aseveró en una entrevista. “Yo soy un hombre. Debajo de la sotana hay pantalones”. Cutié llamó a la Iglesia a modernizarse y permitir el celibato como una opción de la vocación religiosa.

Estos dos acontecimientos, totalmente diferentes, porque el caso de Lugo raya en lo patológico, nos sitúan más allá del tema del celibato, las perversiones y los abusos sexuales de clérigos, así como de las rígidas estructuras eclesiásticas frente al tema.

De fondo surge, una vez más, la complejísima relación entre la sexualidad y la moral católica. Mientras en las religiones orientales la sexualidad es un vehículo relacional para alcanzar mayores experiencias espirituales, las religiones abrahámicas conciben el sexo y la carne fuera de la unión matrimonial como una tentación pecaminosa.

El problema no está en dar a la sexualidad una dimensión espiritual o religiosa. Muchas culturas lo han hecho desde hace milenios al considerar la sexualidad una experiencia vinculada con la espiritualidad. El conflicto radica en difundir una sexualidad estereotipada, prejuiciosa y represiva, producto de la desavenencia entre sexualidad y religión que heredamos de un tipo de cristianismo que concibe la sexualidad prioritariamente como un acto de reproducción humana.

En gran parte del mundo actual, especialmente donde credos y Estado están separados en dos esferas autónomas, la moral sexual, sea agnóstica o religiosa, ha pasado a regularse desde la esfera privada y, aunque valores religiosos puedan venir a iluminar la esfera pública, lo que debería primar es el consenso de los sistemas democráticos pluralistas.

El alargamiento de las expectativas de vida, la revolución sexual de los años 60, los nuevos papeles que desarrollan la mujeres en el mundo contemporáneo invitan dramáticamente a que la Iglesia católica, entre muchas otras iglesias cristianas, cristalicen un profundo aggiormanento que no sólo concilie la relación de una moral laica y religiosa con la sexualidad, sino que ponga al día, sincronice y armonice las creencias religiosas con la sexualidad. Éste es motivo suficiente para realizar, en el caso de la Iglesia católica, un nuevo Concilio Vaticano III.

La Jornada

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